La caidita de Frodo

Sí, en casa también nos descojonamos cada vez que vemos este cachito de ESDLA III, El retorno del rey, por lo que nos cuesta llegar al merecido final —después de once horas y media frente a la tele, con el sacro ya herniado, uno puede llegar a merecerlo todo— sin risitas, cachondeitos y comentarios jactanciosos varios impidiendo la perfecta visualización del machote de Aragorn descabezando orcos y otros seres infectos. Pero, pongámonos serios ahora: a Frodo se le ve el plumero; es gay.

—Oh, pero eso no es un defecto ni algo gracioso sobre lo que escribir en un blog— me dirán. Ya, tienen razón, es que no me han dejado terminar. Además es eneatipo 4.

Frodo no es ese hobbit encantador capaz del sacrificio por toda la Comarca, por toda la Tierra Media, inculcado de los valores del bien y el deseo de erradicar el mal para siempre. Frodo es, muy al contrario, un egoísta con complejo de inferioridad (le van los elfos y es muy bajito además de velludo en exceso) que pasa por carros y carretas con tal de ser el centro de atención.

Hasta aquí, incluso habiendo desenmascarado al granuja, no tendría reproches que hacerle; si el hobbit quiere hacer de su capa un sayo… Pero, francamente, que el tío se llene de gloria, que le den la jubilación adelantada, un viaje con todos los gastos pagados en el crucero del amor de los elfos, cuando quien suda la gota gorda es el cándido de Samsagaz, no me parece justo.

Frodo se presenta como un ser amable y sociable, con tiempo y consejo para todos, pero muy pronto comienza a descubrirse su fraude con sus desesperados intentos de llamar la atención —que si a mí me sacaron de mi entorno familiar muy temprano debido a mis grandes dotes intelectuales y he crecido, es un decir, sin el amor de una madre; que si mi tío es un excéntrico elfista y me deja solo durante largos períodos; que si soy el favorito de Gandalf por mi sensibilidad superior; etcetera— y esto, sumado el hecho de que se le hace portador de un anillo que, por lo visto, te produce jaquecas, invisibilidad y otros malestares, se convierte en la excusa perfecta para la tiranía de Frodo.

Que nadie se lleve a engaño: el anillo no tiene efectos secundarios; Frodo ya estaba hecho un borde de mucho cuidado sin ningún miramiento hacia los demás desde mucho antes. Pero sí que le permite el chantaje emocional como demuestra en la Cima de los Vientos, al descubrir que los otros hobbits han organizado una cenorra sin consultarle, amenazando: “pues me pongo el anillo” pese a las súplicas de sus amiguitos: “no, señor Frodo, no se automutile usted”. Pero a Frodo, con tal de demostrar que habla en serio, le dan igual las consecuencias. Este acto tan simple, esta rabieta, es lo que conduce al fatídico apuñalamiento por parte de uno de los Nazgul —a partir de aquí el personajillo se pasaría el resto de la trilogía asegurando que le había herido el más peligroso de todos y contándole su desgracia a cualquiera que quisiera escuchar: —No soy un borde, ¿sabes? Es que me atacó un Nazgul, el más poderoso. Me van a llevar los elfos de viaje, a una residencia, es que me hirieron fatídicamente, pero tú no puedes ir porque a ti no te ha pasado nada tan traumático.— razonaría a menudo a Samsagaz —Además, no tuve una infancia muy sana; ya sabes lo excéntrico que es mi tío, que me sacó de mi casa para nada—.

Como buen chaquetero que es, no duda ni por un momento en hacer buenas migas con Gollum, mucho más servil, más fácil de impresionar, dejando de lado al leal compañero que ha sido Samsagaz, que a partir de ahora tendrá que soportar la asociación con un anoréxico y un bulímico y las burlas de ambos durante las pausas para una adecuada alimentación. Mucho peor, durante las horas de descanso, Sam encontraría muy difícil conciliar el sueño con la charla constante entre los nuevos amigos:

—¿Qué te ha pasado?

—Tuve un anillo y me volví desagradable y calvo.

—Huy, qué casualidad, yo también tengo una anillo de esos que te ponen melancólico.

—Ahí va, ¿sí?

—Sí… Pero, bueno, lo mío es mucho peor, ¿eh?, ¿sabes la Cima de los Vientos?

—Sí, sí, claro.

—Pues estaba yo allí tan ricamente, con Sam y unos colegas, y nos atacaron, pero sólo a mí, ¿eh?, que a éstos no les hicieron nada, y me clavaron una daga.

—Hostias, qué mal rollo, ¿no?

—Sí, fíjate… Se conoce que tengo un aura como más brillante y atraigo a todo tipo de cabrones que me destrozan la vida. Pero yo les perdono, ¿eh?, que soy muy bueno.

—Ay, ¿vale que somos muy buenos amigos y que tú eres mi amo? Es que nunca he conocido a nadie tan buena gente como tú.

—Ay, pues sí, porque el Sam este está engordando…

—Huy, ya te digo, encuanti que lo he visto me he pensado que ya podía hacer algo de régimen.

—Y además no se deja sodomizar.

—Pobre, pobre amito.

Pero el carácter retorcido y manipulador de Frodo alcanza sus cotas más altas cuando, gracias al inconmensurable apoyo de su amigo logran llegar al Monte del Destino. Sencillamente, Frodo, previendo el final de su reinado por imposición, es víctima de otra de sus innumerables rabietas y comienza a amenzar a Peter Jackson: “Que me pongo delante del ojo, ¿eh? ¿Que no me crees? Pues vas a ver” para tirarse en el último segundo, cagadito de miedo, como debe ser y lamentándose después: “Es que mira lo que me has hecho hacer. Me duele el codo. ¿Quién tiene mercromina? Pues sin mercromina no sigo, Peter.”

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