De cómo el suegro del Gran Wyoming me robó el último café por cortesía

Elías ha llamado. Quería invitarme a un café y le he dicho que sí; me ayudaría a tragar mi ofuscación. Naturalmente hablaría de los niños y sus trastadas para hacerme reír. Omitiría a su mujer durante los veinte minutos de conversación. Me diría en algún momento que le llevo por la calle de la amargura. Yo seguiría sonriendo. Son los papeles de siempre; los recitamos de memoria.

Y todo llega cansar, todo aquello que no se hace con deseo vivo sino por costumbre. Así que al ver al hombre muy viejo, tambaleándose y manteniendo el equilibrio a duras penas sobre la palma de una mano y ésta sobre un pivote, casi a modo de bastón, estiro el brazo izquierdo y digo dos cosas con órganos distintos. Al hombre viejo, con la boca, le pregunto si necesita ayuda para cruzar; a Elías, con ojos y piel, que he encontrado una excusa para la evasión de la monotonía de su crisis de la mediana edad.

El viejo se ha encaramado a mi brazo con todas sus ganas y yo a la diferencia que propone en mi camino. Que no desea cruzar, sino compañía y equilibrio de regreso a su casa es todo lo que entiendo en su desmedida verborrea llena de alcohol y vacía de dientes que den contundencia a sus palabras. Aún así, aunque le dirijo a Elías mi mejor mueca de niña dulce para que él interprete a su gusto —Qué pena, pobre hombre o lo siento, majo, si lo llego a saber no me ofrezco— no me arrepiento. Necesito contacto con un trozo de humanidad. Humanidad que vista camisa estampada con manchas de aceite de boquerones de bar, con barba crecida de cuatro días y gris de veintiocho mil quinientos treinta, con aliento de penas a medio ahogar.

Tal vez Elías se sienta igual. Tal vez desea llegar tarde a una reunión de negocios, una de esas que acaban en ERE. No sé qué quiere Elías; hasta hace un momento pensé que café e intentar convencerme de que su huerto es más verde. Dudo ahora porque toma al viejo del otro brazo y hasta le invita a liberarme del peso rancio en su perjuicio.

—Mi hijo, yo tenía un hijo. Se me murió con treinta y dos años. Las drogas son muy malas, niña.

—Ya, ya. Venga. No piense usted en eso ahora, hombre.

—Mi gato era el más bonito del mundo. Pero el que más, ¿eh? ¿Tú eres rojo?— pregunta a Elías.

—Sí, señor. Soy de izquierdas.

—Pero, ¿comunista?

—Sí, claro.

—¿De esos republicanos?

—También, también.

—Dios hace favores muy grandes. De verdad, ¿eh?

Observo que está llorando. Le caen lagrimones que estallan donde antes lo hiciera el aceite o, quién sabe, el boquerón entero.

—No me llore usted— intervengo al fin —¿Por qué llora con lo bien que lo estamos pasando caminando los tres en una tarde tan bonita?

—Es que mi hija es la mujer del Gran Wyoming. ¿Le conoces? Sale en la tele.

Cuando le dejamos en su casa, Elías y yo no sabemos de qué hablar. Me da pereza descuartizar lo que ha dicho el viejo. Me miro el reloj y por fin hallo algo que merezca la pena decir:

—Se nos ha hecho tarde para el café. Hemos consumido el tiempo con el buen hombre. Mañana, ¿eh?

Elías no contesta más que con asentimiento de cabeza. Le pesa. Se va en dirección contraria a la mía, hacia su oficina en el primer piso, mirando los escalones. Mañana me explicará cómo he llegado a ser prescindible para la empresa.

Que el Gran Wyoming me perdone por mi total falta de delicadeza.

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