Un destrozo

—Nunca he apostado ninguna parte de mi cuerpo, y tampoco he dejado que el destino me ganara ninguna mano en un momento de deseo irrefrenable, irracional; quiero decir que nunca he exclamado nada parecido a “daría un brazo por tenerlo”; mucho menos lo daría todo.

Y en el último momento, antes de saltar, me asalta el vértigo: sé que me voy a destrozar al tocar tierra. Por eso no apuesto; no arriesgo. Vamos, que no salto.

Así que, después de tropezarnos en la cola de facturación y tras coincidir en otros dos aeropuertos más durante aquella travesía tan larga y llena de escalas, me planteé jugar a que era otra. Una otra de la clase que se apunta a echar uno rapidito entre vuelo y vuelo. ¿Por qué no?, me preguntaba. Porque no, me contestaba. Así sin más, tajante. Pero, Carpe diem, querida, insistía yo…

Supongo que porque soy mujer fui capaz de mantener un diálogo interior y, a la vez, continuar mirándole, sentado allí, en la cafetería de Heathrow, sin parecer del todo absorta. Pero también supongo que, al no ser tan femenina como otras, no supe realizar una tercera tarea: fingir algo de desinterés. Por eso, me imagino, se acercó; debió de saber que aquel día él tenía un full.

Pocas cosas me resultan más absurdas que esa costumbre que tenían antes los hombres de pedir la mano de una mujer —¿Qué pasa con el resto del cuerpo?—. Y eso es lo que él hizo, al fin y al cabo: se sentó a mi lado y, sin mediar palabra, tomó mi mano derecha con su izquierda. Mi mano, para ser del todo sincera, se encontraba muy a gusto, aunque no reaccionara, atrapada en la suya.

Hay mujeres que viven hasta los 94, convirtiéndose en una institución, la más temida, odiada y reverenciada, dentro su familia. Y luego mueren después de haber estado fastidiando la siesta a sus nietos, el domingo a la nuera, el día entero al hijo impaciente por heredar.

Hay mujeres que, a los 40, echan un polvo con el novio y quedan después plácida y complacidamente dormidas un par de horas antes de sufrir un derrame cerebral que las sumirá en ese sueño denso del que sólo se despierta al otro lado; del que no se despierta en absoluto.

También hay mujeres que se apuntan a echar uno rapidito entre vuelo y vuelo. Y mi mano estaba a punto de reaccionar por lo que tomé una decisión rápida, tajante: retiré la mano.

Al principio no vi más que lo que quise, una especie de sorpresa dolorosa en sus ojos. Pero en seguida entendí que el tipo no sufría; se había limitado a probar suerte y a aceptar después el rechazo como quien acepta perder la partida. Tomé nota veloz para futuras ocasiones, futuros viajes que duran más de un día. Así es cómo se hace, fríamente, sin apostar, en realidad. Ya me veía compartiendo camarote con perfectos extraños durante las largas noches de ferris; contorsionista en el lavabo de algún tren de largo trayecto. Llegué a relamerme antes de realizar un último esfuerzo por conectar con la cruda realidad. Lo que había visto en sus ojos fue primero esfuerzo, después satisfacción.

Y sólo al intentar salir corriendo con mi equipaje de mano, la maletita con ruedas en la que llevo el portátil, los contratos, mi vida laboral, me di cuenta de que carecía ahora de diestra para tomarla por el asa y tirar de ella.

También él se levantó para salir huyendo raudo. Pierdo mi vuelo, creo que le oí decir, aunque estaba yo distraída observando lo que me parecieron las yemas de mis dedos índice y corazón —al fin alguien se había llevado uno de los tres que poseo— y preguntándome cómo iba a hacer de ahora en adelante para escribir, para cambiar las marchas, para… No sé… Para todo. Se lo puede imaginar, ¿no?—

—Sí, claro, claro,… En fin, creo que tengo algo ideal para usted; es algo retro, pero ya sabe que todo vuelve, no hay que tirar nada que no esté estropeado porque todo vuelve a tener uso en estos tiempos tan volubles.

—Cuánta razón tiene…

—Bueno, pues aquí lo tiene: un garfio; monísimo, todo chapado en acero quirúrgico, que vale un poquito más pero que tiene sus ventajas.

—No sé, es que no me parece muy práctico… Bonito y elegante sí, ojo, pero para lo que yo necesito…

—Huy que no; menudos destrozos se pueden hacer con esto.

—Pero, ¿seré capaz?

—Ya lo creo, mujer: Carpe diem, señorita.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s