Juguetes

munecasCuando era pequeña creía que al crecer me cambiarían el nombre y me llamaría como mi madre, y que mi hermano heredaría el nombre de mi padre. No recuerdo si la idea de que todos los niños del mundo crecemos para convertirnos en nuestros progenitores me llenaba de orgullo o de impotente aceptación. Sólo sabía que era a mi madre a quien yo debía imitar hasta llegar a ser ella.

Pero mantener los roles en mi familia puede resultar, además de extenuante, mucho más difícil de lo que se pueda prever en principio.

Para empezar, nunca me han gustado las muñecas. No es que las muñecas no cumplan con mi sentido de la estética sino, más bien, que nunca les encontré utilidad. No me salía llorar por ellas y, justo después, hacerles arrumacos maternales. Se me daba mejor poner voz de camionero jugando con los coches y talleres mecánicos de mi hermano. A veces el camionero, después de un mal día con la Benemérita, apostada en cada curva cerrada, acusando la ansiedad que pueden provocar veinte horas seguidas de trabajo en carretera, preocupado por si era descubierto sobrepasando el límite de alcohol o velocidad, o trucando el tacómetro, sólo lograba relajarse en moteles de mala muerte de muros azules, rojos y blancos de piezas de Tente. Desde su habitación llamaría a Barbie que, muy profesional, acudiría sin demora, como mi madre descubría horas después, a una cita con su propia decapitación. Mi auténtica pasión eran, sin embargo, los juegos de construcción en general y el Exin Castillo en particular. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que disfrutaba preparando cualquier juego para todos los participantes —construcción del escenario, aprovisionamiento de materiales, extensión de utensilios necesarios para jugar a los médicos o a las comiditas, repartición de papeles y dirección en general— pero no tanto, nada en realidad, los juegos en sí. Pienso ahora que tendría el mismo problema con uno de esos hormigueros de gelatina azul en una urna de cristal: sería divertido elegir y adquirir el hormiguero, buscar una reina procreadora, observar cómo se excavan los primeros túneles, soltar miguitas de pan encima de la nueva sociedad y preguntarme si es percibida mi existencia como la de una deidad benefactora. Después, nada. Aburrida. Desinteresada.

Recuerdo mis primeros reyes. Estoy segura de lo temprano de esa memoria porque Raúl aún no había llegado. Mi madre todavía no lo sabía pero, muy pronto, mi padre se sentiría insatisfecho con el más infalible de los métodos, además de legal, y le pediría a un compañero que disfrutaba de tráfico de influencias que le proporcionase una caja de anticonceptivos —antibeibis los llamaba mi cosmopolita madre— que el buen compañero le entregó en breve acompañándolas de instrucciones orales: —Son efectivas desde el primer día—. Lo efectivo desde el primer día, según resultó obvio en cuatro semanas, fue la fertilidad de mis padres. De este modo, después de mi primera Navidad en la Tierra, el mueble librería que yo contemplaba llena de indiferente sorpresa —mira cuántas muñecas ha puesto mami para cubrir la repisa que tanto me gusta babear— se cubría también con coches y juegos injustamente escogidos sólo para jóvenes varones. Pero aquella primera vez, al verlas todas, mi boca no se llenó ni de sonrisas de complacencia, ni de los balbuceos que intentan expresar el más profundo agradecimiento. Sólo dije, ya que hablo perfectamente nuestro idioma desde los nueve meses:

—Has puesto en fila todas mis muñecas…

—Pero, ¿qué dices, hija? Si son todas nuevas; aún conservan la cabeza. Han venido los Reyes Magos y te las han dejado ellos aquí, para que juegues.

Mi padre me cogió entonces de los hombros y me obligó a girarme hacia él a la vez que se agachaba para que pudiéramos mirarnos a los ojos.

—Dime, Jaute, ¿recuerdas otras muñecas? ¿Otras Navidades? ¿Recuerdas tu vida anterior?

—Pero, Ricardo, ¿estás loco o qué? La vas a asustar con esas tonterías.

—Tu hija es rara.

—Sí… No sé a quién ha salido…

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4 pensamientos en “Juguetes

  1. Joer, me estoy empezando a asustar con las coincidencias…
    En casa de mi madre AÚN estan las muñecas sobre el armario del que fue mi cuarto en fila…y muchas incluso sin sacar de la caja, con su diadema de plástico y todo…

    Malditos reyes que te traian lo que les daba la gana. He dicho.

    • Ciiirceeeeeeee (entonación y voz fatasmagóricas): soy tu pasaaaadoooo que viene a reconcomeeerteeee… uuuuhh… (ruido de cadenas y demás parafernalia).

      Lo de los Reyes lo llevo yo también muy mal porque, pese a que me encantaría maldecirles como tú, me veo obligada a la represión por saber que era mi madre quién les chivaba lo que debían traerme.

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