Arturo, de ojos verdes

La tuna pasea bajo mi ventana sin más honor que la casualidad. Sus canciones me hacen pensar en jóvenes promiscuas; arrepentidas llorosas.

La mocitas promiscuas, a fuerza de complacientes, saben qué  decir bajo las mantas, entre sus labios, sobre sus penes, saben decir qué grande la tienes, qué hondo me alcanza, qué bien me follas y me follas como nadie. Y a Arturo se lo dicen siempre; se lo dicen todas. Se lo susurran al oído, lo gimen, lo jadean; algunas lo gritan.

El glande de Arturo, que es humano, espera esta letanía impaciente y con ella se hinche y crece rosado, tenso, brillante, divino.

Pero Alicia era virgen. Le dijo a Arturo que era el primero. Y cuando ella grita entregada que él folla mejor que nadie el pene de Arturo queda reducido a dos centímetros de pellejo a los que Alicia intenta disculpar cada noche:

—No importa; ocurre con frecuencia… De verdad que no es la primera vez que lo veo.

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