A la sazón

Debería comenzar por reconocer que no soy demasiado perceptiva. Y no se trata de una incapacidad para la observación; muy al contrario, me entretengo en detalles mínimos y exploran mis cinco sentidos todo aquello que se ofrece abiertamente o sólo se insinúa. Ah… Cuento con la habilidad y la paciencia pero mi imaginación, definitivamente en ella está la falta, me pierde. Y es que poseo ese gusto por ver lo que no hay, por percibir, a fin de cuentas, eso que más me complace y que me permite rellenar los huecos de una vida que, sin mi talento pervertido, sería como cualquier otra.

Y en cuanto a él, más me habría valido ser realista; pero no recordaba cómo serlo. De lo contrario no le habría ofendido durante nuestro primer almuerzo juntos. Lo recuerdo perfectamente: me acerqué a la mesa y le miré con la seguridad de quienes tendemos a confundirle con un aburrido contable —en mi defensa alego que eso es lo que parece, tal es su sobriedad en el vestir y hasta en el peinarse; casi parece chocante, un amotinamiento de su alter ego, ese eccema incurable y sempiterno, plantado ahí, como una pancarta, en el centro de su frente que cobra amplitud con los meses en su incipiente calvicie que jamás disfrazará con un rapado al 2— mientras permití que me untara entera con esa forma de mirar que tiene arrastrando sus ojos color mostaza que me impregnaron para siempre de sabor. Aunque, tal vez, no pudiera ser mía toda la culpa. Quiero decir que fue algo ridículo aquello que dijo Elena, cuando yo llegué, sobre lo conveniente que sería dejar a un lado  ese romanticismo que aseguraba ella haber detectado en mí desde el primer momento, y probar a salir a tomar unas copas con él, con ése de ojos extraños que me hacían sudar las gotas de siempre —por eso no me daba cuenta— y que yo ya había escuchado a las demás chicas en la oficina calificar de baboso bobalicón desesperado. Y qué contesté yo a las insinuaciones de Elena que tanto le mortificaban y que sólo valoraban de él su capacidad para hacer dinero —entonces, seguro, no es más que otro aburrido contable—, qué palabras acudieron a mi boca sin pasar antes por mi cerebro, ni tan si quiera para su distorsión y posterior olvido: —que me avise cuando tenga tanto que pueda permitirse el amor de carne y hueso; pero, ante todo, de carne.

Él no dejó de sazonarme ni un segundo con sus ojos. Y tampoco me condenó; no entonces.

No sé qué me digo… Él no me condenó nunca y se limitó sólo a absorber mi primer sarcasmo con sus ojos, como si quiera añadir algo de picazón, la justa, la que se detecta sólo tras la ingesta, a su marinado; y lo hizo tal que hace el tahúr con el contrincante ganador, sólo porque le sabe principiante y en su buena mano reconoce azar y no peligro. No. Me condené yo sola.

Fue al acostumbrarme a que me mirara. Mi piel, yo lo sabía, adquiría otro aroma, otro matiz su sabor, macerada en sus insinuaciones y su sonrisa que otras rechazaban por demasiado húmeda. Y a mí, todo eso, dejó de importarme. Comencé a intuir su deseo en su actitud queda y reservada. Un hombre sociable que se mostraba incluso alegre muchos días, se acercaba cada mañana a la máquina del café que él tomaba bien cargado de renuencia por desearme buenos días; harto estaba, me decía yo, de desearme cada una de sus noches agitadas.

Fue así como llegué yo depender más de que me mirase que él de verme. Dejé de sentirme bonita si no era vista con sus ojos. Y me volví loca. Me volví sombra de sus pasos, risa de sus ingenios, aplauso de su discurso. También quise ser el jarrón donde vertiera esa salivación que tantas veían por igual en sus comisuras y en sus lacrimales. Estaría enamorada, supongo. Pero él no quiso besarme; —qué extraño— pensé —que no sienta lo mismo.

Y lo achaqué a su tozudez.

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2 pensamientos en “A la sazón

  1. Como no se cuánto de realidad y de ficción hay tus relatos no quiero meter la pata emitiendo juicios, pero se impone en cualquier caso la máxima “donde tengas la olla, no metas la polla”. ;P

    (Maravillósamente bien escrito, as ever)

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