Mesura

Complacerle me complacía.

Algunos nacemos abnegados más que sumisos; entregados en cuerpo y alma a la ardua y difícil tarea de hacernos querer por quienes más queremos, tan inadecuados resultamos.

Desistí de procurarme el amor de ella ya durante el primer año pues la taciturnidad de su corazón y la ausencia total de palabras cariñosas, de contacto físico de alguna clase, una mirada, si quiera, de aprobación —de acuerdo, ni la aprobación es necesaria; hubiera condenado mi pobre ánima a la oscuridad por el resto mis días sólo a cambio de que sus ojos mostraran con un pestañeo la diferencia de niveles al tropezar con mi existencia cuando miraba en mi dirección, a cambio de ser visible, de no volver a ser traspasada— me hicieron comprender, como digo, casi desde el principio, que ella nunca solicitó ni solicitaría mi presencia en su vida. El vacío de su amor, sus modales vacuos para con mi persona cuestionaban desde muy alto, tan alto como me parecía que colgaba su melena caoba, tan distinta de mi pelo ralo y escaso, mi derecho a estar allí, ante ella, junto a ella, queriéndola a ella; pretendiendo ser querida por ella.

Entendí desde el comienzo, o desde que ella me lo mostrara sin usar un solo ademán, que yo era Su capricho, el de él. Fue por eso por lo que nunca llegué a darme por vencida en aquel triángulo de las Bermudas en cuyas aguas me ahogaba sin poder esperar socorro. Ser querida por él era, además de lo natural, un parche en el agujero que me había hecho ella; una forma de allanar mi vida, de rellenar los huecos donde anida el frío.

Y por eso, por él, yo lo hubiera hecho todo. Lo hago aún.

Y la tarde en que descubrí que mi felicidad era algún pequeño ser invertebrado que se arrastra despacio por el suelo, entre malezas, escondiéndose para no ser pisado y luego limpiado de una suela contra cualquier piedra, como si se tratara de estiércol, yo pintaba para él.

Nunca estuve segura de cuánto le gustaban mis dibujos o pinturas, probablemente muy poco o nada, pero yo le preguntaba: — ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?— y él contestaba en voz baja: —¿Por qué no pintas un poco? Sí, venga, ponte en aquella mesa y pinta un poco mientras yo hablo con estos señores.

Le dibujé a él, alto y fuerte, olvidando por completo aquella tripa que comenzaba a asomar y que, en unos años, terminó por devorarle tal como él lo devoraba todo; me dibujé a mí misma, feliz de tener mi mano enterrada en la suya. Echaría raíz mi mano, así dentro de la suya, escondida de ella.

Cuando terminé de colorear escribí también en el mismo papel, por encima de las cabezas de nuestros retratos imposibles, te quiero mucho, papá y corrí a mostrárselo; pero me olvidé de dárselo en mano, como haría cualquier niño al pasar por delante del teléfono rojo de tantos botones. Por supuesto que no toqué ninguna de sus teclas; jamás le habría avergonzado de esa manera; bastante tenía él con mostrarse acompañado de la niña desgarbada, mal peinada y peor vestida. Pero olvidé dárselo en mano como otros olvidan decir las cosas a la cara o dar las gracias o pedir por favor. Y dejé la nota caer en otra mesa a la que él estaba sentado con unas chicas muy guapas que me recordaban a ella por el color del pelo larguísimo y por la forma de reírse y de echar el humo por la boca.

Después, cuando todos se fueron, poco antes de que nosotros mismos regresáramos a casa, me llamó él y me sujetó la mano y me dijo:

—Yo también te quiero, hija, pero no hace falta que todos se enteren.

—Vale, papá, perdona— le dije, tan simpática como pude para que me perdonase y planeando ya, soñando, las formas maravillosas en que me haría perdonar, en que le complacería en todo para hacerme perdonar.

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3 pensamientos en “Mesura

  1. Siempre me sorprendes. Todas tus entradas son orgánicas, evolucionan. Hasta que no sobrepasas el meridiano del texto no das casi nunca con la verdad, el lector siempre parte de una interpretación equivocada para luego dar un giro de perspectiva propio de un cinturón negro de judo: muy bestia. Y es que creo que te encanta jugar con la ambigüedad tanto como a un gatete con un ovillo de lana…diría,vaya. 😉

    Bsotes, que entre pitos y flautas hacía cacho que no me dejaba caer!

    • Hola, Circe. La verdad es que echaba de menos ya tus análisis, tus comentarios de texto, jeje, pero ya ves que Vittt me ha hecho compañía en esta inexistencia en el limbo.

      Nota: mi pc se ha recuperado.

      Besos

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