Vanidad inversamente proporcional al sentido del decoro

Lo que más me molestaba de Sonia durante el tiempo que duró nuestra amistad era el exhibicionismo de su femineidad. Me sacaba de quicio. Especialmente su costumbre de descalzarse en cualquier lugar, alardeando de sus pies pequeños, secos, asépticos.

A mí me huelen los pies desde que nací. No es que tiren para atrás; ha sido siempre un tufillo como a quesito en porciones, o Mini Babybel en los días de más ajetreo —menos durante aquella temporada en que me dio por las Converse; pero esas, ya se sabe, hacen cantar al pie más tímido—. Podríais pensar que se trata de envidia, simple y llanamente, y os equivocaríais.

Qué va. Me fastidiaba que ella diera por hecho, como demostraba al despertarme haciéndome cosquillas con sus pezuñas los sábados desde su cama —yo había dormido en la de invitados, la que suele quedar un palmo y medio por encima del suelo— que los pies de una dama son lo mejor que le pueden pasear a uno por la cara a primera hora de la resaca del día después. Y en este caso a una, a mí.

Además, es una piscis de manual. Sí, si yo tampoco creo en eso de los horóscopos y, sin embargo, me atrevo a decir que todas las piscis son iguales. Y lo digo desde la experiencia pues he conocido a muchas y bien, comenzando por mi abuela materna, quien comentaba de vez en cuando, a la mínima provocación en realidad, cómo te gustaría parecerte a mí. No, nana —protestaba yo— estoy contenta, satisfecha conmigo misma. ¡Huy que no, hija! No digas mentiras, anda… Y mi tía —sí, dos especímenes bajo el mismo techo, madre e hija— y su teoría de la afluencia de bichitos a sus ojos: Claro, si es que es normal… A ver, con los ojazos tan enormes que tengo ha de entrarme en ellos de todo, por fuerza.

Mi madre no. No es piscis, quiero decir, y además que no me avergüenza. Tiene también los ojos grandes aunque algo tristes, pero no me sorprende tanto cuando considero que creció entre estas dos mujeres que se referían a ella con cierta penita y el apelativo de “feíca”. ¡Ay, hija! ¡Ojalá hubieras sacado mis pestañas!, solía decirle a mi madre mientras intentaba rizarse las suyas con el filo de un cuchillo. En efecto, mi abuela murió sin pestañas y, mientras pudo conservarlas, sus pestañas estuvieron siempre tiesas y blancas del susto de verse el cuchillo ahí todas las mañanas, de repeladas que las tenía.

Sonia no usaba cuchillo sino Rimmel para acicalarse las pestañas, que sí que tenía muy largas y bastante densas, enmarcando unos ojos grandes aunque hundidos que le conferían un aire trágico, a lo Greta, de un suave castaño cuyo ínfimo reflejo aceitunado se empeñaba en resaltar a costa de pintarse los párpados de morado hasta parecer la víctima de algún loco. ¿Cómo que no ves el verde? A ver, acércate más… Yo acercaba mis ojos a los suyos hasta que nuestras pestañas se enredaban y no veía el mágico verde que a mí me faltaba y que ella, al parecer, poseía. Entonces, molesta, me explicaba cómo, al acercarme, había imposibilitado la iluminación necesaria en su iris para poder apreciar el auténtico color de sus ojos que, como solía concluir, ser, eran, aunque no se notara.

Pese a estas pequeñas rebeldías, torturas que le infligía de tiempo en tiempo, me decidí casi desde el principio a concederle su soñado color porque, pensaba yo, debía sufrir la pobre con aquel hueco enorme entre sus incisivos superiores. Tal era la escisión que se daban apuestas entre los muchachos de la oficina acerca de la posibilidad de que cupiese entre ambos  dientes una moneda de un euro, por supuesto, de canto. Y caigo ahora en la cuenta de que era por esto mismo por lo que la apodaban tragaperras, y no por su buen tino escogiendo y explotando amantes, como ella siempre argumentó (con regocijo, me temo).

 

Nota: no se ofendan la piscis que aquí lean, que no hay mala intención sino mucha incredulidad.
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