Cuando te digo China del alma

Don´t be a tourist, be a traveller, decía la camiseta de mi hermano más joven. Se la compró en Springfield, en la primera tienda que encontramos de esta cadena, antes de sospechar si quiera que se trataba de una cadena, en el primer centro comercial que yo pisé y que no consistía en un edificio de cinco o seis plantas de propiedad exclusiva del Corte Inglés o de Galerías Preciados. Conozca el lejano Oriente en el Corte Inglés, decían los carteles.

Yo me sentía identificada con aquella camiseta que mi hermano lucía por puro cool por estar escrita en inglés.

No sé mucho sobre China: los chinos venden en tiendas que abren de sol a sol; las chinas no tienen tetas, pero son más altas que las japonesas, que tampoco tienen. Están en el hemisferio norte, así que van imparables hacia el verano, como yo, pero la región a la que voy, el sureste, queda en zona tropical; por esto he llenado mi maleta con los veinte kilos que mi barato y no negociable billete me permite de ropa de verano. Sólo llevo una chaqueta, por si las moscas, por si el tiempo está también loco al otro lado del globo. Sé que la pasta que colocó la gastronomía italiana en el número uno de los Delicatessen, llegó de China, de la mano de Marco Polo.

Viajo entre Big Boss y Galatea, en turista. Lo normal sería que ellos viajasen en Business, al menos Big Boss, pero le pareció de mal gusto dejarnos a nosotras en el piso inferior, el apretado, mientras el viajaba colmado de placeres y comodidades; le pareció aún peor comprar tres pasajes de primera.

En Frankfurt, nos ha regalado unas bolsitas que contienen antifaces para dormir, calcetines especiales para el vuelo que a mi no dejan de parecerme medias gordas, de las que te cortan la circulación, y unas almohadas hinchables, de las que se enroscan alrededor del cuello.

—Ya está— nos dice sonriente, tras pagar la friolera de 89 euros por los tres —ya os he hecho el upgrade; nada que envidiar a los que vayan en Business.

Rebusco, con cuidado de no hincarles los codos a ninguno de los dos, en la bolsita, pero no encuentro la bomba para hinchar la almohada. El cuello me duele desde el viaje entre Madrid y Frankfurt. Necesito la almohada ya. No hay bomba y, mientras me mareo soplando lo que imagino el último contenido de mis pulmones, mi esencia vital, se diría, recuerdo a la guarra de la Cameron Díaz y la sufrida y noble Kate Winslet en sus respectivas escenas cruzando el atlántico en sentidos opuestos en The Holyday. Me imagino a la gente que va arriba dándose banquetes, agarrando patas de cordero asado con las manos, pringando jarras de cerveza que escurre por sus comisuras mientras atentas azafatas —y azafatos— les alivian los sufrimientos con frecuentes masajes de pies.

En algún momento me quedo dormida, o me desmayo intentando inflar la jodida almohada que, además tiene las costuras, bien afiladas, hacia fuera.

Y, en algún otro momento, me despierto con dolor de cuello, la barbilla incrustada en mi pecho y la sospecha, por lo reseco de mi garganta, de que he estado roncando a todo volumen.

La azafata que me sirve el desayuno, tras el cual he de salir disparada hacia el aseo, se parece a Vanessa Mae. De camino al baño observo que el avión está plagado de jóvenes rubiales equipados con el nuevo iPad. Todos ellos visten vaqueros y camisetas de segunda marca; todos tienen el pelo algo crecido. Hago sin querer una regresión al instituto donde chicos con gafas de carey, Levi’s desgastados y zapatillas Adidas, prometían salir al mundo, tan pronto acabaran la carrera, a trabajar en proyectos de altísimo valor social en países subdesarrollados. Por un momento calibro la posibilidad de adquirir uno de ésos prodigios, de la tecnología, digo, en Hong Kong, Seguro que han de ser más baratos allí, quizás a precio de fábrica, pienso, justo antes de recordar que uno de mis compañeros pagó por un Razor, muy barato, para descubrir, de vuelta en España, que el motivo de que no funcionase era que había adquirido sólo la carcasa.

En el baño, con un inodoro demasiado alto, me doy cuenta de que no podré mantenerme de pie, sin sentarme, y lograr que todo mi agüita amarilla vaya sólo adentro. Limpio el asiento lo mejor que puedo para poder plantar mis posaderas y mear como las personas de mi género. He observado un cartel que ruega no tirar determinados artículos al inodoro. Los artículos en cuestión no aparecen citados por nombre, sino dibujados. No entiendo los dibujos; hay uno que podría tratarse de una compresa 25 x 25, o sea, de las que aseguran que el flujo no corra muslos abajo. Lo miro más detenidamente y ahora me parece que también podría tratarse de un trozo de papel higiénico a quien alguien le haya doblado todos los bordes hacia dentro, por aburrimiento, se diría, como tantas veces se hace con el billete de autobús que nadie sabe dónde guardar y que, al final, permanece en las manos durante todo el trayecto, doblado mil veces, sudado. Tomo nota de no tirar absolutamente nada. La papelera está empotrada en la pared, junto al lavabo, y ya rebosante. Me despisto imaginando como me las voy a arreglar para secarme con un trozo de papel, sujetarlo en la mano, subirme bragas, pantalones, abrochar el cinturón con la única mano que me quedará libre y luego tirar el papel en ese micro espacio atestado, sin rozar la trampilla que seguramente ya han tocado otros y, aún peor, empujarlo hacia dentro para que no salga rebotado por la basura ya apretada en el interior. Estoy distraída calculando distancias, fuerzas vectoriales y conjunciones planetarias cuando por fin echo la última gotita, uso el papelito y lo lanzo al inodoro sin darme cuenta. Lo miro, me planteo rescatarlo. Ni hablar. Acciono la cisterna. Ruge aterradoramente y, de pronto, el desagüe parece engullir todo el contenido, como si estuviéramos en el espacio exterior y alguien hubiese abierto accidentalmente la puerta del Halcón Milenario. Sé que no volveré a sentir urgencia por usar el baño durante lo queda de vuelo: si se accionara la cisterna, por algún automatismo diseñado por el bromista del ingeniero, sufriría la misma muerte que Alien en la primera entrega. Sólo cuando vuelvo a mi asiento imagino mi pipí y el papelito flotando en la troposfera hasta que vuelvo a quedar dormida.

Big Boss me despierta, hemos aterrizado. Y sólo queda otro vuelo, mucho más corto, entre Hong Kong y Xiamen.

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