Para siempre

Era muy guapa cuando yo la conocí; una de esas mujeres capaces de llamar la atención de todos y todas sin necesidad de artificios, sólo con su belleza natural. Pero era también demasiado tarde. Estaba muy enamorada, obcecada, pensaba yo, de él.

Y como él le contó que era descendiente, no tan lejano, del mismísimo Matusalén, y al parecerle tan listo, tan experimentado, tan vivido, no le cupo la menor duda de que estaba tirándose a un señor de unos noventa años —el nunca desmintió ni confirmó esto— perfectamente conservado gracias a la sana costumbre consistente en la ingesta diaria y matutina de una copita de orujo. Tampoco tomaba carne, cafeína, azúcar o lácteos, ni consideraba civilizado a ningún ser humano que los consumiera.

Pronto ella comenzó a imitarle, ilusionada con una longeva vida en común, y se negó a seguir trasnochando los fines de semana con todos nosotros; después dejó de acudir a fiestas donde pudiera rozarle el humo de cigarrillos. Nunca logró acostumbrarse, sin embargo, al varonil desayuno de su amado, y fue éste el único cambio en su rutina al que se resistió, apoyándose, además, en muchos y variados artículos que encontró en internet después de teclear en el buscador algo así como “envejecimiento prematuro por alcohol” y que él escogió ignorar en vista de los excelentes resultados que le había proporcionado.

Lamentablemente, pese a todas las medidas preventivas, se levantó una mañana para descubrir horrorizada la aparición de una pata de gallo. Todos le dijimos que era diminuta, que era inapreciable a simple vista. Jamás he conocido a una mujer con tal determinación: “Es por todas esas risotadas que me doy cuando nos juntamos todos y por todas esas charlas tan reivindicativas, esas que me obligan a fruncir el entrecejo… Está bien, se acabó. Se acabaron todas esas expresiones. Si no podéis de ahora en adelante hablarme sólo del tiempo, no hablaremos en absoluto”.

A mí no se me da muy bien hablar sólo del tiempo, pero no quería echar de menos a mi amiga, así que comencé a consultarlo todas las mañanas en eltiempo.es y a tomar nota en mi agenda de las evoluciones climáticas a lo largo de toda la semana; aprendí innumerables sustantivos para hacer referencia a fenómenos atmosféricos que me permitieran hablar una hora con ella, sin repetirme demasiado, todos los sábados en la cafetería del centro comercial, antes de comenzar nuestras compras, y durante las que ya no la veía tomar nada que no fuera agua mineral. Me han comentado que alguna noche en que la ausencia en sociedad era inexcusable, se la llegó a ver con una tónica en la mano, pero de esto no puedo hablar ya que nunca fui testigo.

Sea como fuere, se las apañó para llegar a los 68 sin más arruga que aquella primera pata de gallo que tanto la trastornó y que logró disimular la gran mayoría de los días (aquéllos en que no hacía mucho sol) con un poquito de crema hidratante en cuya elaboración no hubieran intervenido los horrores de los laboratorios de experimentación en animales.

En cuanto al cartílago, no tuvieron suerte ninguno de los dos. Desde luego, coincidían en que algo tan intrusivo y agresivo en sus cuerpos como resultaría ser una rinoplastia quedaba fuera de cualquier consideración, pero, además, ¿qué cirujano se prestaría a recortarles la orejas? “Escúchanos, hablando de nosotros mismos como quien habla de lebreles”.

Se resignaron, pues, a la añadidura a sus hermosas anatomías de dos centímetros más cada treinta años y fue así cómo les sobrevino la desgracia ya que, el año en el que alcanzaban los cinco siglos de edad —más o menos, no me obliguéis a la exactitud cuando se comenta la edad de una dama—, un terrible accidente terminó con sus longevos amores: ella le descubrió bebiendo otra copita más de orujo por si acaso, a las seis de la tarde, y, natural y justamente furibunda, se abalanzó sobre él para arrebatarle la botella al tiempo que gritaba, según los vecinos que pudieron escucharla: “¿Descendiente de Matusalén tú? Si no eres más que un borracho embustero. Seguro que no habías hecho ni los treinta cuando te conocí”, justo al mismo tiempo que él se adelantaba buscando una disculpa: “¿Embustero yo? Si no fuera por mí hace ya tiempo que estarías criando malvas, vieja acartonada”, y tropezando el uno con el lóbulo de la oreja de la otra y está cayendo, arrastrando en la caída, pisando sin querer y provocando una hemorragia de dimensiones sólo equiparables a las del Nilo en uno de aquellos ataques de ira del dios de los esclavos de Egipto, en la nariz del anterior.

Ninguno sobrevivió a las magulladuras y, según se contó en la prensa tras el comunicado policial sobre el incidente, la pareja llevaba ya trece lustros tirándose de las orejas y pellizcándose la nariz.

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