Moscatel

Cuando pienso en aquellos tiempos, siempre veo hombres con chaquetas de punto de colores sobrios, como el resto de su apariencia, que sus esposas, colmo, cada una de ellas, de la utilidad, han tejido en ratos de ocio que no saben llenar con nada más que resignada abnegación. Todos parecen el mismo, de forma que él y alguno de sus semejantes se unen para escribir diálogos de líneas redundantes y convertir cualquier conversación casual en cosa suya, de hombres, mientras ellas se esconden, recogiendo a sus crías, de chistes subidos de tono y vocablos incomprensibles propios del mundo de las finanzas, de la automoción, de jefes cabrones, de mujeres putas y vasos de licor con el que ellas surten el mueble-bar.

Pero la niña apenas entiende la sutil división de planos. No sabe qué significa gineceo y, aunque se lo explicaran, seguiría siendo un concepto en fuga constante de su pequeña mente aún asexuada. Por eso escapa de la atención de su madre, con mucha facilidad ya que ésta está, en realidad, pendiente de oír su nombre —o cualquier apelativo cariñoso, dicho ya desde hace unos años sin ningún cariño, como cielo, nena o amor— por si fuera necesario desplegar la vanidad del hombre de la casa, mostrando su buen juicio al escogerla a ella, tan útil, al explotar su utilidad, como si no hubiera habido siglos de inspiración a los hombres en cuestiones poco prácticas por parte de diosas menores, como si de ellos fuera lo etéreo y de ellas sólo el mundo físico. De ellas sólo el mundo físico y de ellos absolutamente todo.

Y la niña se sienta en la escalera, en el escalón más alto, y a ese lugar desde el que observa sin ser observada y hacia el que flotan todas las palabras que se dicen en la casa —ella lo sabe bien pues lleva ya dos años acechándolas desde ese mismo punto y las guarda todas como cuentas de cristal para poder hacerse pulseras en cuanto sea un poco más hábil— llega sólo una. Nunca la ha oído antes; no sabe qué quiere decir esa palabra tan valiente que sube sin compañía a su encuentro sonando dulce como si fuera de comer o beber y tuviera azúcar. Moscatel, repite.

Cuando la niña descubre que a la marcha del amigo de su padre hay un nuevo ser en la casa que, aunque parece obedecer al mismo hombre que ella misma y su madre, prefiere su compañía, sabe ya que Moscatel es el nombre de esa criatura maravillosa.

—No seas tonta, hija. La perra no puede llamarse Moscatel. Moscatel es una bebida de mayores.

Pero ella la siguió llamando así. A escondidas, por supuesto, para no convertirse en la hija tonta.

Anuncios

7 pensamientos en “Moscatel

  1. Pues yo diría que esa tozudez precoz de continuar llamando a la perrita como a la niña le daba la gana, dista mucho de ser tonta y está muy cerca de ser autónoma de pensamiento como lo son los adultos. Con un par.

    • Di que sí, Circe, puntualiza, que hay mucho crío por ahí, jajaja. De todos modos aunque puede que en este caso tengas razón, he de confesar que la obstinación no siempre me parece síntoma de madurez y que ceder incluso teniendo la razón de nuestro lado, a veces, sí lo es. Pero claro, esa es la humilde opinión de alguien que ve la confrontación sólo en términos de negociación.

      Menudo rollo me acabo de marcar, perdona. Ha sido un día malo. Lo borraría y empezaría de nuevo, pero podría salir aún peor 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s