Los oficios de entretiempo

Las cajeras de Día% parecen despertar siempre la misma antipatía. Tal vez justificadamente; quizás sean todas unas antipáticas. En ese caso, yo lo fui una vez; antipática, o cajera de Día%, léase como se prefiera, antes de sacarme el título de peluquera.

Pero antes de que paséis a juzgarme, a juzgar, una vez más, a Mariló, permitidme que os cuente que los uniformes no sólo me vuelven loca, como a cualquier mujer —que lo niegue la más ilusa; que lo niegue Jaute—, sino que, además, me encanta llevarlos.

Cuando niña soñaba con ser una profesional uniformada: quería ser policía o bombero —no sé si debería escribir bombera en favor de la igualdad de sexos y todo eso en lo que yo ya, definitivamente, no creo; en cualquier caso, suena fatal—, pero no daba la talla; piloto de aerolíneas comerciales, pero soy miope. El uniforme verde azulado de los cirujanos me habría hecho feliz… Pero, ya os habréis dado cuenta, no valgo para estudiar.

En algún momento olvidé aquellas fantasías que ahora reconozco superficiales y escogí FP y la peluquería, pero antes de poder acabar, necesité trabajar, de lo que fuera, y terminé en un supermercado Día%, el mismo en el que había hecho la compra en alguna ocasión, o sea, cuando no me había quedado más remedio.

Recuerdo mis escrúpulos tratando de escoger una lata de macedonia de frutas que no estuviera cubierta de polvo, pringada de almíbar o del pegamento que debiera ir entre la lata y la etiqueta —nada de lujos innecesarios que terminan por encarecer el producto como una litografía, o un trapito del polvo—. No era la única cliente que detestaba serlo. Observaba en cada visita a aquel antro de leptospirosis que mujeres que acudían al mercado de abastos con abrigos de piel, llegaban aquí vestidas con el disfraz del proletariado: un chándal que, resultaba obvio, había sido comprado para el nene dos años antes de que el muy ingrato se atreviera a crecer por encima de mamá, papá y, desde luego, por fuera del chándal; las recurridas mallas negras que se mantenían sujetas al pie por un elástico que impedía que la pantorrilla quedara al aire al primer paso —estaban siempre llenas de pelotillas blanquecinas que delataban su origen: el mercadillo de los lunes—; los vaqueros que copiaban los diseños de los más caros y mejor vendidos y con un corte que no sentaba bien a ningún culo, porque, seamos honestos, la principal función de los vaqueros, hoy por hoy, es la de presentar el culo en sociedad con un inmejorable aspecto.

Pero nada podría resultar más rancio que la sonrisa deslucida, si existente, de la cajera de pelo grasiento y mal sujeto en una coleta por una goma más cansada que su propietaria. Siempre en los huesos, siempre con ojeras, siempre con dentadura de desnutrida o nutrida a medias. Podría adivinar su domicilio en la zona más desamparada de la ciudad, su vocabulario más pobre que su cuenta corriente, los amantes frecuentados serían, seguro, los más rápidos.

Me obligaba a pensar que todo esto era a causa de ser cajera de Día%, porque la idea de que se debiera tan sólo a la vida se asemejaba en mi boca a un trozo de ese cordero asado, reseco, sobrante del día anterior, que se me olvida masticar y que, finalmente, he de humedecer con un trago de emergencia para obligarlo a pasar sin atragantarme.

Pero allí fue donde acabé.

Con un uniforme rojo, con la camisa roja y roja la falda.

La falda, además, por algún motivo que no logré averiguar por más que indagué, era, invariablemente, tres tallas, hasta cuatro en los casos más desafortunados, demasiado grande.

La jodida cosa se escurría caderas abajo formando bolsas a la altura del vientre y arrugas a la altura del culo. Lograba en mí, pese a mis favorecedoras curvas, ese aspecto de anoréxica, consumida por la vida, o viviendo una vida consumida ya. Me hacía sentir capaz de solicitar empleo en Zara, bien como maniquí, bien como asistenta que, en cuestión de presencia física vienen a ser la misma cosa —llegué a hacerlo, pero esa historia queda para otro día—. Y un día, tras vestirme, mientras me peinaba lamentándome por no haber tenido tiempo para lavarme pelo, sorprendida por esta desgana repentina, me hice una coleta deprisa y corriendo que dejaba tantos cabellos fuera como dentro de una goma cualquiera, la única que tenía a mano, algo desgastada ya por el uso, y calculando mis posibilidades de romance con el único cliente varón atractivo que visitaba el supermercado de tres al cuarto en el que yo me ganaba el pan y poco más, que poseía ese aire de delincuente de barrio bajo perezoso para el condón.

Todo esto me puso de muy mala hostia. Y, claro, no pude sonreír en todo el día.

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4 pensamientos en “Los oficios de entretiempo

    • Querida Circe: si la vida, y las clientas con su sabiduría de portal en mi peluquería, me ha enseñado algo es que cualquier mujer cuenta con todo lo necesario para cumplir con su destino con sólo poseer dos cosas: una falda que realce sus curvas y un buen corte de pelo.
      Gracias por la visita, chata.

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