Miserias

Estaba decidido. Iba a tener un día genial. Pese a mi jefe y el haberle regalado ya ocho horas de ese día estupendo. Pese a que me daba miedo consultar mi saldo en el cajero, con el corazón congelado un segundo mientras el monstruo decidía si podía permitirse o no —si podía permitírmelo yo— darme ese billetito de veinte que sospechaba mi última oportunidad de vivir como un ser digno un día más —sólo un día más, por favor, mañana cobraré la miseria de todos los meses y comenzará una nueva oportunidad para mí; pero prometo llevar una vida sencilla, austera; sólo te pido mis veinte euros, que no me digas que no puedes por un miserable céntimo, más miserable que yo mismo—. Pese a la lluvia desganada en la caída y el viento, muy frío ya, arrojando las solapas de mi gabardina contra mi cuello y obligándolas a susurrar el deseo de la limpieza en seco que nunca llega como no llega mi sueldo a fin de mes. Y, pese a todo, digo, un día magnífico, como los anuncios de navidad, lleno de lucecitas reflejadas en todas las vidrieras en las que contemplaba caminar, con paso decidido por alcanzar la gloria, a ese hombre que se siente rico porque se ha levantado de buen humor y ha sabido enamorar al grotesco expendedor de fortunas automático y le ha hecho el amor por una miseria. Viva el amor barato. Viva el sexo electrónico.

Cuando alcanzo la última vidriera, la que hace esquina y queda a sólo unos pasos de mi casa, la puerta no ha terminado de cerrarse tras la entrada del último cliente. Me llega una vaharada cálida cargada del aroma de la cerveza, el vino, el brandy y demás licores a los que nunca fui tan aficionado como mi imagen de trascendente conversador y adicto a todo lo que es placentero en esta vida, amigo de la noche cosmopolita, me exigió. También huelo el humo de cigarrillos y puros que escapa por la rendija al umbral del local y se queda ahí por un segundo, formando una nube densa e indecisa antes de ser desterrada por el viento y la humedad y convertirse en lo mismo que se convierte mi deseo por un trago al recordar mi precaria situación económica: nada. Pero, eh, quién necesita un trago en un día como este; me tomaré un café bien cargado y disfrutaré del confort que mi pequeño apartamento proporciona aunque sólo sea por cuestiones de rutina.

No obstante, aclarado el asunto, sopesados pros y contras, mi cautela vencedora, echo un vistazo a través de los cristales algo más oscuros que un escaparate convencional —no deben sentirse quienes buscan entretenimiento para los momentos de ocio expuestos mientras se lo procuran— y la veo allí. La veo por un segundo sólo antes de que se dé la reciprocidad. Creo que me ha dado tiempo a pensar que, sin duda, sus ojos sobre mí resultan más nocivos que los míos sobre ella. Mi ella. Bueno, mi ex.

Giro sobre mis talones para alcanzar la puerta que aún no ha terminado de cerrarse y aprovecho para plantearme algo tan profundo como el sentido de la vida y la relatividad del tiempo, convencido de lo singular de mi última experiencia vital: he estado un año entero plantado delante de —ahora sí— el escaparate que me ofrece el objeto en el que empeñé toda mi codicia y en ese año, en esos largos doce meses, doce lustros —la precisión carece aún de importancia en este mi nuevo cuantificador existencial— sólo un hombre con sed indeterminada ha pasado al interior del bar creando las altas presiones que ahora me facilitan el acceso a ese que acaba de convertirse en su reino. Siempre le gustó mandar, lo recuerdo.

