Paisaje yermo

—Es que me gusta un chico;

[parece casi turbada por su propia confesión. Porque le guste alguien; porque ese alguien sea un chico… Su cara embadurnada me recuerda las tostadas que he desayunado. Las arrugas que proliferan bajo sus ojos me hacen pensar en pequeñas dunas polvorientas que mece el viento sobre paisajes para los que nadie recuerda el título de desierto, evocador de noches estrelladas, y recurre sólo al adjetivo yermo.

Es que me gusta un chico, me castiga el eco de su explicación. Un chico. Entiendo que no está encaprichada de alguien diez años más joven que ella, aunque todo el mundo, la inmensa humanidad, me parece ahora, es más joven que ella. Sin embargo, ella se refiere a sí misma como “chica”. Fascinante. Hace tiempo que prefiero a hombres y mujeres.

Ayer ella era distinta. No era más guapa ni más joven. Ayer ella no tenía más conciencia que la propia cuando me dijo que no podría saludarme ni recibirme, ni aprender mi nombre porque tenía un mal día. A mí no me importó. No suelen importarme estas cosas… No suele importarme nada. Hablando de desiertos]

es por eso por lo que te pregunto acerca de mi aspecto. No te creas que te lo cuento porque sí. No suelo hablar de estas cosas. Lo cierto es que aquí no puedo hablar con nadie. Y, desde luego, no lo hago. Y a ti te lo cuento porque me caes bien. No sé… Ayer me prestaste un poco de atención.

¿Ayer? No lo recuerdo. No recuerdo su nombre. No suelen importarme estas cosas.

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