1984/2010

Los primeros meses tras rejas fueron los peores de mi vida. Cada noche miraba fijamente la oscuridad, esperando las pesadillas, esperando oír esos horribles gritos una y otra vez. Incluso tras estos gruesos muros penitenciarios, no había dónde esconderse de lo que le había hecho a aquella pobre familia.

Entonces, una noche, ocurrió: estaba tumbado solo en mi celda, mi única compañía las visiones de maldad que llenaban mi cabeza. De pronto, hubo una luz, y de alguna forma la luz me habló. Era la voz de Jesucristo. me contó que había muerto por los pecados de la humanidad y que todos podíamos encontrar la paz a través de su Salvación. ¿Estaba preparado para el arrepentimiento?

Uh, deja que lo piense un segundo. ¡Sí!

Fue un golpe de suerte increíble. Creí que mi vida agonizaría aquí, pensando en aquella noche en la que entré en una casa escogida al azar y torturé de forma metódica a sus cinco residentes, pero Jesús decía: “No, tú eres bueno”. Él tomó todos aquellos años en los que yo esperaba revolcarme en mi asfixiante culpabilidad por haber obligado a una madre a elegir el orden en el que yo estrangularía a sus hijos y los borraría del mapa en un santiamén.

Lo que resulta irónico porque la familia que asesiné estuvo rezando a Jesús como loca todo ese tiempo.

Si no fuera por el Salvador, aún viviría con una conciencia terriblemente atormentada, como un bobalicón. Solía pensar que, tal vez, sólo tal vez, podría aliviar algo del dolor implacable después de una vida de buen trabajo y contrición. Pero una vez que la Gracia del Señor me hubo lavado—y aquello llevó, ¿cuánto?, ¿15 minutos, puede, como mucho?—Sabía que estaba libre de pecado.

Bing, bang, bum. Salvación.

Quiero decir que es una lástima que nunca vaya a volver a aquellos días que despilfarraba en culpa insufrible, pero Jesús me sacó de aquello para siempre, así que no me voy a quejar. No tiene sentido vivir en el pasado. El hombre que terminó brutalmente con cinco vidas inocentes y se preparó después un vaso de leche con chocolate es una persona totalmente distinta. Ahora sigo al Señor.

Y, tío, ¡es genial! Todos los kilos que perdí por remordimiento volvieron en seguida con mi renovado apetito, y duermo mejor que nunca. Claro que, de vez en cuando, mis sueños se interrumpen con la imagen de aquel niño de seis años con el cuello roto que me señala, pero para eso conservo el viejo 1 Juan 1:9 pegado al techo: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” Bastante directo, ¿no? Y no es como si el niño no estuviera en el cielo ahora mismo, envuelto en la luz de su amor y todo.

Dios se cuida de ambos.

Ahora conozco el poder del perdón, Porque me fue entregado en mano por la máxima autoridad del Universo. Estaría bien que los familiares y amigos de los Robinson me perdonasen también, pero, ¿sabéis qué? Eso queda entre ellos y el Señor. Todo lo que yo puedo hacer es perdonarles por juzgarme. Si sus corazones se endurecen y se alejan de Su Amor—en fin, de verdad, todo lo que me sale es compadecerles.

Es una pena que no todos podamos dejar aquella horrible noche atrás, con sus balbuceos sofocados, las súplicas desesperadas de piedad, y los asesinatos sangrientos y sin sentido. Pero, afortunadamente, yo lo he hecho.

Jesús me ha guiado a una nueva senda. No sé que habrá más adelante exactamente, pero ahora que ya no estoy tan triste todo el maldito rato, He pensado que podría aprender algún idioma. Me inclino hacia el japonés, incluso después de oír que es muy difícil. La gramática parece que es bastante triquiñuela, y luego están todos esos caracteres tan raros que también se tienen que aprender.

Por supuesto, las leyes del hombre me mantendrán físicamente tras las rejas para el resto de mi vida. Pero mi alma ha sido liberada por el Señor y el sacrificio de Su único hijo. A pesar de todos mis pecados terrenales, Él me ha redimido. Siempre lo hace.

Si lo hubiera sabido antes, hubiera matado muchos más.*

—Y, bien, ¿qué es esto? ¿Qué he leido?

—Señor, se trata de una carta que el preso 317.852.327 ha solicitado que se haga pública.

—Estupendo… Perfecto. Veo que el programa de rehabilitación está funcionando… Publiquen la carta… No, un momento, eliminen la última línea, y preparen su ejecución de inmediato.

—Pero, Señor, el preso 317.852.327 no está programado para ejecución, sólo recinamiento.

—Diablos, ¿quién es el incompetente responsable de este error?

—El juez Solomon, Señor.

—Quiero que se le destituya. Resulta tan errático a la hora de seleccionar las penas para los presos que comienzo a sospechar subversión.

—Sí, Señor.

—Y, en cuanto a la ejecución del preso, ya conoce el sistema: depresión y sugerencia de suicidio. Procure que el proceso no se extienda más allá del sábado. Ya sabe que nada me molesta más que trabajar los domingos.

—Sí, señor.

—Y, hablando del domingo, ¿que se ha dispuesto para la Oración?

—Hemos pensado utilizar el mismo caso, Señor. Verá, creemos que se puede repartir por distritos: a los más deprimidos económicamente les mostramos a la parentela y amigos de los Robinson haciendo declaraciones contra el preso pues su incapacidad para el perdón suele alterar más a estos sectores. A los patricios, con Su Magnánimo permiso, se les debería permitir ver un montaje del preso viviendo ahora sin culpabilidad, tomando unas clases de japonés y, lo más importante, con una voz en off que lea su misiva, incluyendo la última línea.

—Excelente. Ponga a todo el equipo a trabajar en ello, John. No tienen demasiado tiempo, no cuentan con toda la Eternidad.

—Sí, Señor.

*Traducción de una servidora de un texto encontrado, como muestra el enlace al mismo,en The Onion, y que ha inspirado este relato.

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