Estrecheces. 2ª Parte

No sé por qué titulé la primera parte como Estrecheces. 1ª Parte. Mirad ahora lo que nos podríamos haber ahorrado.

Personalmente, aunque me parece bien contar con un pasado al que poder referirme en los momentos de necesidad, prefiero vivir en el presente y, en caso de debilidad nostálgica, alego que el presente se convierte en pasado en un abrir y cerrar de ojos. Según salen las palabras de mi boca, bien o mal dichas, dichas están. Y espero que se las lleve el viento porque me fastidia tener que desdecirme. No me gusta tragar palabras, aún menos las malas.

Pero he pensado que podría hablar de Fernando, a quien conocí a mis tiernísimos 15 años.

A Fernando le paraban otros chicos del pueblo para preguntarle cuantos Levi’s poseía. Tenía muchos. Era un pijo. Pero no era un niño bien y se limitaba a robar de la caja registradora del bar de su padre para poder comprarlos. Si hubiera ahorrado todas sus asignaciones semanales para conseguir esta clase de objetivos no habría contado con mi preferencia.

Carmen me dijo que debería tener cuidado con él porque era un cabrón con carnet de cabrón. Aún espero que me expliquen la diferencia entre ambas modalidades.

Fernando me dijo que Carmen era una guarra y comprendí perfectamente.

Nos enrollamos en un portal sito en una calle poco frecuentada durante las fiestas patronales del lugar. Parecía obsesionado con el hecho de que yo hubiera salido con Pedro anteriormente. Me eché a temblar pensando que me las tenía que ver tan pronto con un ataque de celos cuando dijo: —Entonces me dejarás que te toque las tetitas, ¿no?

—Menudo imbécil— exclamó Antonio, indignado como no le había visto nunca antes, cuando se lo conté al día siguiente.

—¿A que sí?

—Ya te digo… Preguntarte si te vas a dejar tocar las tetitas… ¡Con el par de melones que tú tienes!

No recuerdo cómo salí de aquella situación con Fernando. Está claro que no pude decirle que sí, que me dejaría meter mano; ni aún queriéndome dejar admitiría yo entonces, a él , semejante cosa. Pero debí salir airosa puesto que, como he dicho ya, nos enrollamos en aquel portal iluminado a medias por una farola demasiado lejana.

Besaba bien.

Entonces eructó.

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5 pensamientos en “Estrecheces. 2ª Parte

    • La 6 es de justicia casi poética, Circe.
      Y en cuanto a lo otro, yo no tenía más problema con las anchuras que el que tenía Melibea: un dilema el cómo pasarlo bien dentro de la rigidez de las normas sociales/morales en aquel lugar y en aquel momento, y de ahí la estrechez que tanto me compungía pero que tan bien practicaba.
      Ahora que lo pienso, es genial haber llegado a la edad adulta y poder marcarse un corte de mangas.

  1. Como habréis visto, en la encuesta, se ofrece la posibilidad de añadir una reacción de vuestra propia cosecha. Alguien muy amable (gracias) y original (ole) ha añadido su alternativa, pero me parece que no está a la vista de todos. La pego aquí porque de momento se lleva la palma:

    “Le dejo por mentiroso. Me dijo que era millonario y que solo come caviar”

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