Mi pie izquierdo ha alcanzado casi el escalón que forma mi descenso a ese ambiente recargado con el lujo de la despreocupación; despreocupación por el precio de las copas, por la tarde gris que se torna negra, muy despacio, tan lentamente como transcurren las conversaciones susurradas en números pares hasta la hora en que nos esperan en casa con la cena lista —a mí no me espera nadie— cuando deshace ella a velocidad de vértigo los últimos pasos que he dado y que parecen haber consumido toda una vida. Soy consciente entonces, en el momento en que ella está plantada ante mí, con su gesto más afable y su media sonrisa cautelosa, de que está acompañada por un tipo de aspecto interesante —estoy seguro de que su valor mejor cotizado y el único en el que ella repara para prestarle a comparación se esconde, fláccido, encogido en este momento, en su bragueta. Pero ahora todo tiene sentido.

¿Por qué le protege?, me pregunto; es cierto que me la follaría, a la voz de ya, aquí mismo, sobre la barra, delante de todos estos señores bien pagados y con corbata, y si no me corriera en pocos segundos sería por la distracción de sus rizos de ese tono jengibre tan falso y que, chocantemente, resulta ser su color natural, empaparse en los redondeles de cerveza agria que el camarero ha olvidado limpiar al presentir que sí, que si digo que sí es que sí y que aquí mismo me la follo. En fin, que sí, que, como iba diciendo, me la tiraría cuando fuera pero no me partiría la cara por ella. Y ella lo sabe. Pero él no. Y, claro, nos da la espalda; incómodo él; confiada ella. Me protege a mí. Sí que es verdad que le gusta mandar, lo recuerdo.

—Hola, Gonzalo. ¿Cómo estás?

—¡Cómo estás tú!

—Ya veo que conservas tu sentido del humor.

—Mi casa, mi coche y alguna baratija más las tienes tú; pensé que debía quedarme con algo.

Se le entristecen los ojos. A veces pienso que sí es una persona y no uno de esos cajeros automáticos disfrazado de humana. A veces me da miedo.

—Bueno, ya que nos hemos encontrado… Quería pedirte un favor. Espero que no te importe.

—Para ti todo cuanto necesites— creo que al final lo expreso en tono neutro, sin sarcasmo.

—¿Podemos subir a tu piso para hablarlo?

—¿Y tu acompañante?

—Le he dicho que espere. Sólo será un momento.

Adivino inmediatamente que no nos hemos encontrado por azar. Realmente necesita algo y viene preparada para negociar. Quisiera estar yo también preparado; me encantaría salir ganando por una vez.

En mi piso me permite que le retire el abrigo largo y lo cuelgue en la percha, ilusionado con la idea de que quizás la visita no dure sólo un momento. Me imagino al pobre desgraciado que la acompaña, el que espera abajo, en la barra, bebiendo sin sed, fumando sin ganas, suponiendo que me va a pagar bien cualquier favor que tenga que pedirme.

Preparo café después de que ella mencione que toda la casa huele al que yo hacía tan rico por las mañanas. Me siento en el mismo sofá que ella, sin esperanzas; se trata sólo de una fuerza mayor: sólo hay un sofá en mi apartamento porque sólo cabe uno; además, es mi cama. Tenerla allí sentada como está, las piernas juntas, asomando sólo por su falda desde la rodilla donde se apoyan sus muñecas, los largos dedos buscando algo en el aire con lo que jugar —algo a qué agarrarse— me produce la impresión de que alguien ha dejado caer una muñeca tamaño natural en mi trinchera de soldado falto de consuelo. No calculo antes de preguntar:

—El tipo ése del bar, ¿es tu novio?

—Sí. En cuanto se termine de tramitar el divorcio nos casaremos.

—¿Cómo se llama?— finjo interés porque en el fondo soy buena persona —¿A qué se dedica?, ¿cómo os conocisteis?

—Vamos, Gonzalo, ¿qué más te da?

—Creía que… No sé… Que como vas a pedirme un favor podríamos ser amigos y los amigos se hacen preguntas y se cuentan cosas, ¿no?

—Es periodista.

—Vaya, un reportero intrépido. Estarás contenta…

—Claro. Mucho.

—Y, bien, ¿qué puedo hacer por ti?

