Transporte escolar

Carmona era el autobusero del pueblo. Con una flota de dos autocares y la ayuda de su hijo Antonio, quien nunca tuvo vocación, pero tampoco opción, mantenía aquel pueblucho comunicado con la urbe digna de mención —no aquí— más cercana.

También cubrían los trayectos desde el barrio más alejado por el este y que alguna vez tuvo un nombre bonito, adecuado para las grandes vallas publicitarias que pregonaban que la felicidad de una vida sencilla se construiría en breve, que era de verdad posible y, para colmo, asequible, y que fue pronto reemplazado por La Farola en un alarde de ironía por parte de los vecinos de aquella micro ciudad dormitorio, sin concejo propio, y el único colegio que quedaba cercano al mismo pinar que escogió la benemérita para esconder su cuartelillo.

Ninguno de estos servicios era gratuito, claro, y ni el ayuntamiento ni el colegio deseaban hacerse cargo de los costes de desplazamiento a lo largo de un trayecto que la mayoría consideraban muy por debajo de los límites de la capacidad locomotriz humana, y así era. Pero hacía un par de años que la chicas guapas, para serlo, se procuraban con un par de kilos extra la neumática que Marta Sánchez puso de moda y a la que después renunciara junto con la sombra de Olé-olé; también hacía tiempo que las mejores estrategias deportivas surgían de la imposible ingravidez de jugadores electrónicos en pantallas de videojuegos. Los padres, además, temían esa clase de atajos que convierten dos kilómetros en uno y varias horas de clase en un campeonato de futbolín y las posibles hidrataciones en vasos plásticos con capacidad de un litro que nadie ha solicitado nunca llenos de bebidas sin alcohol.

Carmona cobraba seis mil pesetas mensuales por niño. A veces, no. Cuando no lo lograba le decía al niño en cuestión, delante de todos los demás:

—Dile a tu madre que me debe. A ver si voy a ir a cobrárselo en persona, que no le hará a tu padre ni puta gracia.

Antonio, el hijo de veintitantos y ya conductor de autobús, con una jornada tan larga como la de su padre, no quería saber de finanzas y se mantenía al margen. Tampoco le interesaban las madres de sus pequeños viajeros ni la posibilidad de cobrarse en especia los retrasos del mes. A Antonio le gustaba Eva que, ya tuviera trece o catorce, aparentaba alguno más. Menudo culo y menudas tetas tenía. Iba a 8º de EGB, de eso se había asegurado. No parecía muy lista pero él tampoco se consideraba tan inteligente como para poder exigir. Además, lo que le chiflaba era la forma en que Eva se subía las mallas que llevaba casi todos los días al cole, de esas con costura al frente, sobre los muslos, con aquel baile como de hulahoop dentro del elástico de la cintura. Pero Antonio no miraba sus caderas ni su cintura cuando ella recomponía su atuendo al levantarse al final del trayecto; Antonio quedaba hipnotizado, concentrado en la respuesta a toda una vida de dilemas y que parecía asomar justo entre los muslos de Eva en el momento en el que la malla sitiaba su pelvis imposibilitando las sugerencias de sus formas, tan crudamente se adhería todo el tejido a toda su piel. Antonio, además, había oído comentar a los otros chicos de 8º que ella no usaba ropa interior.

Manuel conocía bien los sentimientos de su hijo. Menudo imbécil, siempre pensando con la polla. Pero cuando supo del embarazo de Eva no tuvo inconveniente en acompañar a su hijo al altar e incluso acceder a subirle el sueldo para mantener mejor a aquella golfilla. Al fin y al cabo, comprendía al chaval, y tan bien que tenía que hacer un esfuerzo por contenerse con Silvia. Ella era algo mayor, había hecho dieciséis, y ya no viajaba en el bus, menuda putada. Acompañaba a su hermanita Vanesa antes de enfilar para su currito de mierda en la factoría de mierda —no importa qué se fabrica, cada pueblo dispone de una para que las mujeres puedan ganarse un sueldo—. Silvia, pensaba Manuel, era más golfa que cualquiera de las niñas de octavo, pero se la veía más elegante, con más clase y mejor educada.

—Eso, eso… Cómete esa ensaimada; que te engorden bien esas tetitas que tienes.

—No te pases, Manuel, que un día te va a oír Ginés y te va a hinchar a hostias.

—Pero si es un chiquillo ese novio tuyo. Ven aquí, guapa, que te enseño lo que es un hombre…

Por supuesto, Silvia nunca estuvo tentada por conocer cómo era un hombre como Manuel; le producía repugnancia.

También llevaba a los chicos más mayores al instituto en otro pueblo algo más grande. Le encantaban los viajes de vuelta a las tres de la tarde. En ese viajaba yo, que no planeaba ganarme el pan en una fábrica obedeciendo las exigencias del encargado que sería, con toda probabilidad, el sobrino del jefe de producción.

El autobús que Carmona usaba para llevarnos y traernos era el bueno, el que tenía la tele. En ella vi por primera vez un video de Rick Astley. A las chicas les gustaba. A mí no; siempre he sido cabal, con los pies en el suelo y poco dada a enamorarme de ídolos de ningún tipo. Poco dada a idealizar, en cualquier caso.

Después de diez minutos de vídeos musicales, más o menos lo que se tardaba en salir de la población y entrar en carretera, los chicos ya habían comenzado a reírse de Marisa, que se desplazaba hacia delante y hacia atrás en su asiento, con el ritmo del autocar, incapaz, al parecer, de mantener la espalda pegada al respaldo. Ninguna le advertimos nunca; no tenía ninguna amiga a la que pudiera importarle que fuese ella el chiste de todas las tardes. Además, no duraría mucho; pronto Manuel pondría la película porno.

Los chicos se quejaban si el vídeo no comenzaba en el punto en que se interrumpió el día antes.

Manuel nos gritaba a nosotras que debíamos prestar atención o no tendríamos un novio en la vida.

Al llegar a casa, abría mis libros y los memorizaba página por página porque entendía que mi vida dependía de ello.

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