El intercambio

Seguro que es porque nunca me habían regalado flores hasta que lo hizo él. Por eso y porque crecí observando la bonita rutina, el intercambio de favores entre mis padres. Sí, seguramente esto segundo; porque me maravillaba ver el escrúpulo del cumplimiento, más allá de desgastes, de esa especie de tradición que mantenían a toda costa: ella revolvía el arroz con los dos huevos fritos para él en aquella pobre versión de arroz a la cubana en la que mi hermano insistía cada vez que mamá pedía consejo, sugerencias, al programar el menú del día; mi padre aplastaba incansable las judías verdes en el plato de mi madre, mezclándolas con las patatas cocidas, el aceite de oliva y el vinagre, hasta lograr una pasta homogénea que habría podido perfectamente salir del bol de una de esas mixers de las que prescindía la generación anterior y que aparecen ahora listadas entre las instrucciones para la elaboración de cualquier receta. A veces pienso que de haber nacido yo sólo cinco años más tarde, tal vez  no sabría batir el huevo para una tortilla con un tenedor.

Fue mucho tiempo después, tras haber meditado ya qué clase de favores secretos o juegos de sobremesa podría yo practicar, ofrecer como señal inequívoca de mi profundo amor a aquél que sería mi amante vitalicio, cuando comprendí finalmente, o quizás pregunté y, tal vez, me contestaron, que esa fidelidad de mantel que se prodigaban el uno al otro, cansinamente, llegó a parecerme, no se debía más que al mutuo reconocimiento de sus respectivas debilidades o, en cualquier caso, de su incapacidad para llevar a cabo determinadas tareas. Sencillamente, él era un manazas sin la habilidad necesaria para revolver un plato de arroz, por profundo que fuera, sin esparcir media ración sobre la mesa; ella, en cambio, se sentía sin ánimos suficientes para insistir una y otra vez con un tenedor sobre unas judías que debieran haber pasado más tiempo sobre el fuego.

Sin embargo, lo intenté. Tantas veces como amé para siempre. Jugué con los relojes y las baterías de cocina; con zapatillas y frases hechas que ellos sólo habrían oído de mi boca. Pero ninguno fue constante en sus reacciones o en el intercambio y pronto olvidé el juego como olvida cualquiera la partida que se juega contra el tablero inerme.

Hasta que le conocí a él y me regaló flores.

Fue el primero en hacerlo, posiblemente por mi culpa. Recuerdo aquel anuncio en televisión: ella elegante, él seductor; cenan a la luz de las velas en un restaurante con lista de espera de varias semanas; alguien se aproxima a su mesa y, de pronto —debe tratarse de un chino— le ofrece al caballero la oportunidad de comprar una rosa roja y fresca para la dama. La dama niega la necesidad de tal ofrenda. El chino insiste; el caballero se muestra voluntarioso. Ella deniega con una sonrisa, mirando el fondo del plato, aunque creo que sólo contempla su propio deleite. El caballero cede y también lo hace el chino, que marcha sin desánimo hacia otra mesa. Entonces la dama abofetea al caballero antes de salir huyendo en el precioso coche de mujer independiente, adicta al trabajo y a su desmesurado salario que no sabe, después de todo, decir sí diciendo no. O no sabe escoger un hombre que entienda su idioma contradictorio.

¿Te gustan las flores?, me preguntaban, y yo decía que no. Y no es que no me gusten, es que nunca quise reclamarlas como no quise nunca reclamar piropos ni poemas de amor ni promesas. Aceptarlas sí, pero jamás solicitar para languidecer durante la espera más larga. Y languidecer también sabiendo que nunca llegarían, aunque no tanto ya que soy alérgica al polen.

A él le hice un bizcocho una de esas tardes aburridas. Nunca he sido una ama de casa de esas que ensayan platos deliciosos, de esas que caldean la casa para cuando él llegue justo antes de que caiga la noche más cerrada del invierno, no de esas que conocen recetas de cócteles y la forma más sugerente de servirlos y, desde luego, nunca he contado con un instinto maternal. Pero me pareció bien preparar aquel postre o merienda o desayuno, lo que él prefiriera, como una forma cualquiera de demostrarle que mi clausura en su vida no era en vano. Y tuvo éxito. Como suele ocurrir, más el gesto que los ingredientes, pero le encantó y dio buena cuenta de él en pocos días, ahorrándome así la ingesta de azúcar nunca me ha resultado tan reconfortante como a otras. Y también debió de sugerirle que había llegado la hora de los intercambios, esa etapa artifiociosa por la que parecen pasar todas las parejas mientras sus sentimientos son secillos e impera la necesidad de complicar el protocolo. Aquel mismo viernes apareció en casa con una docena de rosas que abracé con horror envuelto en placer de la misma forma en que el papel celafán envolvía mi docena de paradojas carmesí que me obligaron a llorar tan pronto las vi, lamentando mi falta de confianza al no atreverme a descubrir su error y mi falta de tacto al considerar desencantarle así, en aquella primera vez entre los dos y para mí sola.

Le di tantas vueltas al problema como al ramo dentro de la casa. Por qué no las compraría de plástico. La solución era tan cruel como obvia: debía deshacerme de ellas pero, ¿cómo? Se me ocurrió mientras él dormía una siesta arropado por las migajas de mi segundo bizcocho, que si se tratara de una persona fingiría un accidente; así que practiqué ante el espejo pero sin separar los labios: amor mío, algo horrible ha ocurrido pero debemos superarlo; las rosas han fallecido hoy tras una sobredosis de aspirina en el agua del jarrón. Claro que, puestos en esto, quizás fuera mejor el caso de la muerte natural.

Otras lloran mientras pelan y pican cebollas. Yo lo hice mientras deshojaba las rosas una a una, pétalo a pétalo. Y así, ya oscurecidos por no estar más en contacto con el tallo vivo, no tuve ningún ningún remordimiento al arrojarlas a la basura.

Me sentí aliviada, y en ningún momento culpable al exagerar mi pena por la pérdida de aquella bonita muestra de afecto. Quizás llegué a exagerar mi ánimo compungido ya que dos días después apareció él asomando su sonrisa tras otro jardín enraizado en celofán.

Tardé tres días esta vez, la mitad, en asesinar las flores y esconder los rastros de mi culpa. Tanta prisa me di que hasta tuve tiempo de prepararle otro bizcocho.

Así continuamos durante años: llorando yo de emoción al recibir mis rosas cada semana y comiendo él con ganas su premio a su amor sincero. Le estoy preparando otro incluso después de haber encontrado, mientras deshojaba las rosas sobre el cubo de la basura, todas las migas del anterior en el fondo de la bolsa.

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