La ciencia en España no necesita tijeras y, además, papá, quiero ser astronauta

Andrea nació con los ojos abiertos de par en par. Su padre, que fue quien la vio salir en actitud tan despierta, dijo:

—Por Aguirre, juraría que oigo ruido de rotación en sus ojos cuando fija la vista.

Efectivamente, ella fue la primera niña que nació con lentes telescópicas en lugar de córneas. Sí, ya sé que esto, hoy por hoy, no puede impresionar a nadie, pero creedme cuando os digo que, tiempo atrás, podía representar un estigma.

Andrea creció alimentada por las páginas de su Atlas, del National Geographic y de cualquier tomo de enciclopedia que encontrara por casa después de que sus padres se encapricharan con el equipo hi-fi que regalaba el vendedor ambulante antes de morir apedreado tras cruzar la plaza del pueblo y ser descubierto por su mercancia. Contaba planetas hasta que le entrara sueño para soñar después con nebulosas, con supernovas, enanas blancas y cometas de elipses infinitas; tomaba el pelo a sus supersticiosos amiguitos presagiando el próximo eclipse. Y a veces, cuando estaba segura de que nadie la observaba, cuando se quedaba sola, se daba auténticas bacanales con unos vídeos que encontró en un contenedor llenos de anuncios de Teletienda y que, afortunadamente, estaban tan mal grabados y eran tan viejos que, en las pausas entre producto y producto en venta, consiguió encontrar trozos de documentales acerca de todo lo que hay en la Tierra. Viéndolos se preguntaba quién y cómo los habría rodado porque Andrea nació antes de que recuperásemos la memoria de Jacques Cousteau y David Attenborough —ya os he dicho que las cosas eran antes distintas—.

Asistía a clase en un centro de educación especial. El programa, que había convencido a los padres de Andrea hasta el punto de apretarse el cinturón para costear los gastos, algo elevados, que suponía el digno porvenir de su hija, incluía cuatro horas semanales de estudio de la teoría Creacionista —no ya por convicción sino por economía y porque resulta más fácil de explicar a los niños, según les indicó el jefe de estudios del centro— y dos dedicadas a cada una de las asignaturas de “Nuevas tendencias”, “Expresión moderna” y “Popularidad”. A pesar de lo muy inteligente que parecía, sus profesores no dejaron de enviar cartas a sus padres comentando el desinterés constante de Andrea por cualquier materia y el extraño lenguaje, a la par que ofensivo, lleno de latinajos, que se gastaba la criatura. Los padres de Andrea le rogaban al principio que se esforzara más, pero acabaron por aceptar que era el de ella un espíritu indomable y, tan pronto como aceptaron la realidad, agradecieron el poder volver a disfrutar de su dinero y, con éste, de sus suscripción al canal Gran Hermano 24H, que alcanzaba ya su 528ª temporada y estaba, según comentaba la vecindad, mejor que nunca y batiendo todos los records de audiencia.

Andrea, a los cinco años, soltó la bomba en casa:

—Papá, lo he pensado bien y he decidido que quiero ser astronauta.

astronauta

Su madre, que ponía la mesa en aquel mismo momento, dejó caer la vajilla de plástico al suelo, donde no se hizo añicos, para poder llevarse ambas manos a la cara y así enmarcar su grito.

—Pero, hija, por el amor de Bush, ¿es que no vas a dejar de darnos disgustos? ¿No puedes ser peluquera o diseñadora, economista incluso? No, la señorita tiene que ser astronauta y dejarnos a todos en ridículo… Pues no puede ser, mira, así que te vas a tener que fastidiar.

—Pero, ¿por qué no?

—Porque para ser astronauta, listilla, hace falta un cohete y se extinguieron en el Jurásico.

—¿Ya no los hacen?

—No. No se fabrica nada parecido desde la crisis del 2009, gracias a San Banquero. Deberías prestar más atención en clase de Cuentos.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Ay, hija, pues lo que tenía que pasar: estaba todo el mundo trabajando muy duro para poder pagar los impuestos que luego se iban en tonterías como programas de investigación. Afortunadamente, ese año, estaba la cosa muy mal y se decidió recortar en lo superfluo. También fue el año en que la tele pública pasó a ser privada… ¿No te han enseñado todo esto? Vaya mierda de colegio.

—¿Y la gente dejó de salir al espacio?

—A ver, Andrea, la gente no llegó a salir al espacio nunca: todo lo de la Luna, según me contaba tu abuelo, fue un montaje.

—¿Sí? Entonces, ¿nunca se han construido cohetes?

—Qué pesada que eres, hija. Ni cohetes, ni vacunas ni nada. Todos esos científicos no eran más que funcionarios estudiando para poder trabajar después en Hollywood haciendo películas sobre como los americanos salvan al planeta entero de pandemias e invasiones extraterrestres.

—Ahí va…— dijo Andrea por fin, llena de asombro.

Dos años después, mientras celebraban su séptimo cumpleaños en el Hotel McDonalds, a pensión completa, Andrea dio otro disgusto a sus padres:

—Papá, Mamá: lo tengo decidido. Voy a ser cineasta.

La curiosidad se abre camino. Qué pena que no lo asfalten en España.

Tijeras NOIniciativa La ciencia en España no necesita tijeras en La aldea irreductible.

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