Amor al cobijo de una entidad financiera

A pocos pasos de mi casa se encuentra una oficina enorme de la Caixa; tiene incluso un porche que invade lo que, me parece a mí, pretende ser una plazoleta, con un quiosco de prensa y unos cuantos bancos que me permitirían, si consiguiese madrugar un poquito más, leer el periódico sentada en uno de ellos, mientras tomo el café para llevar que hubiera podido adquirir en la cafetería de una de sus esquinas. Cuando lo descubrí la primera noche que pasé en mi nuevo hogar, buscando la hamburguesería más próxima, siguiendo las indicaciones de uno de mis amables vecinos, me llenó de satisfacción y el hallazgo sólo perdió importancia cuando comprendí que estoy rodeada de oficinas de esta entidad y que ya no sentiría ansiedad nunca más por conseguir efectivo viéndome obligada a pagar dos euros por cada cincuenta extraídos de esas viles máquinas presentadas como serviciales amigas del hombre.

Bajo el porche de la oficina hay una cama de tamaño considerable, como el que reúnen dos camas de 90 al unirse en una sola habitación de hotel ***** —he observado que en “fiestas pijama”, vacaciones en casa de familiares y orgías varias, no alcanzan esa visión gloriosa de confort sublime, de espejismo de oasis para los que ya se encuentran derrotados en lo más árido de la noche y se saben merecedores del mejor descanso, sino que sólo consigue emocionarnos como el entrañable albergue, como esas sesiones de saltos y guerras de almohadones declaradas tras compartir la cena en la casa de una persona donde terminan cabiendo veinte al más puro y renovado estilo Ikea—.  No permití a mis ojos indagar más en aquella primera ocasión porque se me ocurrió de pronto que donde hay una cama puede haber, justo a sus pies, algo de ropa interior desechada unos minutos antes, un diario abierto por la última página escrita sobre la colcha que la cubre, la foto de alguien que pudiera preferir la intimidad del marco a mi mirada de soslayo posado sobre una mesilla cercana. Y entretuve mi memoria, en lugar de mi curiosidad, recordando la noche en que junto a dos amigos y una amiga con los que ya no estoy en contacto usamos un cajero, también de la Caixa, que fue el primero que yo vi con una pantalla de televisión a la vista del cliente en el que se podía contemplar la grabación que realizaba la cámara de seguridad, como fondo de nuestro personal video clip, entusiasmados con nuestra propia estupidez, al ritmo de Saturday Night —da ba da dan dee dee dee da nee na na na, be my baby— hace mucho, mucho tiempo; tanto que, pese a que recuerdo perfectamente que ésa fue la canción que cantamos y bailamos, me parece mentira que hubiera sido ya compuesta y escuchada en todos los bares y discotecas.

Pero volví un par de noches después.

Fue a comienzos de junio y aún no se había instalado este calor para traerme el sin vivir del verano madrileño, por eso ellos estaban cubiertos, además de por sus ropas de calle más holgadas y cómodas, por una sábana hasta la altura en que cruzan por los dedos sus manos los finados. Y a mí, que no me sorprendió tantísimo la cama, me sorprendieron ellos. Y no ellos por querer dormir en una cama que se ofrece lujosa sin necesidad de sedas, y alta y soberana bajo el porche que domina la vista sin exponer, disimulando, al observador. Me sorprendieron sus manos, ligeras, amenizando su charla sin vehemencias mal vividas, y la sonrisa de complacencia que tenía ella asomando por si él se atreviera ya a llegar a la ironía de su fábula, y el periódico a los pies de ambos, el termo y la taza prometiendo arreglos a sus cuerpos satisfechos de ayuno.

¿Que sustenta esa cama? ¿Qué mantiene el finísimo colchón enfundado en bolsas de basura a tanta distancia del suelo que pisamos nosotros y no ellos? Y, después, cuando me pareció, durante mis investigaciones en visitas posteriores a sus dignos aposentos, que lo que hacía las veces de somier no era otra cosa que cajas de cartón cerradas, no pude dejar de preguntarme qué contenían esas cajas. ¿Libros? ¿De Tolstói, de cuya obra y la de otros con frecuencia hablan? ¿Mantas para el invierno? Y cuando deban usarlas para arroparse, ¿rellenarán las cajas con la esperanza de un corto solsticio?

Se me hace esa cama tan perfecta que avergüenza la mía, amparada en madera y hierro, en ladrillo, en la luz de la lámpara cuyo interruptor poseo, rodeada de un sinfín de posibilidades para matar el tiempo del desamor, que se oculta en las cajas vacías del trastero.

Anuncios

3 pensamientos en “Amor al cobijo de una entidad financiera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s