IB3500

Me despierta el piloto anunciando que sobrevolamos Lourdes. No consigo entender todas las palabras por lo que no termino de captar el motivo último de su aviso. Este avión va hasta Frankfurt. Sin escala en Lourdes. ¿Habrá entre nosotros quien busque un milagro? ¿Saltará alguien?

Por fin logro abrir los ojos. Lo primero que ven es la raja del culo de la chica que se sienta en 10C. Tomo nota, horrorizada, de que no debo inclinarme hacia delante sin tirar antes de la espalda de mi camiseta; deseo ahorrarle el disgusto de la visión a la rolliza del 12C. Más adelante, en el reposabrazos del asiento que da al pasillo en la fila 8, descansa el bracito infantil y tatuado. Le he visto antes durmiendo, cuando subí al avión, angelito, hecho una bolita en el asiento. Yo también he intentado hacerme una bolita, pero ya no sé ser bicho-bola. Aún así soy feliz porque mis rodillas no golpean el respaldo del asiento delantero bajo el cual guardo mi bolso que logro alcanzar y volver a dejar con menor dificultad que la mayoría de pasajeros.

Las azafatas sirven bebidas y bocadillos. No son gratuitos; esos miramientos terminaron para siempre. No tienen cambio. No, no pueden aceptar mi tarjeta porque es de débito y no de crédito. Considero usar la otra, la buena. Paso; no quiero pagar intereses por un bocadillo que lleva una semana rondando almacenes refrigerados, una botella de agua y un café con mayor contenido en agua que la propia botella. ¿Me permitirán pagar después, una vez los otros viajeros, al pagar sus consumiciones, les hayan provisto de cambio? No, pero pueden tomar mi billete ahora y darme las vueltas más tarde.

Les observo acompañando el carrito de las frugalidades. No entiendo por qué ahora Iberia tiene azafatas pasadas de peso, poco agraciadas —eso sí, todas muy altas y maquilladas— y les obliga a llevar uniformes que parecen, en la mayoría de los casos, de talla incorrecta. Mientras tanto, los auxiliares de vuelo lucen todos un inmejorable aspecto, prietos dentro de camisas cuyas mangas parecen a punto de reventar a la mínima flexión de bíceps, cuyos botones podrían saltarme un ojo si estuviera yo admirando sus tórax  a la vez que respiran hondo. Naturalmente que es imposible. Nunca les miro una vez que han abierto la boca y me hacen saber que, de todos modos, perdería el tiempo.

Uno de ellos, sin embargo, lisonjea a las mujeres al otro lado del pasillo: Qué guapas y qué rubias las tres. Ellas le agradecen ambos cumplidos y él se marcha seguro de haber proporcionado un buen servicio. Caigo en la cuenta ahora de que llevo un buen rato sin verle, y sin oírle. Quizás, al sobrevolar Lourdes, se ha decidido.

Los asientos adyacentes al mío están ocupados por un matrimonio de unos 60 años. No dejan de discutir. Ella lo sabe todo y él apenas nada. Él quiere mear y se lo dice a ella pero no se atreve a pedirme a mí que le permita acceder al pasillo para poder desahogarse. No le doy facilidades.

Si, dijéramos, por poner un caso, que el vuelo IB3500 llegara a estrellarse en una isla desierta, ¿cuántos de nosotros sobreviviríamos? Me imagino: busco una radio y por fin encuentro un walkie-talkie: “Hola, ¿me oyen? Soy una superviviente del vuelo IB3500” ¿Cuánto tardarían Los Otros en darnos caña y muerte?

Vuelvo a mirar hacia el 8C. Acabo de descubrir el método del niño-bicho-bola-angelito para dormir a cuerpo de rey; tiene un oso de peluche al que victimiza: lo usa de almohada.

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