De olores y formas

Yo me dejé caer.

Hay gente por ahí que va desmayándose, desvaneciéndose, perdiendo el sentido. Yo, sin embargo, me dejé caer porque estaba ya harta de adivinar las líneas verticales con las palmas de las manos arrastradas sobre paredes —¿quién sería el desconsiderado que se atrevió a inventar y extender el gotelé por todo el mundo?—, de caminar en zig zag con la misma esperanza en la física que mantiene a la peonza sobre su estrecho vértice.

Estaba harta y, aunque supe que podría haber resistido algo más, para siempre, con mi bípeda dignidad intacta, dejé que mi mano escogiera cualquier cosilla, una hoja de papel de secar las manos que colgaba de su dispensador, por ejemplo, que cedió al primer indicio de tirón, casi a la intención más que al acto, dejándome en el aire, con la palabra en la boca —no recuerdo bien con quién hablaba o de qué en los lavabos— y aquella seguridad de que por fin caía, por fin iba a tomar tierra.

La horizontalidad también me la dieron mis manos, que resistieron todo mi peso, la derecha unos kilos más que la izquierda por lo que, desde entonces, conté con un bulto en el lado interior de su muñeca; algo parecido a un espolón que me ayudó, en los años venideros, a distinguirlas y ofrecer direcciones a viandantes desorientados con mayor seguridad.

Cayó todo por su propio peso y me encontré admitiendo, allí mismo, en el suelo de los aseos de la primera planta —no te muevas, ¿eh?— a la directora de recursos humanos que sí, que llevaba una semana sufriendo vértigos, que sí, que desayunaba bien pese a que debería estar haciendo algo de régimen, que no, no había acudido al médico aún ni tenía programada una visita en las próximas horas, que no había hecho nada por lograr una de esas codiciadas bajas. Que no creía que pudiera estar embarazada.

Así fue como acabé, menos de una hora después con una compañera, esperando en la sala de urgencias del hospital más cercano, contestando de mala gana más preguntas, de otra índole:

—¿Comes pasta? Me encanta la pasta.

—No tengo tiempo para cocinar.

—El otro día compré macarrones y un bote de salsa boloñesa. Buenísimo que salió todo. Me encanta cocinar.

—¿Cocinas siempre así?

—Sí. Me chifla cocinar. ¿A ti no?

Poco después me encontraba tumbada en una camilla, con cables pegados a mi cuerpo, respondiendo más preguntas a una enfermera con expresión poco interesada. Entonces entró él, con su traje de faena azul claro que me hizo desear correr a casa y tragarme las tres temporadas recién descargadas de Anatomía de Gray.

Me comunicó que el electrocardiograma no había detectado ninguna anormalidad.

Tenía el pelo completamente cano pero ni una sola arruga en su cara. Parecía poco original: golf, velero, Mac, Massimo Dutti, Jaguar y, quizás, una MontBlanc en su escritorio.

Pero comenzó a hablarme en mi idioma: hablaba de mi circulación. No decía sirculashón como habría dicho Shakira, sino circulación. Me dijo que había pasado mucho tiempo en Madrid; en ningún momento mencionó Mioca o Ibisa. No me habló de las payelas que se había metido entre pecho y espalda. Me desmontó todas las teorías al tiempo que me pedía que me quitase los zapatos.

Los zapatos que yo llevaba eran, en realidad, unas sandalias, mitad lona y mitad goma, parecidas a las playeras de toda la vida, que me resultaron muy cómodas desde que las compré hasta que comenzaron a acartonarse un año después. Por aquel entonces no contaban más de dos meses. Pero la tarde anterior había caído un chaparrón inesperado y se habían empapado. En cuanto saqué los pies de ellas el cubículo en el que me encontraba quedó intensamente perfumado por una mezcla de olor a pies y balleta sucia. Si lo olía yo, fumadora de olfato atrofiado, dueña y señora de los olores de mi cuerpo, no me cupo la menor duda, él debía percibirlo hasta el desaconsejado punto de saturación.

Era un profesional. No dijo nada y me ayudó a quitarme los calcetines para descubrir mis juanetes, mis uñas quizás no todo los cortas que debieran y, al movilizar mi dedo gordo mientras yo mantenía los ojos cerrados e intentaba contestar correctamente si me lo movía hacia arriba o hacia abajo, hacia la izquiera o la derecha, esa mata de pelos que crece sobre su nudillo que siempre me ha hecho pensar en cerdos.

Cuando me hizo cosquillas y di un respingo observé que llevaba la chaquetita negra de punto acrílico, de esas que huelen a sudor tan pronto como alcanzan la temperatura del cuerpo. Pero creo que ya estaba enamorada.

Seguimos hablando un poco más, de España y de mi estado de salud, e imaginé que alargaba la conversación por puro placer. Observé su facilidad para sonreír, el azul de sus ojos, sorprendida en realidad porque no suelen los colores llamar así mi atención, su dentadura perfecta y su blancura mientras la comparaba, sin querer, con alguna de mis muy visibles caries.

Me pareció, cuando me pidió que me pusiera en pié y cerrara los ojos, y cuando, naturalmente, perdí el equilibrio y el tuvo que sostenerme, que le resultaba agradable  la presión de mi tripa contra sus perfectos abdominales. En ningún momento me fijé en sus dedos ni el número de anillos, lo cual decepcionó a mi compañera de piso cuando le relaté todo el encuentro.

—Qué horror no haber sabido lo que ocurriría hoy, haber sido capaz de prevenir y cargarme de desodorantes.

—Oh, no te preocupes, yo creo que le gustas. Vamos, está clarísimo.

—¿Tú crees?

—Sí. Sí, sí, sí, sí,… No me cabe la menor duda. Y tiene tu dirección. Prepárate que cualquier día aparece por aquí.

—Pero, ¿y lo de los pies?

—Huy, chica, si a los médicos les encantan los olores corporales.

—Ah, ¿sí?

—Sí, ya lo creo. Sí, sí, sí, sí,…

Y le esperé. Mientras le esperaba me vi todos los capítulos de Anatomía de Grey y House. Después leí El Perfume. Luego comencé a ver cualquier programa relacionado con la salud en los que interviniesen médicos de verdad. Así seguí, completamente obsesionada. Hasta que un día me dio el alto un policía en carretera para ponerme una multa pero acabó por perdonarme. Como mi compañera lo consideró una señal inequívoca de flechazo, llegué a aficionarme bastante a CSI, The Bill, El Mentalista y muchas más ya que parece que la series policiacas proliferan más que las médicas.

Anuncios

Un pensamiento en “De olores y formas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s