Con Alberto no llegué a follar,

hice el amor. Y ocurre de esta forma incluso para las agnósticas como yo.

Me he pasado toda mi vida adulta discutiendo con aquéllos que presentan el acto sexual con dos variantes: follar y hacer el amor. Tuve un amante que hablaba de una tercera práctica que él denominaba “hacerse una paja vaginal”. Supuestamente, y según sus argumentos, esta acción se da con pago previo, o sea, mediante prostitución. No, yo no lo veo así; y no lo veo así porque, para mí, el acto sexual siempre fue follar con amor y con total carencia de él. Nunca observé nada malo en que dos personas se procuren y disfruten de los placeres carnales sin que haya por medio un sentimiento romántico o de pertenencia o de vaya usted a saber qué sienten aquéllos afortunados que saben amar. Y tampoco veo mal que dos personas enamoradísimas abandonen esa actitud de serio compromiso, de “lo nuestro es para siempre”, y echen un buen polvo.

Pero por más que intenté follarme a Alberto aquella primera noche y todas las que vinieron después, el no me lo consintió y terminó por hacerme el amor, además, sin previo aviso. Nunca me habló de amor sino de afecto o cariño. Supo, de todos modos —estoy segura—, que esos “te quiero” que corretean por la almohada me parecen burbujas de jabón que explotan antes de rozarme si quiera.

Y, sin embargo, me abrazaba. No me sujetaba, me abrazaba. Y me besaba a hurtadillas tal que si esos besos hubieran podido lastimarnos a uno de los dos. Tal vez a ambos. Y de pronto me encotré susurrando su nombre y diciéndole que no hay nada que yo prefiera a estar con él y con él dentro de mí. Lo peor de todo es que fui absolutamente sincera. No, lo peor de todo es que sé que no me hizo el amor, sino que es ésta su forma de follar.

Me pregunto si hay diferencia o se trata sólo de una pequeña perversión de mi imaginación. Seguramente, tú me dirías que sólo depende de la calidad de mis sentimientos por la persona con la que comparto mi cuerpo. No te creas que no lo he pensado ya. Me lo dije: “Mariló, estás enamorada”. Pero recuerdo a aquel amante, el de la “paja vaginal” y su promesa, cierto día, de que esa vez íbamos a hacer el amor. Fue, definitivamente, más romántico, más delicado… Solicitó menos felaciones. Pero no recuerdo nada esencialmente distinto de nuestro acto sexual más frecuente.

Quizás Alberto sea como yo y no capte las sutilezas y yo me encontrase con él sorprendida por esta nueva experiencia después de demasiados amantes poco sensibles. Tal vez, él sólo estaba echando un polvo conmigo y se preguntase después por qué tenía esa sensación de que yo estaba haciendo con él algo más que follar.

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