—Como te he dicho, en cuanto los trámites de divorcio finalicen, nos casaremos. Será una boda rápida, nada tradicional. Necesito que te quedes con el perro mientras estamos fuera, de luna miel, ya sabes.

—Qué morrazo tienes, Carmela. Pídeselo a tu familia.

—Sabes bien que no me hablan desde que te presenté en el cumpleaños de mi sobrino y le tiraste los tejos a mi cuñada.

—Eso fue cosa del alcohol y del ambiente festivo, ya lo hemos hablado muchas veces.

—Gonzalo, casi te la tiras encima de la mesa; o sea, encima de la tarta de cumpleaños.

—En cualquier caso, eso fue un desliz mío, nada de lo que tú seas responsable salvo en la parte de haberme tenido a dos velas toda la semana previa y llevarme a la fiesta a conocer a tu maravillosa familia más salido que el pico de una mesa.

—Bueno, ya sabes cómo son en casa. Mi madre, tan tradicional, no perdonó que saliera con un borracho miserable como tú.

—¡Vaya por dios! Sabía yo que al final me lo echarías en cara. Bonita forma de pedir un favor. Y seguro que crees que va a funcionar, que estoy dispuesto como siempre a complacerte.— Supe entonces, lo vi clarísimo, que cedería. Siempre cede, ahora lo recuerdo —Tendrás algo con lo que satisfacer mi buena voluntad, claro.

—¿Qué necesitas? ¿Dinero? ¿Cuánto?

—Con mil me apaño. Y quiero follar.

Es entonces cuando ella, con prisas y energía, hace aparecer un talonario del bolso —siempre me pareció destacable su habilidad para mantener ordenados todos los contenidos de su bolso, al contrario que la mayoría de las mujeres. Algo maquinal y frío, ¿no?—. Y luego, tras extender el cheque por la cantidad acordada y después de que yo lo coloque en la mesita del café, como si no tuviera ninguna importancia, como si no me considerase salvado por treinta días —duraría bastante menos pese a reunirse en mi cuenta con mi cochino sueldo—, y esta vez muy despacio, se pone de pie, se levanta la falda dejándome ver el encaje que decora la banda elástica de sus medias, tira hacia abajo de sus bragas, también de encaje negro —no sé cómo se las apaña para no pillar una cistitis tapándose tan poco en días como éste— se pone frente a mí, avanza su rodilla derecha y la coloca al lado de  mi cadera izquierda en el sofá, y lo mismo con la izquierda hasta quedar sobre mí a horcajadas. No me mira en ningún momento. No le agrada la situación pese a lo mucho que le gustó siempre ceder, si no recuerdo mal.

Huelga decir que no necesito más de cinco segundos para desabrochar el botón de mi pantalón y bajar la cremallera pese al poco espacio de maniobra que ella me deja. Sé que otros se habrían entretenido rozando y acariciando. Yo no. Esto es una negociación. Follar por negocios es la mejor forma de joder que se me ocurre. Y a ella me la follo yo, pese a que está sobre mí, porque no le doy ocasión de sentir ningún placer; está pagando por un favor, ¿no?

Cuando acabamos, unos dos minutos después de comenzar, ella se va al baño, a limpiar las pruebas. En algún momento sale del apartamento diciendo sólo: —Te llamaré unos días antes de que nos vayamos para darte el perro. Espero que lo cuides, Gonzalo.

Yo apenas me doy cuenta de que ella ya no está aquí. Disfruto pensando en el mes de diciembre que me voy a pasar con los mil extra que acabo de ganarme y, lo confieso, con la fantasía de que cuando ella haya regresado al bar se haya encontrado con el reportero intrépido sumergiendo la nariz entre las tetas de alguna golfa disfrazada de mujer respetable de las que frecuentan todos los bares de esta ciudad. ¿Miserable? Ya he comenzado diciendo que sería un día ejemplar. Además, veo que al final no se ha tomado el café que tanto le gusta. Por quedar por encima. Cuánto le gusta mandar.

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