Amor prescrito

Me duele mucho la espalda. Anoche soñé que me convertía en trucha, sin trucho que me quiera mucho, pero con una espina en edad de desarrollo, que vengaría mi muerte de pez glotón y obtuso capaz de morder el anzuelo, en un paladar de gusto exquisito.

Me recetaron para mi rodilla izquierda unas pastillas cuyo prospecto leí asombrada después de comprobar su eficacia casi milagrosa. La pastillitas contienen tramadol. El tramadol es un opiáceo.

No lo llegué a tomar más de dos veces para aliviar mi rodilla. Me acostumbré al dolor. No, no, no es eso. Al dolor no me acostumbraré nunca. Pero lo acepté.

Nunca me acuerdo de tomar la dosis con la frecuencia necesaria. Me aburre estar pendiente de estas cosas. Además, hace años descubrí el poder de los besos curativos, como los que da mamá en los cortes, arañazos y chichones. Practiqué esta terapia durante buena parte de mi adolescencia y mis chicos tuvieron que aprender a aceptar mis peticiones —bésame en la frente; me duele la cabeza—. Después leí en alguna parte que no eran sus besos sino mis endorfinas, pero seguí pidiendo besos analgésicos porque no me producen acidez y soy capaz de seguir fielmente el tratamiento.

El opio en monodosis lo guardé por si acaso no encontraba quién pudiera besarme en un momento de repentina necesidad y terminé por usarlas durante alguna de mis cefaleas.

En aquellas ocasiones solía sentirme bien, relajada, casi feliz. En la oficina alguien aseguró que mi sonrisa sólo podía significar que estaba enamorada y yo, que no sabía cuántos segundos se habían consumido desde esa pregunta-aseveración, opté por dejar de pensar hasta llegar a la verdad y contestar de forma afirmativa, pues prefería parecer atontada antes que tonta.

Y aquella tarde que pasé con él, esperando que llegara la noche para pasarla en su cama y comencé a sentir un dolor que no me quitaba ningún beso, saqué uno de los comprimidos recubiertos —no sé de qué van recubiertos; parece cruel cubrir un comprimido con substancias amargas a propósito y luego pregonarlo en la caja para que no te hagas ilusiones: para que no duela uno ha de pasar malos tragos— y me lo puse en la boca e intenté pensar en otra cosa por si era también necesaria la invocación al efecto placebo. Y al poco tiempo me sentía bien. Me sentía bien sobre su hombro y, durmiéndome respirando el aire que le envolvía y totalmente sedada, me sentí tan bien que lo dije: —qué bien me siento; no recuerdo haberme sentido así de bien antes—. A esto él contestó: —es que tú me quieres.

Allí quedó mi cerebro, a medio gas, preguntándome si me preguntaba o si creía él haber acertado —¿había acertado?— y considerando todas las posibles respuestas hasta que, agotada y muerta de sueño, vencida por el sueño, pensé: que se fastidie; si quería preguntarme algo que hubiese entonado una pregunta; y si me quiere que me lo diga y no me lo pregunte. Y me dormí cuando aún no había dicho para mis adentros el punto y aparte.

Por la mañana me desperté con resaca, eso sí: resaca sin dolor de cabeza. Divertida por el efecto que tienen en mí algunas prescripciones, sintiéndome un poco drogadita perdía.

Comenzaba ya a entonar mi apología por las inconveniencias resultantes de mi breve convalecencia cuando él me besó el beso más corto que pueda besar un amante del turno de noche y dijo: —no te disculpes. No es culpa tuya que me quieras. Pero yo… Yo no puedo.

Me queda una. Aprovecharé que mi bienestar no ofenderá a nadie esta noche.

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6 pensamientos en “Amor prescrito

  1. Es que a los engreídos no les hacen falta respuestas, ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

    Y a todo ésto, yo volvería a que me recetasen mas pastillicas del gustirrinin absoluto (más que nada por si la pierna vuelve a darte problemas), pero me las tomaría cuando no hubiese que desarrollar ninguna interactuación humana… 😉

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