Previsión

Ella es muy visual, como comenta a menudo, pero sólo si sale a colación pues le causa pudor referirse a ella misma denotando habilidades o actitudes que suelen considerarse virtudes en nuestra sociedad; así que, por ejemplo, si alguien mencionara nemotécnicas, entonces sí, tanto si su interlocutor se congratula por su excelente memoria como si se reprocha tener la de un pez —por cierto, ¿cómo sabemos cuán olvidadizos son los peces? ¿No son los que contienen ese fósforo que produce el efecto contrario en nuestros cerebros?— ella aprovechará la ocasión, sin dudar ni por un segundo, para aclarar que jamás ha necesitado ningún truco mental sino que, al contrario, es capaz de recordar todo lo que ve y, por el mismo motivo, recordando lo visto —tal vez se refiera a una cara— podrá hacer un enlace en su cerebro hasta encontrar el nombre del propietario de la faz. No está segura de si realmente funciona así o si sencillamente debe dar las gracias a los cielos por el dineral que ha ahorrado en agendas a lo largo de su ya no tan corta vida. Claro que, si la expresión de su interlocutor es de lamento, recitará el guión anterior con estupor y sentirá después remordimientos. Y después se llamará tonta a sí misma por haberlos sentido.  Así es ella.

Como digo, muy visual. No sé si está bien dicho… Quiero decir que lo visual es lo que se ve, ¿no? Y quien ve, vidente, ¿verdad?

Pero lo es y por eso utiliza, de entre todos sus sentidos, aquél que le proporciona la mayor cantidad de información en el menor intervalo de tiempo posible.

Le hace bastante gracia la gente que dice que aquello que es percibido por fuera, como la imagen, es superficial. Discrepa. Se aprende mucho de todo observando. De los hombres también. Por eso está dedicándole toda su atención ocular al hombre que parece algo más joven que ella, no en exceso, de lo contrario le causaría pudor sólo el considerar su deseo por él. Sus ojos no le barren, le acarician. Cotejan todos sus ángulos entre sí. A los pocos segundos ya ha analizado su imagen en la misma forma en que lo haría cualquier mortal; entonces ella se dedica al deleite y observa, por ejemplo, el pequeño pliegue de su piel sólo medio centímetro sobre la comisura de su boca, pero sólo al lado izquierdo; el derecho es inmaculado y no existe allí ni si quiera la intención del vello. Le resulta chocante aunque  hace tiempo que no cree en la simetría, pero se pregunta qué hilo ciñe esa parte de su cara y, tras buscarlo por un segundo, llega a la conclusión de que el nudo está atado a su ceja derecha, la cual levanta cada dos sílabas dirigidas a la chica rubia —teñida, por supuesto, salta a la vista— que indica ya con sus hombros que va a salir volando, o arrastrándose si es necesario, lejos de él. Obviamente él no se percata y parece hasta sorprendido cuando ella le da lo que desde su punto de vista no es más que una excusa, posiblemente insincera, para dejarle solo. Sólo para ella.

Nunca ha estado de acuerdo con las personas que dicen que una discoteca es un mal sitio para conocer gente; aquí, donde nadie puede oír apenas nada que no sea la estridente música de moda, ella presume de aprender casi todo de los que le rodean.

El hombre se ha fijado en ella. Eso está bien.

Hace tiempo que sueña con un amante tan buen observador como ella. Alguien que mime su imagen como ella misma cada día, en cada ocasión en la que se sorprende a sí misma contemplándose desde un espejo. No sabe definir su belleza, aunque está claro que la tiene, como todos. Lamentablemente hay que mirar muy bien para descubrirla. Está preparada desde hace tiempo para la decepción por la falta de atención al detalle que parecen mostrar todos y su futuro anonimato como beldad.

Desde luego él no es tímido como ella y, aunque ya se había preparado para un descarado —se lo leyó en la línea de la comisura—, no deja de parecerle precipitado ese primer paso de los quince o dieciséis que él camina ahora hacia ella.

Le parece él a ella, en principio, por esa forma que él tiene de caminar, algo prepotente. Pero decide eliminar esa impresión porque así es como miran los demás. Ella no, ella practica la observación positiva; se concentra en lo que le gusta y siempre encuentra algo bello, digno de admiración. Está indecisa aún sobre qué va a ser ese algo, esa marca de su fijación, cuando él le da alcance.

En principio ninguno dice nada y eso le parece bien.

Entonces él toma aire y le advierte:

—Quiero que sepas, antes de nada, que hablo siete u ocho idiomas y que esto me causa cierta dificultad para seguir una conversación sin inconveniencias. Piensa que cada vez que voy a utilizar un vocablo mi cerebro lo analiza y lo traduce de forma automática a los ocho, o siete, para que yo escoja el que mejor proceda, según la nacionalidad de mi interlocutor, lo cual constituye un proceso, no demasiado lento, pero que roba fluidez a la charla. Y antes de que repares en mis ojeras, palidez y mal aspecto en general, me adelanto y los justifico con la misma causa: hablar me resulta, en cierta medida, agotador.

Es un hombre verbal, sobre todas las cosas, pero ella prefiere no apartarse hasta encontrar ese detalle de que le revestirá de atracción.

—He pasado mucho tiempo fuera— continúa él —y no en presidio, ¿eh? No vayas a creerte nada raro… No, qué va. He estado por ahí haciendo negocios, ya sabes, forrándome. Oye, es una pena que tengo el Bently en el taller si no te llevaría a dar una vuelta, te encantaría. La verdad es que me gustas mucho y yo entiendo un rato de mujeres… He tenido novias guapísimas, muchas de ellas modelos profesionales, pero de lencería y todo, y todas me adoraban pero… Bueno, que a veces las relaciones se tienen que terminar y ya está, ¿no? Y sin embargo, para que veas que soy un caballero, que las he tratado siempre bien, he terminado con todas como amigo. Hombre… Amigo, amigo… Pues sí, mira, alguna vez me he vuelto a enrollar con alguna de ellas, pero qué le puedo hacer yo si me siguen queriendo y soy excesivamente compasivo. ¿Cómo te llamas?— y antes de que ella pueda contestar— ¿A qué te dedicas?

Ella apenas se lo cree: un hombre que sabe escuchar, con un interés en su persona. Está emocionada. Es una faena que la pregunta le ha llegado tan de improviso, cuando ella sorbía su Licor 43 con piña, y ahora tendrá que deshacerse del fluido en su boca con rapidez si no quiere parecer algo lenta de reflejos, así que sus labios sueltan la pajita precipitadamente y ella traga arriesgando atragantarse con alguna gota descendente por el canal equivocado. Con unos pequeños aspavientos le indica que sabe que debe una respuesta y que ésta está en camino.

—Escribo obituarios.

—¿De verdad? Te estás quedando conmigo. Oye, si pasas de mí me lo dices y en paz— dice él, habiendo emprendido ya la marcha hacia la barra del bar y hacia otra teñida que  no interrumpa su buen rollo.

Ella le observa confundida, preguntándose cómo no ha previsto todo esto.

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