En el circo

Comienzo a descubrir que soy capaz de compasión por el pequeño Francis. Es más que eso: soy capaz de comprenderle e incluso llego a susurrar que tal vez, sólo tal vez, yo haría lo mismo. Adivino que desde este punto sentiré simpatía, de una clase rara, retorcida y morbosa, por Mr. D. Aunque llegará a sorprenderme su ceguera comparada con mi omnisciencia de lectora de su vida y diré en algún momento “no, por ahí no; por allí”, igual que gritan los niños a las marionetas que intentan venganzas en sus congéneres en el teatro de guiñol del parque los sábados por la mañana. Igual que en el circo.

Hay mucho movimiento en el andén, a mi alrededor. Como siempre que se acerca el tren me inclino un poco hacia atrás, buscando la seguridad de la pared del túnel. Temo a los patosos, como yo, a los maniáticos de la puntualidad, como yo, a los que van pensando en los que no están presentes, como yo, a los que creen que se puede vivir dos veces, una por dentro y otra por fuera, como yo. Temo que me lleven por delante, despistada como estoy, o concentrada en las páginas que leo, y caer al andén. Ser víctima de un accidente estúpido, como en el circo.

Cuando el tren ha llegado a mi altura, dejo de leer y utilizo mi dedo índice para marcar la página. Sacar el rectángulo de cartulina cuché decorada con la foto de La Casa del Libro de Gran Vía, tal y como se presentaba a los ojos de los viandantes del Madrid del 48, de su escondite, unos cinco capítulos por delante, donde queda atrapada en mi postura al sujetar la novela, parece una pérdida de tiempo, una pérdida de dos segundos que me permitirán, si los uso con destreza, llegar al borde del andén donde sé que se abrirá una puerta y alcanzar, si no un asiento, una barra para sujetarme con una mano mientras con la otra abro el libro de nuevo para seguir viviendo por dentro y lograr empatar el día. No hay donde sentarse pero, en el centro del vagón, con una fila de cuatro asientos ocupados a cada lado, se yergue esa barra a la que no me sujetaré sino que me abrazare y en la que llegaré a apoyar mi cabeza una vez haya comprobado que el movimiento del tren es lo suficientemente suave.

Así estoy, encaramada a la barra, casi levitando por motivos que nada tienen que ver con la comodidad, cuando percibo que el aire no circula tan libremente alrededor mío y que hay un olor nuevo en él que no estaba ahí un segundo antes. Me giro un poco y le miro a medias, sin interés —cómo podría interesarme una forma de vida más habiendo tantas— y observo que su mano, tan tímida como delicada, intentaba encontrar un lugar en la barra que yo abrazo casi amorosamente sin rozarme, sin traerme de vuelta al circo. Lo comprendo. De verdad que no me molesta compartir y lo demuestro deshaciendo mi abrazo al metal, tomando ahora sólo lo cubre mi mano izquierda. Él, agradecido y mirando al suelo, acepta y escoge un lugar para sujetarse. Cambia de opinión varias veces hasta que coloca también su izquierda sólo un centímetro por debajo de la mía.

Su timidez me resulta excesiva, como la quien sabe que huele mal y quiere evitar la confirmación en el reproche de las miradas de quienes le rodean. Olfateo el aire disimuladamente y no recibo ni buenas ni malas noticias. Le miro por el rabillo del ojo a la vez que soy consciente de que mi índice derecho a vuelto a enterrarse en el punto de lectura. Le digo al pequeño Francis Dolarhyde hasta luego y barro el pasaje del vagón con lo ojos porque todo me resulta ahora muy extraño. Hay sonidos que no espero oír aquí y los escucho. Gimoteos.

Dos chicas están contra la puerta, una abrazando a la otra. No puedo mirar con comodidad al principio porque me asalta el recuerdo de otras dos muy parecidas que llamaron ayer mi atención: se abrazaban y besaban en el andén y pronto parecían el mismo cuerpo, la misma masa, carente de facciones según la melena de una cubría el rostro de la otra, y solo divisible en movimientos de extremidades con voluntades distintas. Si me descubrieran escudriñando sobre el libro que fingía leer, se sentirían incómodas, pensé. No, no son las mismas chicas. Pero una, la más baja —sus ojos están sólo unos centímetros por encima del hombro de su amiga— abraza a la otra mientras mira en mi dirección con rencor. Lo siento, digo sin decir nada, sólo miraba, y vuelvo a abrir mi libro.

No tengo tiempo ni de encontrar la línea exacta en la que me hallaba cuando comencé sentir tanto interés por el mundo, antes de que me traigan de vuelta. Ella, la chica de mirada rencorosa está gritando algo que no termino de entender: “… dicho antes, que te estás pasando…”

Me parece que me mira a mí, pero sé que es imposible porque en ese sitio yo sólo he sido un ser a medias, viviendo más por dentro que por fuera. Sigo la dirección de su rencor, de sus ojos, de sus palabras entonces. Justo ahí donde llegan se encuentra él, el tímido que no sabía a cuánta distancia poner su mano de la mía. Le miro. Y oigo sus cavilaciones, su intento por recordar las palabras mágicas que otorgan invisibilidad. Casi escucho la letanía en sus labios que no se abren, que apuntan al suelo como el resto de su persona: “deseo desaparecer… Por favor, por favor, que desaparezca”.

La amiga consolada a medias, levanta entonces su cabeza y ofrece su rostro. Se adivina que es una chica muy guapa incluso bajo los surcos negros que han dejado las lágrimas en su maquillaje. No se atreve a mirarle y él, entonces, presintiendo abucheos de todos los testigos de las lágrimas en una cara tan bonita, mirando al suelo siempre, se pierde entre los vagones en dirección opuesta a la confrontación y la vergüenza. La amiga del rencor sigue amenazando con llamar a seguridad. La chica bonita sigue llorando sin consuelo. Nadie pregunta, ni si quiera yo, muriéndome como estoy ya por saberlo, qué ha hecho el tímido para hacer llorar a su amiga que no haya merecido ya la intervención de la autoridad pero sí este espectáculo itinerante y subterráneo.

Una parada más tarde, cuando todos han vuelto su atención a sus auriculares, a sus periódicos y a sus zapatos, yo sólo finjo leer, y ellas lo saben. Por eso me escoge a mí la rencorosa para preguntarme si para llegar a Alto hay que pasar por Freno. Le digo que no, que van en dirección contraria, a la vez que observo que su guapa protegida ahueca su pelo y se retoca el maquillaje aprovechando el reflejo que ofrecen las ventanillas de oscuro fondo de túnel. Se acabó el drama. Se ríen y bromean acerca de su ignorancia de la red de metro. Y se apean, tan pronto como se abren la puertas, mirando a uno y otro lado al ritmo que sus pies pisan el andén, comprobando que nadie indeseable adivina su nueva ruta.

No deben preocuparse. Él ha quedado en el tren. Vuelve sólo unos instantes después, desde el punto en que desapareció, a colocar su mano en la barra y los ojos en el suelo, un poco más allá de sus zapatos, exactamente igual que antes, inclinada su cabeza un poco más por el peso del reproche en la mirada de los otros.

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