La marcha

Dicen que me va la marcha.

—Yo he intentado socorrerla muchas veces, de verdad. Cada vez que me llama acudo. Bueno, no; no acudo pero ella sabe que tiene mi puerta abierta.

—Y llamas a la policía, ¿no?

—No, no. Eso no. Eso nunca. Eso es algo que tiene que hacer ella. Es que no lo entendéis… A ver, yo soy su mejor amiga y lo veo todo. Es un vicio; es… Sí: como si estuviera enganchada. Por eso tiene que ser ella quien decida.

—Y, claro, de momento, no lo hace.

—Por eso os digo que le va la marcha.

Sí, enganchada, como dice mi mejor amiga… Cualquiera diría que me soltó la primera hostia en la primera cita y que yo lo flipé. Apuesto a que algún grupo de estudio ya me ha catalogado como perteneciente a un estrato social de bajo nivel cultural. A ver si adivino: tengo un padre que le ha metido el ocasional viaje a mi madre; soy insegura; cuando no estoy en el paro es porque he conseguido un contrato de mierda en una fábrica igualmente calificable. A lo mejor ni si quiera soy española, sino de uno de esos países atrasados de 20 a 50 años —variable el atraso según la memoria del sujeto que me analiza—; tal vez haya tenido mi primer hijo antes de alcanzar la mayoría de edad.

Para los que son como él es mucho más sencillo: nada importan mi nivel adquisitivo, profesional o humano. ¿Qué más da qué clase de persona soy? Si él me pega es porque yo algo he hecho.

Me hace mucha gracia la chica esa, Jaute creo que se llama. Sí, la escuché una vez que nos juntamos todos en mi casa —la casa de los horrores no les parece tan horrenda cuando digo que voy a cocinar para todos, que traigan algo de bebida y su música si creen que no sabremos estar a la altura de sus exquisitos gustos. Se lo pasan bien con nosotros— comentando —no recuerdo como salió el tema de la violencia de género— que una mujer maltratada se va hundiendo más y más, hasta alcanzar tal falta de confianza y de respeto por sí misma que llega a parecerle tolerable su realidad llena de castigos… Y luego la muy zorra flirtea con mi marido. Intelectuales…

Y sí yo pudiera explicarlo lo haría de un modo muy distinto: contaría tal vez cómo llora él después; cómo pide perdón lleno de sinceridad y de arrepentimiento. Me parece un niño perdido cuando está así, tan desesperado, tan desesperado, tan desesperado,… Sólo alcanzo a ver en él su desesperación y en mí misma su consuelo, su vuelta a casa. Mi perdón un milagro en un mundo cruel donde el amor mata.

Y sé que no debería tener piedad.

A veces no la tengo. A veces deseo que se le vaya la mano y acabe con esto, con los dos, en un mismo golpe desafortunado. Juego mucho con esta idea. Pero no le provoco. No me atrevo. Aunque la muerte sea para los vivos sé que no debo. Además, soy muy paciente; mucho más que el resto. Puedo esperar un poco más a ver si cambia, a ver si cambia su suerte y deja de sentirse como su propias manos estrellándose.

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