Una pobre justificación o Prólogo de nada, pero nada, nada

No podrá usted hacerse una idea aproximada de la cantidad de veces que he intentado escribir algo publicable. Es tal mi ilusión por conseguirlo, y tal mi falta de talento, que abrí uno de esos blogs, tan abundantes hoy en día, y cada vez que escribo algo —no es un problema de cantidad sino de calidad— expreso la acción de la siguiente forma: “he publicado un nuevo relato”.

El relato, seguramente, no relata más que lo aburrido de mi miserable vida, carente de originalidad hasta en mi deseo por propagarla a los cuatro vientos suponiendo —mire usted qué necedad— que puede haber por ahí alguien virgen a quien yo pueda sorprender con lo atroz del carácter de mi jefe, la crueldad de mis amantes y la dulce melancolía que intento convertir en detestables arranques de un romanticismo al que, si soy honesta, nunca doy ocasión de desarrollarse de forma natural porque, diga yo lo que diga, y acabará hasta las narices de leerlo por aquí, al final, me tiro en plancha por conseguir sexo; y, después de esto, ¿quién me escribirá versos que describan el dolor físico que causa la necesidad de poseer mi alma, mi pobre espíritu?

Voy por mal camino y no me refiero a lo que escribo —aunque, posiblemente, también sea cierto— sino a que acabo de empezar lo que se supone que es mi ópera prima —no, esto no es verdad: mi ópera prima fue la historia que escribí a los seis años sobre mi perra Lady que murió a causa de la mordedura de una víbora en Galicia, mientras pastoreaba, y que, aunque llegó a imprenta, no apareció en el ejemplar del periódico escolar que mi madre compró con la ilusión de que, edición a edición, para cuando yo hubiera cumplido los 17, el Ministerio de Educación considerara eximirla del pago de mi viaje de fin de curso, ya que sentía angustia ante la perspectiva de tener que comprarme cinco o seis talonarios de participaciones de lotería cuyos números jamás lograría contrastar con los resultados del sorteo del gordo antes de que el premio expirase. Qué hacía Lady en Galicia pastoreando mientras yo estaba en la esquina opuesta de la península, cómo pudo sufrir tres días de agonía cuando ha sido científicamente demostrado que el veneno de la víbora o bien te mata en tres minutos o no lo hace, cuántos animalitos inocentes han sido expuestos al vil veneno para adquirir semejante estadística y si está mi padre loco por contarme estas cosas a tan tierna edad y convertirme en un ser casi tan paranoico, lleno de manías persecutorias, como él mismo, son cosas que podrá leer entre líneas si consigue aguantar semejante tostón— y ya me he ido a hacer un descanso para fumarme un cigarrito, despanzurrada en la cama, que es como mejor sabe y como más nocivo resulta según me han informado a lo largo de mi vida de fumadora —cómo algo que se supone mortal de necesidad, antes o después, si se sobrevive a accidentes de carretera, de ferrocarril, aéreos, marítimos, laborales, domésticos o la simple erosión que causa la vida (la mía me tiene ya abrasada), puede ser más o menos fatal es algo que desconozco y cuya respuesta no se halla entre las entradas de este blog, por lo que ruego me disculpe.

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4 pensamientos en “Una pobre justificación o Prólogo de nada, pero nada, nada

  1. El prólogo promete…
    Y para darte algo de envidia (por darte envidia en algo a mi edad, digo yo)… lo he leído en la oficina -porque mis jefes son unos benditos y yo-misma-conmigo soy la única responsable de mi tiempo- así que, si los PePeros no me lo estropean, seguiré leyendo los capítulos venideros en la oficina.
    Un beeesooo

    • Gracias, Mariluz. Un poquito de envidia sí que siento, ¿eh? Pero tampoco mucha, ten en cuenta que a los que sufrimos a jefes como el mío Dios (o alguien) nos arma de astucia y temeridad, por lo que más de una de estas entradas ha sida escrita en horario laboral!!!

      Besos

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