Comerse a Christian Bale

Mientras me ducho cada mañana hago un repaso mental: el vientre, las articulaciones, la espalda, el cuello, la cabeza,… Todo. Me aseguro de que todo está bien, en su sitio, de que no me duele nada, de que nada presenta un aspecto inflamado, de que no haya infecciones, eccemas, moratones. Si encuentro algo extraño pido cita al médico de forma inmediata y, justo después, llamo a mi jefe y le explico que llegaré un poco tarde. A él no le importa porque sabe que después cumpliré con mis responsabilidades igualmente, cueste lo que cueste.

Y es que el cuerpo es nuestra posesión más valiosa; al menos yo lo considero así.

También practico una dieta muy estricta desde los 17 años. No es la vanidad lo que me obliga, bueno, no sólo la vanidad, sino la tranquilidad que me proporciona saber que me estoy cuidando, que puedo vencer al colestorol, a las grasas saturadas, a las enfermedades cardiovasculares. Por supuesto que no fumo.

Lo sé, sueno como Christian Bale en su mónologo dedicado a su rutina de higiene personal en American Psycho. Bueno, ¿y por qué no? Reconozco que sentí cierta afinidad con su personaje tan dado al orden más estricto, a la limpieza, al instrumental de precisión; ese hombre nunca pondría la casa perdida de serrín durante una sesión de bricolage. Pero, ¿qué digo? Un hombre como él no contraería jamás ni el más leve resfriado.

Aunque lo de la sangre… No sé, la sangre lo salpica todo contagiando enfermedades. Se engañaba el muy ingenuo confiando en chubasqueros y cubiertas de plástico.

No comparto vasos ni cubiertos, con nadie, ni practico intercambios en restaurantes exóticos: si quieres probar lo que hay en mi plato se lo pides al camarero, que para eso está. No me siento en inodoros públicos ni familiares ya que ni mis relaciones más cercanas me infunden confianza tal que me permita relajar mi vigilancia. Cuántos habrán padecido al sentirse obligados a la cordialidad más absurda con los de su misma sangre. Es que la sangre es de lo peor que hay. Nunca practico el sexo durante mi período; ni con preservativo. No lo haría ni con él. No hay hombre cuya pasión, por ardiente que sea, me lleve a perder la cabeza. Aunque soy débil, mi carne es débil y busca el gozo de otros cuerpos, pero sin arriesgar el mío propio.

Lo que más me gusta, y me angustia a partes iguales, es la felación. No puedo describir con palabras el inmenso placer que me proporciona la gran mayoría de las veces. Pues claro que no puedo totalizar cuando he tenido amantes que describieron mi acto como espectacular. Cómo pudo ocurrírsele cuando no fui yo quien dio el espectáculo. Me pareció un adjetivo trillado desde que lo usara Kevin Spacey en American Beauty. Un hombre como aquél, para colmo, dejado, desaseado, con ese cuerpo,  que debiera ser un templo, convertido en fábrica de mantecas, sin el lustre de la salud. Fumando hierba… Espectacular, me dijo, y supe que a él no volvería a hacérselo.

Supongo que hay una porción de la población femenina que nace con este particular gusto pero no fue así para mí. Cuando tenía 19 ó 20 años, mi mejor amiga desapareció durante una fiesta con el chico que me había levantado sólo unas semanas antes. Yo acepté su traición con sumisión. Me reconocí ignorante de las reglas del juego y, por tanto, incapaz de reclamar, de lanzar acusaciones, de exigir una satisfacción; aunque la obtuve. Le pregunté al día siguiente, mientras caminábamos hacia la Facultad, qué había sido de ella y el muchacho, dónde se habían metido. No guardó nada para sí y terminó por confesar que en uno de los cuartos de la casa donde nos habíamos reunido todos, donde los bolsos y los abrigos se habían amontonado al mismo ritmo que los asistentes ocupaban salón, cocina y pasillo, le había practicado una paja con la boca. Lo dijo así: … Y al final, como insistía tanto, le practiqué una paja con la boca.

Me los imaginé cien veces, a él suplicando esa súplica opresiva habitual sobre la nuca de ella y a ella prácticándole una felación de nombre torpe, ingenuo, accesorio, como sus labios.

