El nombre propio

Durante un tiempo hubo en casa un Libro de los Nombres. Creo que lo compró mi madre, y no porque estuviera interesada en conocer el significado del suyo ni de los escogidos para su prole, aunque alguna vez disfrutó haciéndome rabiar, obligándome a proteger mi precoz escepticismo, recitando las inexplicables coincidencias, elevándolas a la categoría de místicas, que ella encontraba entre el significado de nuestros nombres y nuestros caracteres, sino porque era el libro regalo del mes en Círculo de Lectores.

Reconozco que siempre me ha llamado la atención la forma en que escogemos nombres para los que llegan y las tradiciones a las que esto obedece. Orlando, por ejemplo, se llamaba así porque así se llamaba uno de sus dos abuelos y ha comenzado ya a inculcar a sus hijos el deber de bautizar —porque en su casa los niños y niñas son católicos, apostólicos y romanos, todos los que son y todos los que serán— al menos a uno de sus nietos de la misma forma: —Imaginaos, niños: dentro de 1000 años aún habrá un Orlando en esta región—. Supongo que así quedan Eustaquios, Indalecios y Rubercindos por el mundo. O Angustias… Aunque también podría deberse al gusto por el juego y el azar y lo que habría que evitar a toda costa es ponerse de parto en días como el 20 de febrero, el 19 de junio, el 10 de octubre o el 19 de diciembre, para los progenitores más indecisos que dijeron aquello de “pues le ponemos el nombre del santo del día y ya está. Y si no hay nombre de niña, pues el de tu madre, que seguro que le hace ilusión”.

Yo confundí su nombre con un alias. No es tan sorprendente si consideramos que eso era lo que le ofrecía a cambio, el mío, y que es el suyo un nombre con significado, propio. —No sé a qué alias te refieres— me dijo al comentarle yo lo mucho que me gustaba —se trata de mi nombre de pila.

Pero, en realidad, no. Su nombre sí, de pila no.

Mi tío que es mi tío Javier, descubrí un día, se llama en realidad Francisco Javier, porque cuando él nació a los curas no les hacían gracia aún las familiaridades con los santos. Yo misma casi me libré del bautizo porque mi padre se negaba a transigir un “María” delante del nombre que mi madre había soñado ponerme toda la vida.

Y hoy, cuando conozco a niñas con nombres de perras astronautas rusas, o de artistas de Hollywood, cuando entiendo que las parejas prefieren Noah o Elijah a Noé o Elías, le conozco a él también con un nombre que debiera  ir bordado en un estandarte, o en el alma, que es donde mejor lucen algunas ideas.

Se llama Liberto y fue su nombre, como ha ocurrido antes con otros menos justos, el sueño de su abuelo y, después, de su padre, que creyeron que un nombre podía dar sentido al sentido común.

Me fascina su nombre tan antiguo como el hombre, tan viejo como la injusticia. Es el clamor de todos los pueblos juntos. Su eco perdido aún en el recibo de la gasolinera que encontré en el suelo tras pagar con su tarjeta con titular José L. porque, incluso en tiempos modernos, al cura no le dio la gana y el del registro civil no quiso que naciera un hombre que no se debiera a la servidumbre, tal que hombres libres no son santos. Perdido su eco entre los nombres compuestos y originales.

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2 pensamientos en “El nombre propio

  1. Un nombre utópico que reúne en siete letras, y en un alma, a todos los hombres y mujeres honestos. Espero que Marc y Llura también te parezcan nominativos merecedores de ser honrados con un texto tan bello como éste.

    Gracias.

    • Marc: Hombre combativo. Es sociable, seductor y amable. Le gusta disfrutar de la vida. Es muy fiel a sus ideales y es muy difícil hacerlo cambiar de opinión. Es querido por sus amistades y detallista y cariñoso con su pareja.

      Llura: Victoriosa. Es franca, creativa y sentimental. Siempre logra lo que se propone por su gran dedicación y energía. Necesita tener cerca a sus afectos. Es cariñosa y fiel con la persona que ama.

      Esto comienza a parecerse a los horóscopos…
      —El mío va a ser escorpio, o sea, muy intuitivo.
      —¿Sí? Pues el mío Jordi, o sea, muy franco.

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