El paso estrecho de las horas

Me gustaría que no me malinterpretaras. De hecho, me gustaría que te limitaras a escuchar lo que te cuento, sin dar a mis palabras vuelta y vuelta en la sartén hasta que queden hechas a tu gusto. Sé que es difícil porque consideras mi vida triste; quizás no, quizás te parece mezquina, mal vivida. Tantas veces me has dicho que me eche a la calle y viva. Y yo no puedo.

Me he inventado ya, después de asumir el sopor de mi existencia, una forma de entretener las horas. No se pasa tan mal, de veras. Y para las horas más estrechas, para esas que quedan dando vueltas en la espiral del reloj de arena, las que nunca acaban de caer, tengo mi ventana que queda justo frente a la suya. Y así es como retengo algo de tiempo, rescatándolo de su secuencia. Sólo unos instantes con ella en mi mente y en la de nadie más.

Casi no sé ni cómo explicarte cómo sucede. Lo intento.

Algunas noches, creo que esas en las que hace más calor o quizás cuando le sobrevienen desavenencias, ella se niega a sus rutinas y se tumba en su cama, para mí sin saberlo. No lleva nada puesto excepto por unas bragas que cubren muy poco. Antes tampoco. No posee un cuerpo perfecto, ni mucho menos, además, sabes bien que eso le restaría gracia. La gracia la tiene ella en saber vestir su propio cuero sin reparos, sin pensar nunca cómo pueden verla otros ojos, cómo la miran los míos desde sólo unos metros de distancia, atravesando la oscuridad del patio de luces, por fin desleal a su nombre. La suya permanece encendida. No, no se trata de exhibicionismo; creo que se olvida de apagarla, o la cree tenue, o se siente a salvo de vecinos habiendo muros de por medio…

Tumbada en la cama, boca arriba, contempla el techo. Creo que medita, o quizás inventa amantes; no puedo estar seguro pues su cara es inexpresiva del todo en principio. Luego dejo de observar su cara porque el movimiento reclama mi atención. Parece que va a estirarse cuando la palma de sus manos, abierta pero relajada, barre desde la cintura de su ropa interior hasta su garganta, estirada, ofertada a un postor fantasma. Antes de llegar a final de trayecto, sus manos tropiezan con sus pezones. Ella apenas les presta atención cuando se yerguen, pero vuelve a ellos un poco después, como si se tratara de una labor que merece ser descartada en horas de juego. Entonces sonríe. Me imagino que ha recordado el placer en un día desierto.

Su mano derecha comienza a recorrer el elástico de las braguitas de un lado a otro, de una cadera a otra, igual que el tigre pasea en su encierro considerando quién de entre sus carceleros merece antes la muerte de sus colmillos. Parece distraída y, cuando sus dedos alcanzan la piel que yo no veo, debajo de la única prenda que lleva, sigue con ese gesto en su cara que hace pensar que se trata sólo de un cuerpo de cera, sin sensibilidad. Pero no es así. Pronto se abren los labios de su boca a la vez que separa sus piernas, no demasiado, lo justo, y las alza unos centímetros sobre la cama doblando sus rodillas.

Me imagino su pubis suave, como sé, como intuyo sólo, que es el resto de su carne. En alguna ocasión mi lengua recuerda el sabor del aire alrededor de mujeres que podrían haber sido ella. Me sudan las manos al imaginármelas tan bien protegidas de la intemperie de estos días en los que se ha convertido mi vida. Reconozco que me provoca deseos de salir de aquí. Pero no lo hago. Quedo hipnotizado cuando leo en su rostro que todo lo anterior no ha sido más que el principio. Quedo anclado en el poyete de mi ventana y en su cadera que se despega ahora de la sábana para ayudarse a quedar desnuda del todo. Yo tenía razón. Yo lo sabía, me digo. Es así toda ella, cubierto de la misma piel todo su ser y de nada más.

Sus muslos despiden brillos de luz eléctrica accidental cuando amortiguan los breves movimientos de su espalda: los hombros se hunden en la almohada y su coxis en el colchón. Se tensa y se relaja, se tensa y se relaja, gobernando mi respiración, los segundos de mi reloj, el deseo que me queda para toda la vida huye de mí y regresa como atado por un cordón de yoyó a sus dedos índice y corazón, que exploran sin sistema, según el capricho de cada instante, en ese lugar donde yo querría desaparecer, volatilizado por uno de sus suspiros silenciosos.

No cierra los ojos en ningún momento y hasta induce a la ilusión de que no está sola. ¿Estoy yo con ella? ¿Dentro de ella? ¿Soy yo su placer?

Intuyo su orgasmo, tan bien la conozco ya, su cuerpo. Pero cuando llega no me entretengo en observar la curvatura de su columna, ni la tensión en sus piernas, ni el frenesí de la mano laboriosa o la presión no tan leve ya de la amante, la izquierda, que ha permanecido todo este tiempo acariciando su vientre. Sólo contemplo su cara, rasgos relajados engullidos de pronto por el éxtasis y acto seguido por un gesto de agradecimiento al aire o a la vida en sí. Es ahora cuando querría beberme su boca entera, que tuviera que depender de la mía para siempre…

Todavía puedo ver los poros de su piel encendidos, la sangre en algunos puntos de su cuello fluye a poca distancia de la superficie a velocidades vertiginosas, gritando cada gota lo que no ha gritado ella por decoro, cuando se tumba, ahora como al principio, y se gira hacia la ventana y, en un susurro, solo perceptible en el movimiento de sus labios y los míos, me dice: —buenas noches.

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9 pensamientos en “El paso estrecho de las horas

  1. La ternura y la delicadeza también pueden ser buenos ingredientes para el erotismo. La pasión tiene, como los coches, varias marchas, largas y cortas. Las primeras son más suaves pero con menos fuerza que las segundas, necesitan simplemente aprovechar la inercia de los deseos.

    La carne no es imprescindible para hablar de la hermosura de la química. Aunque ésta última no te seduzca tanto como la física.

    Besos

    • Estoy del todo de acuerdo contigo. Creo que es el principal motivo de que este tipo de entradas permanezcan ocultas. Volviendo a lo de antes (…) si mi profe de química me lo hubiera planteado así, no habría tenido que ser tan entusiasta con la física para sacar el curso adelante. Y ahora que estamos en esto, aclaro: me considero dominada por mi química, la faena es que no la entiendo y me traiciona y la acepto ya como otros más felices, por tranquilos, aceptan los designios del señor. Amén.

      Besos

  2. Mi estado actual me impide escribir este comentario de manera acorde a mis principios, así que sólo diré que he encontrado multitud de deliciosos detalles repletos de dulce sensualidad.

    Y que, nuevamente, me has vuelto a trasladar, esta vez a la ventana de enfrente.

    Besos

  3. Jaute, que estoy más salido que el pico de una plancha. Esto de la castidad nunca ha sido lo mio.
    En cuanto a mis principios, realmente son intenciones, y no son otras que no decir ninguna vulgaridad e intentar ser elegante.
    Además estoy sin dormir, y todavía lo agrava más.

    • Jajaja, me encanta la honestidad, bien.
      Pondré mi granito de arena: esto es un recuelo de cosas pasadas. Pasará bastante tiempo antes de que me de por entretener con algo de este talante. Habrás terminado la cuaresma para entonces.

    • Es lo que tienen estos pensamientos, que hay que meterlos en cintura porque rompen filas al mas imperceptible toque de silbato. Seguro que los tuyos se amotinaron y se hicieron con el gobierno.

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