Por razones no objetivas

Había vomitado. La mañana después, cuando él la llevaba a casa, Rosa le había urgido a detener el coche y, sin dar tiempo en realidad a que la inercia desapareciera por completo, ella había abierto la portezuela, inclinado la cabeza y se había deshecho de toda la cena de la víspera.

Anteriormente le había babeado el hombro de la camisa sobre el que se quedó dormida con la boca abierta; y antes de eso había retirado con abierta repugnancia un pelo de él que debió caer mientras preparaba la cena para ambos. Mucho antes, Rosa había atado un lacito de color rojo alrededor de su micropene, aprovechando que él dormía la siesta como un ceporro, para recalcar precisamente eso, el tamaño.

Cuando llegaron a casa de Rosa, antes de que ella se bajase del coche, cuando lo natural hubiera sido una despedida tierna, él dijo que no quería continuar con la relación.

Rosa sintió necesidad de una explicación, un motivo y, dado que él era parco en palabras, comenzó ella:

—¿Es porque he vomitado?

—Eso ha sido muy desagradable, sí, pero no es por eso.

—Entonces, ¿por qué?

—Mira, lo siento, pero esta mañana he estudiado tu cara mientras dormías y me he dado cuenta de que tienes acné… Me da mucho asco, lo siento.

Rosa corrió a su casa, se metió en el baño y comprobó que, efectivamente, tenía un grano, por lo que quedó convencida de que se debía el desamor a su corte de pelo, muy poco femenino.

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