La cornamenta

Christian, con h intercalada como corresponde a cualquier nombre que haya de suponerse exótico por extranjero, que así se llamaba gracias a la visionaria y hortera de su madre, poseía dos protuberancias en su frente, redondas ambas como algo que está aún por crecer y lograr una forma más definida y característica de sí misma, simétricas y perfectamente ubicadas cada una de ellas, dos centímetros exactos desde las sienes, dos dedos por encima de las cejas, partiendo su frente por la mitad y dejando bien claro que el coronado poseía cuatro dedos de la misma.

—¿Serán lunares?

—Bueno, podrían ser, aunque no tienen el típico tono marrón. La verdad es que no tienen un color distinto del de su piel. Yo creo que son quistes— opinó mi madre.

—¿De sebo, quieres decir?, ¿como un poro lleno de grasa?

—Quiero decir quistes, hija, contengan lo que contengan.

—Pues él dice que se trata de cuernos.

—Ese chico es tonto… Que no te vea yo con él.

Pero para mí era imposible evitar el contacto con Christian; él y mi hermano eran compañeros de clase y yo me pegaba a mi hermano en su tiempo libre como era de esperar en una hermana menor. Además, Christian no me ignoraba y me resultaba divertido pese al placer que parecían producirle mis temores.

—¿Te he contado ya que tengo una tarántula como mascota?

—No… ¿De verdad?

—Me encanta. A veces la dejo fuera de la urna para que pasee y se me sube encima y…

—¡Basta! ¡No quiero saber más!

—Pero si es una preciosidad, peludita ella, y qué bonito es ver cómo se alimenta de los fluidos de los bichos, con sus colmillos que son como pajitas. Les sorbe hasta los sesos como tú sorbes los refrescos.— entonces se aseguraba de que mi hermano o mi madre no andaban cerca, de que no podían escuchar antes de seguir— Igual que podrías sorberme tú los sesos…

—No me gusta hablar de bichos, Christian. Me voy— me defendía yo, más aterrorizada por mi imaginaria visión de su mascota que por su descripción; más aterrorizada por su araña que preocupada por su lascivia, a la que ya me había acostumbrado hacía tiempo.

—Vale, cobardica. Anda, dile a tu hermano que se dé prisa, que no llegamos.

Sí que pude obedecer a mi madre más fácilmente unos meses después, al aparecer Desiré —la madre de ésta resultó no ser políglota—, la novia de mi hermano.

Era bastante guapa con su pelo largo y rubio, uno de esos rubios tan típicos de esta zona, de esos que hay que nutrir con champú de camomila, pero rubio al fín y exótico como su nombre. Desde luego, surtió efecto de inmediato sobre Christian, que llegaba a olvidar que me encontraba con ellos en la sala de estar, mientras mi hermano se preparaba para salir con los dos.

Desiré toqueteaba sin interés ni conocimiento las teclas de nuestro pequeño piano acompañada de sus propias risitas de fingida timidez.

—Dime, Desiré, ¿también cantas?

—Huy, qué va… Muy mal en todo caso.

—Estoy seguro de que una chica tan bonita como tú posee una voz preciosa. Seguro….

—No, no,… —otra de sus risitas— Me da vergüenza.

A Christian le encantaba presumir de ser un malvado y nos escandalizaba a Desiré y a mí describiendo la desfachatez con la que trataba a su familia. Los puñetazos, patadas y, en ocasiones puñaladas, que recibía todo aquél que representara un inconveniente a su voluntad.

—Chicas, soy el mismísimo diablo. ¿Os apetece a alguna besarme la cornamenta? ¿No?… ¿Una mamadita?

Desiré se reía con su risita tonta, con la uñas contra los dientes. Yo observaba fascinada sus reacciones a Christian. No lo entendía. Le miraba a él y sólo podía ver su fealdad: su cara excesivamente redonda, sus ojos hundidos, su cejas finas y alzadas, casi acusando una depilación, su nariz torcida y nudosa como la de un boxeador venido muy a menos ya que el cuerpo rechoncho no acompañaba la imagen de deportista. No veía, en fin, nada que pudiera alborozarla y llegué a la conclusión de que Desiré, sobre todas las cosas, quería hacer honor a su nombre, ser deseada por todos, por cualquiera.

El día 11 de octubre, estando mi madre en Zaragoza por el puente del Pilar, mi hermano dio una fiesta en casa. Me dejó asistir a condición de que no bebiera y, si me saltara esta primera norma, debía ser en poca cantidad, una falta leve.

Me aburrí muchísimo. Los chicos sólo hablaban de deportes, de motores y de borracheras. Las chicas de moda, de chicos, de zorras que formaban parte de sus selectos círculos de amistades y también de borracheras, de amantes mal escogidos durante las mismas y los posteriores castigos infligidos por sus padres.

Christian tampoco hablaba mucho con nadie y, aunque no sé si se debía a que no le gustaban la música o los invitados o a esa imagen de alienado social, de inadaptado que tanto le gustaba dar, no me sorprendió encontrarle, cuando ya estaba muy borracho, intentando hacerse hueco en ese penúltimo escalón, entre la sala y la puerta de la calle, en el que yo me encontraba sentada. Algunos se habían ido ya; quedaban menos de la mitad y yo intentaba animarles telepáticamente en su partida; deseaba la paz de la casa vacía, del baño libre, del sofá desocupado. Él, creo, sólo buscaba a alguien a quien impresionar antes de su misterioso final de acto pues le encantaba ser echado en falta sin que nadie pudiera recordar el momento preciso en que había dejado la estancia y lo lograba sólo a costa de no despedirse y de marchar muy despacio, con una parada aquí y otra allá.

Su aliento de alcohol agrio me advirtió antes de que hablara:

—¿No deseas besar al diablo?

Entonces cayó inconsciente, de bruces, contra el canto del último escalón y la punta de mis deportivos. Le giré como pude mientras me preguntaba si sabría llevar a cabo con él lo poco que recordaba de los cursillos de socorrismo. Su cara estaba ensangrentada por completo y me parecía que no respiraba. Debí pedir ayuda, aunque no conscientemente, porque de pronto estaban allí todos los que quedaban en la fiesta, reunidos en torno nuestro, preguntando qué había pasado.

No recuerdo bien lo que ocurrió: quién o quiénes lo levantaron, lo metieron en la parte de atrás del coche y a mí con él, para sujetarle la pesada cabeza, para que no se diera ningún otro golpe. Mientras mi hermano conducía hacia el hospital, yo me manchaba de sangre y Christian, que debía sufrir un dolor espantoso, de dientes y nariz rotos, despertaba de vez en cuando sólo para balbucear que él era Satán y que nos iba a hacer pagar a todos por esto.

No volvimos a verle.

Me atormenté durante unos meses preguntándome si se vengaría de nosotros, cuánto mal podría hacernos si de verdad era un diablo o un maldito. Que mi hermano llegara tarde a casa era suficiente para que yo le supusiera muerto en la calle, a manos de él, de mil formas truculentas, visiones de vísceras desgarradas, de miembros amputados, carnes abrasadas,…

Pero, como ya he dicho, no volvimos a verle nunca. Sí que vimos a conocidos comunes que aseguraban que, durante la intervención quirúrgica en su boca y su nariz, que sí presentaban lesiones muy graves, el cirujano, por hacerle un favor y también por evitar problemas de infecciones posteriores, le extrajo el sebo a aquellas dos protuberancias de su frente que, una vez vacías, se convirtieron en un par de marcas en la piel de las que puede tener cualquiera.

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3 pensamientos en “La cornamenta

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