Los efectos del frío

Mi culo siempre tuvo más éxito, se me ocurre ahora, porque es también más obvio. ¿Seguro que es así? No lo tengo tan claro. Recuerdo haberle hablado a alguno de mis amantes de la descarada actitud de mis pezones, siempre erectos y, ¿sabes esos sujetadores con algo de esponja, para dar más firmeza?… Pues incluso esos sujetadores atraviesa su ímpetu, su deseo de hacerse notar.

Han sido siempre así; ya cuando apenas tenía pecho que ellos pudieran representar, se mostraban con toda su dureza, rasgando la llanura rosa de mi camisa favorita. Y aquel jovenzuelo precoz los observaba; sabía él más de su naturaleza que yo misma, que sólo sabía de corrientes de aire frío. Sin embargo, cuando me tomó a la hora de la siesta en la tienda de campaña que no olía tan mal como las otras, fue mi culo, como siempre, aquello que hizo sus delicias.

Y las del hombre que gritaba que daría su vida por bailar conmigo la rumba que sonaba y que decidió, por fin, que morir no es necesario, no siempre; no por un poco de carne, por muy carnal que sea.

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