En el umbral

La espera ha sido una dulce agonía. No soy amante de preliminares. Quiero decir que no es necesario convencerme. La vehemencia de mi deseo y la incertidumbre de si será satisfecho es mi descenso a los infiernos. No puede haber cielo para mí. No para alguien como yo, tan complacida en mi propia lascivia que prescindo del amor para poder abandonarme al placer. A él. A la incertidumbre. A la vehemencia de los reclamos de mi cuerpo y del suyo, si me acompañan…

Todos los preámbulos que terminan en su boca, en las yemas de sus dedos, en las caricias de su aliento en el lóbulo de mi oreja pidiendo y rogando, son las piedras ardientes sobre las que camino descalza como penitente devota que soy, sin sentir si quiera el intenso dolor del fuego lento en el que me cocinan sus maneras tan medidas.

Al entrar en el ascensor, subiendo a mi casa, he sentido esa punzada deliciosa que marca mi pulso más intenso entre mis muslos. Él sólo miraba mientras me preguntaba el piso y presionaba el botón. Mis manos anhelaban reunirse con el resto de mi ser en el único punto donde mi alma, si poseo una, acababa de tomar aposento. Él sólo miraba y yo, contra la pared del cubículo, que ya no sé si subía o bajaba ni que plano ocupaba en todo el universo, le miraba a la vez desde mis ganas. He debido darle pena. Ha debido decidir que el castigo era ya excesivo. Tal vez me he redimido. Se me ocurre de pronto que la punta de mi lengua empeñada en comprobar que aún conservo incisivos y colmillos cuando estoy nerviosa o excitada, ha sido una señal para él, o una advertencia, o un reclamo, o una trampa compleja que jamás ha de ser resuelta. No sé qué le ha traído hasta mí, hasta mi lado de la desesperación, pero ha dado un paso hacia delante, en mi dirección. La distancia, se diría, había aumentado entre los dos, sin duda alimentada por mi ansiedad de tenerle cerca, porque he tenido ocasión de verle venir desde lejos, remolcado por la promesa que mis labios han negociado en mi nombre, que ya se abrían, recibiendo a los suyos.

Ha sido en principio un roce leve. Como un santo y seña que ha de recordar toda mi piel y que le garantice la entrada por tanto tiempo como él desee. Sólo un roce levísimo, de reconocimiento, de solicitud de más osadía que, por supuesto, he concedido. Entonces su boca ha tomado a medias la mía permitiéndome saborear su saliva, que he encontrado deliciosa, y a él la mía. Su lengua, sin resultar invasiva, acariciaba la mía con golpecitos, punta con punta, la suya marcando el ritmo. No he podido evitar comparar este baile con otro más suculento, que saciaría en mí un hambre más profundo, acuciante, que ya no podía esconder y, en medio de todo ese alboroto sordo, se ha pegado mí, todo su cuerpo contra todo mi cuerpo, el bulto durísimo de su sexo contra mi debilidad, y lo que yo creía que era mi respiración alcanzaba ya suspiros de complacencia y demanda a partes iguales, entregada a la presión que ejercía entre mi caderas, cuando el ascensor se ha detenido.

 

 

 

 

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7 pensamientos en “En el umbral

  1. Caray, Circe, un hombre, sí, hija, sí, acaba de decirme que lo de arriba le ha puesto cachondo (!!!) Así que ya podemos plegar y recoger esas teorías según las cuales las pelis para los distintos sexos han de tener distintas productoras. Vamos, guapa, que te vas a forrar, jajaja. Y ya de paso puede que hasta logremos reeducarles 😀

  2. Pues yo sigo pensando que a esto le falta carne. El tio que se ponga cachondo leyendo esto es que esta pensando en ti mientras lo escribes como hago yo 😛 Lo de las pelis tampoco va a funcionar nunca porque a las tias no os pone la imagen sino las palabras. A ver: este mismo texto en imagen, que? Pues na de na. Pero a mi si me mola Jaute. Recuerda que yo tambien me pongo a 100.

  3. Altamente descriptivo y sensual. Ha merecido (mucho) la pena pedir la contraseña.

    …que la punta de mi lengua empeñada en comprobar que aún conservo incisivos y colmillos cuando estoy nerviosa o excitada…

    Y con respecto a lo del porno para mujeres, puedo decir que a las (pocas) chicas que les he puesto “The good girl” de Erika Lust les ha encantado. Y a mi más. 🙂

    Besos somnolientos.

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