Pros y contras de un color

En esta ciudad en la que ejerzo mi legítimo derecho a sentirme turista como si fuera yo de tez clara, como si fuera natural caminar de un lado a otro sin prisa y encontrarlo todo digno de mención en la entrada de un blog, en una carta o correo electrónico, en una postal escrita con prisas en cuyo reverso sólo ha de ser legible mi nombre y los besos que me preceden en mi eventual regreso —quizás mañana—, alumbrada a medias en una fotografía; en la misma en la que termino por sentirme una inmigrante, también por derecho, como si fueran mis labios más gruesos o mis ojos rasgados en su extremo inconveniente, como si el tono de mi piel pudiera describirse más allá de los colores del presente simple del indicativo, y donde me hallo exhausta finalmente, donde me lamento vilmente a causa del vil metal que desconozco, de los horarios de los obreros cuyos salarios no alcanzan para comprar relojes con todo el tiempo incluido en el precio, aquí mismo, donde vivo, se me ocurrió mostrar secretos al reportero intrépido que aseguró que mis ojos no son tan oscuros como los ven otros y esto me hace pensar que intenta él encontrar algo ahí perdido, en su fondo, ayudado con la luz de alguna linterna —gesto que agradezco pues oscuridad ya hemos tenido—.

Pero son tan pocos los secretos en mi posesión para mostrar a quien yo quiera… Por eso le llevé de la mano de extremo a extremo; desde la pareja de amantes que se aman al cobijo de una entidad financiera hasta la indecencia del café de 5 euros del Gijón.

Los autobuses nos acosan cercanos a la acera y, mientras aplico sus malos humos al embellecimiento del humo de mis pitillos usando débiles comparaciones y argumentos que hacen tantas aguas que ni puedo encenderlos ya de lo empapados que he dejado todos los que me quedan en el paquete, se percata él de su color que denomina “azul pepero”.

—A mí me gusta el azul— le digo. —El color azul es del mundo entero. No me pueden quitar eso.

—Pues yo hace tiempo que prefiero el rojo.

Y como acordamos sin discusión que el rojo es también un color bonito, continuamos sin más hacia Banco de España para poder tomar después el Paseo de Recoletos.

El reportero intrépido está de enhorabuena: no sólo llevo yo un jersey rojo, tan generoso en escote como en color, sino que, además, la calle está llena de sombreritos rojos, de globos rojos, de camisetas rojas. De rojos no. Qué contrariedad. Estos parecen escapados de la última misa, esa que él y yo eludimos a conciencia, por conciencia. Proclaman no sé qué del amor a la vida, como si fuera su vida, su forma de vivirla, más amable, más digna de amor que la mía. Que la de los amantes de La Caixa.

Por cierto, no fueron tantos.

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2 pensamientos en “Pros y contras de un color

  1. Con ingredientes de aquí y de allá, unas cuantas metáforas, unas cuantas sensaciones, unas cuantas realidades, te sale siempre un caldo delicioso. Como el de la abuela, inimitable, personalísimo.

    P.D.: Las cifras me la traen al pairo. Soy de letras. Pobre gente.

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