Sacrificios

Todo salió según se había planeado.

Cuando Roberta entró en la oficina a las 5:45, no se encontró sola como de costumbre, sino rodeada por toda plantilla. Y al decir toda la plantilla me refiero a que la plantilla estaba allí en su totalidad y no a que el número fuera extenso.

Pensó, nada más percibir la presencia de sus siete subalternos, que jamás se consideraron tales más que bajo la indirecta amenaza de despido, que los muy idiotas habían decidido darle una sorpresa por su cumpleaños y comenzaba a preguntarse cómo habrían tenido semejante ocurrencia con una semana de retraso y prometerse no volver a pasmarse ante ninguno de sus numerosos y repetidos errores —que hicieran algo bien y a tiempo sí que sería desconcertante— justo en el momento en que recibió la primera bofetada.

Esta bofetada, la primera, apenas emitió ruido; no sonó como cabe esperar y como suele desear el agresor, como una bolsa de plástico henchida y obligada al vacío violento e inmediato. Sin embargo, tuvo el mismo efecto en Roberta, que dejó caer —sí, caer— todo el aire al suelo a falta de algo más sustancial y con mayor precio, un bolso Gucci, por ejemplo, que denotara su perplejidad de una forma más cómica y que hubiera, quizás, aligerado los ánimos a la vez que sus manos y, tal vez, sólo tal vez, hubiera  desganado al asaltante llegando a evitar la inminente segunda bofetada.

Sé que he dicho asaltante y, en realidad, quería decir asaltantes.

Roberta no vio que Luis fue el primero y, sin duda, de entre todos, merecía aquel honor por haber sido el más martirizado por la mordaz, acusado sin pruebas ni méritos de beber en el trabajo, lograr su despido y mantenerle allí, en el limbo de los sincontrato, cobrando lo justo por encima de los 420 euros de Zapatero; lo justito para que aguantase un poco más. Pero la segunda sí la vio venir: Merche alzó la mano y la dejó caer sobre su cara, así, de arriba a abajo, casi vertical. Merche lloraba. Roberta también. Sin embargo no gritó pidiendo ayuda.

Ellos habían permanecido a oscuras esperándola y ella no había tenido tiempo de encender la luz y, en algún momento, cuando de las bofetadas pasaron a las patadas, y Roberta ya estaba tendida en el suelo, cuando todos, Martín, Lucía, Ricardo, Ignacio y Ginés, en este mismo orden, habían tenido su ocasión de mantener con ella la charla más íntima y menos verbal que cabe esperar, cayó Roberta en la cuenta, porque se apreciaba en mayor detalle desde este nuevo ángulo y con el sol recién amanecido empujándose a través de las ventanas, que las venecianas estaban bastante polvorientas y que le habría encantado tener un día más para hostigar a Ximena, la chica que limpiaba por horas, recordarle que era la mujer del jefe y que se le debía un respeto, que le costaba imaginarse como podía ir por la vida adornada por un nombre tan señorial siendo tan jodidamente guarra que ni la mierda le llamaba la atención.

Y en esas se murió.

Luego, como estaban acostumbrados a trabajar en equipo y al rigor de su vida laboral, decidieron echarlo a suertes y acatar el resultado fuera cual fuese. Aunque todos esperaban que, por su naturaleza más bondadosa y por su más oscuro pasado, Ginés se ofreciera voluntario; y así fue.

Así que le contaron a los agentes del orden, nada más llegar a la oficina, a eso de las ocho, para encontrarse tamaño pastel, cómo Roberta acosaba a Ginés, bastante más joven que ella pero que ya había logrado la fama en su entorno más inmediato gracias a sus dotes reproductoras —la gran virtud del varón parecía residir tanto en los intentos infructuosos como los finalizados con éxito— y que, pensaban ellos, esto había llevado al muchacho a una situación de estrés que, en vista de lo ocurrido, había llegado a un nivel insoportable para él. Una cosa muy frecuente hoy en día con tanta presión en el trabajo. Podría pasarle a cualquiera.

También se aseguraron de que su jefe conociera bien los motivos expuestos a los detectives por parecerles, de tanto repetirlos en ensayos previos, los más verosímiles y, también, por qué ocultarlo, para fastidiarle un poco, que no sea sólo el empleado el que sufre en una empresa.

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9 pensamientos en “Sacrificios

    • Ya, pero es que estamos en esa época de renovación, de alergias, de declaración de la renta en según qué países,… Vamos, que me me ha parecido propicio el sacrificio de sangre.

      Gracias

    • Jajaja… Hola, Circe. Te echaba de menos a ti y a tus comentarios perspicaces.
      Espero que estés definitivamente “on” y que hayas vuelto para quedarte.

      Besos

  1. Iván y Vittt,

    Gracias por vuestros comentarios. No he podido contestar antes porque andaba yo por China donde deben tener algo contra la libertad de expresión o, más probable, la manía esta de escribir en blogs como si una tuviera algo interesante que decir, y me resultaba imposible acceder a Pobre de espíritu (y a Facebook, jeje).

    Pero estaba deseando tener ocasión de réplica ya que sois dos de mis blogueros favoritos.

    Saludos/besos a ambos.

  2. Pingback: La muerte de los malkarmáticos | Pobre de espíritu

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