Vi a Colin Farrell confesar durante una entrevista inesperada por parte de una reportera a la caza de celebridades que la chica que le acompañaba y él se conocían de una aventura casual y que el motivo por el que podíamos verle con ella asistiendo al festival de turno era que la chica hacía unas mamadas de miedo y por este motivo se había decidido a considerarla recurrente. Qué rata que es el Farrell, dijo cualquier poseedor de opinión televisable. Yo apenas reparé en la calidad ética de Colin; mi atención estaba totalmente entregada a su aspecto sucio. Qué barbaridad, pensé, ¿cómo ha podido convencerla de que se la chupe? Y sólo después reparé en el aspecto de ella, sucio también, con maquillaje excesivo sobre maquillaje antiguo, perfectamentemente identificable en las manchas de rímel bajo los ojos. Me la imaginé absorbiendo encantada la mugre entre sus piernas. Eso sí que es espectacular. Y lamentable.

Pero ya lo dice el refrán: dime con quién andas…

Por ejemplo, al novio de Núria no le pondría yo la mano encima. El otro día entré al baño tras ella. Tuve que esperar a que terminara ya que sólo contamos con un cubículo. No me importó: estuve colocándome el pelo, algo preocupada, la verdad, porque parece que se me cae un poquito más de lo que es habitual; comprobando que mis párpados inferiores poseen un tono saludable pese a la horrible luz fluorescente; mis encías también estaban sanas. Al salir ella me metí yo y de inmediato hubiera deseado haber podido esperar un poco más fuera de no haber resultado demasiado obvio, y es que no deseo ofender a nadie. Pero el cubículo olía excesivamente a flujo vaginal. Fue entonces cuando reparé en que su pelo presenta simpre ese matiz oleoso que tanto me disgusta y que suele ser indicativo de una higiene pobre.

No es la primera que conozco así. Cuando practicaba el sexo con Gregorio y me confesó que me había sido infiel con Alicia, otra de mis amigas, no me importó la infidelidad ya que, a pesar de tener más experiencia sigo sin saber cómo reclamar a mis deudores, pero no pude evitar sentirme asqueada. Ella, tan enfermiza, tan llena de acné; me resultaba velluda en exceso. Y sus cuerpos habían estado en contacto…. Por eso le dejé, aunque con él me fingí sólo incapaz de relacionarme a causa de los celos que, estaba segura, sufriría a causa de su deslealtad. A ella tampoco volví a dirigirle la palabra. Por orgullo.

Los de Luisa, María, Ana, Viky y Raquel, sin embargo, parecen hombres que pasan al menos una vez al día por la ducha. Y ellas, quizás más importante aún, también. Con ellos quedo a menudo, aprovechando que los ciclos de las chicas no coinciden con el mío, aunque no importaría que así fuera porque, para la penetración, suelo conformarme con el uso del preservativo y que no huela a sudor, que no se den síntomas como los estornudos muy reitarados, tos, con saber que no fuma, en general, con un aspecto global de persona sana; y, como digo, para esto, tengo ya entre quienes elegir; no les necesito a ellos.

Para la felación, sin embargo… No me gusta el sabor del latex impregnado de lubricantes y espermicidas. Prefiero el sabor de la carne. Por esto me veo obligada a tomar tantas precauciones. Dime con quién andas… Llegué hace tiempo a la conclusión de que si mis amigas tenían buena salud, sus chicos no transmitirían enfermedades. Quizás alguna de ellas, si supiera que por fin he aprendido las reglas del juego, de verdad, considere que merezco contraer la sífilis. Es posible que lo merezca, pero va contra mi naturaleza.

Me encanta comérsela a los novios de mis amigas. Ninguno de ellos usa palabras como espectacular. Saben salados, como imagino que debe saber la sangre, aunque con frecuencia la he oído descrita como dulce, metálica. Son limpios, disciplinados en la eliminación de fluidos, de pruebas. Creo que están muy enamorados de sus chicas. Son higiénicos en todos los sentidos. Aunque sigo prefiriendo a Christian Bale.

 

 

 

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6 pensamientos en “Comerse a Christian Bale

  1. Me alucina tu capacidad de ahondar en las mentes ajenas hasta estos límites. Perracas así fijo que hay por el mundo, pero a mí ni se me habría ocurrido, porque mira que hay que ser retorcida ( y enferma): si mi amiga está sana él también, venga, pues festival ( qué fáciles ellos, hachedepés!, que fijo que también los hay). Gente hay pa tó, pero hasta que tú no me los desenmascaras yo ni me cuesco. Brutal, casi pintas el aire como Velazquez.

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