Estática

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No me es ajena la estática; la conozco bien.

Cuando niña, los televisores chisporroteaban al acercarme a cambiar el canal, y el de mi yaya se cambiaba sólo con que mi dedo índice mostrara algo de voluntad y uno de aquellos botones metálicos adivinara mi roce con medio segundo de antelación —nunca conseguí convencer a mis padres de que no eran tantas horas viendo dibujos lo que me ponía los pelos de punta; a ellos sí—. Estoy acostumbrada a pasar minutos enteros intentando deshacerme de trozos de celofán, de envoltorios adheridos a cualquier parte de mi cuerpo. No beso a mi hermano pequeño sin contar hasta tres pues posee el mismo poder que yo. Temo los picaportes metálicos y sé que un día, finalmente, careceré de valor para abrir las puertas que éstos mantienen cerradas bajo la promesa de descarga. La tormenta es dueña de mi piel. En cierta ocasión le pedí a un hombre que, cuando hubiera de tocarme a hurtadillas, lo hiciera con decisión para evitar así mi electrocución.

El día que le conocí había llovido y aún quedaba electricidad en el aire. Yo la absorbía como hago siempre a la hora del postre porque, para colmo, me gusta. Por eso pasaba horas en agosto asomada a aquel balcón que daba la impresión de estar a punto de caerse, observando los rayos en las tardes de tormenta que cruzaban el cielo horizontalmente, como mensajes desde la bóveda índigo, no tan alta, atados a algún proyectil sin ambición por abandonar la troposfera.

Nos sentamos a tomar algo tan pronto encontramos mesa y sillas secas. Me relamía yo por los sabores del aire y el refresco que tan bien combinaban cuando me rozó. Me acarició. Concretamente un brazo. Y debe de ser él también un mutante puesto que, en lugar de obligarme a la descarga que tan agotada me deja, tan triste, y que me halla siempre desprevenida, incapaz de más reacción que la sorpresa y un breve lamento, intercambió su piel electrones con la mía haciéndome sentir algo parecido a un hormigueo, algo cercano al primer aviso de hambre que coincide con el reconocimiento del aroma de mi plato favorito. Una sensación que hubiera sido capaz de hablarme de haber llegado provista de labios de amante. Y tras rozarme el brazo desapareció dentro del local, dejándome sola, estudiando la porción de mi cuerpo felicitada, buscando una señal en su epidermis, algún tipo de fluorescencia, algo por lo que pudiera saberme marcada. Y no hallé nada allí más que la memoria molecular de la promesa de placer que su mano le hizo a mi cuerpo.

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4 pensamientos en “Estática

  1. Un relato sencillamente encantador. Estoy convencido de que quien te acarició el brazo deseaba con todo su alma que conectaseís y pasar de la física a la química. Un eléctrico beso.

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