Terror en el hipermercado

En diciembre de 2011 cuatro países miembros de la Unión Europea habían solicitado ya la recompra de su deuda, lo que desencadenó un movimiento en todo Occidente llamado Ya llegan las rebajas que exigía, principalmente, la disolución de la CE. A principios de enero de 2012, en un alarde de humor negro, el grupo terrorista DIY escogió las Rebajas de enero para llevar a cabo su más funesto plan: la contaminación de restaurantes, kioscos de helados y perritos calientes con la Yersinia Pestis, responsable de la peste bubónica, en más de cien centros comerciales en todo el mundo.

Si bien la medicina del pasado siglo estaba preparada para hacer frente a la enfermedad, no estuvo a la altura de una pandemia de tales proporciones. Nuestros científicos, creando un escenario similar al del año 2012, confirman que la alarma se difundió de forma rápida y eficaz, lo que deja sin explicación la muerte de dos mil millones de ciudadanos. El texto que podrán leer a continuación representa, quizás, la única justificación posible a los hechos acontecidos en la primera década del siglo XXI y que tan determinantes fueron para el desarrollo de la historia hasta nuestros días. El texto en sí no es más que una breve entrada en un blog, una especie de diario electrónico o informativo, similar a nuestros rec personales, de una mujer de 28 años, habitante de la antigua España, según la información que ofrece, hallado entre los restos caché que nuestro equipo de científicos estudia actualmente.

Dr. Said Why – Centro de investigaciones del pasado (CIP)

2 de mayo de 2153

CÓMO CONSEGUIR UNOS BLAHNIK DEL 38 EN REBAJAS

Por Jaute

23 de enero de 2012

A cámara lenta imagino que podría vérseme si hubiera alguien para verme. Esquivando los cadáveres de los muertos y los cuerpos de aquéllos que ofrecen sus hediondos últimos estertores a la mezcla, espesa ya de olores de carne en putrefacción, de la humana y también de la que rellena bocadillos de pan ahora más tieso que sus víctimas. De leche agria proveniente de pequeños puestos de helados, de calor, sin nadie que pueda conectar el aire acondicionado, activar la palanca de la marcha atrás en el tiempo.

Quique no me ha acompañado. Ha preferido quedarse en casa, por sus propias razones, como ha dicho. A sus razones yo las he llamado miedo; él las ha llamado inteligencia. Sin embargo, después de besarme, justo antes de que yo cerrara la puerta arrojándole una despedida informal —hasta luego o nos vemos— él se ha atrevido a pedírmelo:

—Tráeme algo, anda.

—¿Qué?

—No sé… Aquellos mocasines de Camper que tanto nos gustaron para mí el mes pasado.

El mes pasado. Todo ha acontecido tan rápido que apenas ha dado lugar a asimilarlo.

El primer foco se detectó en los gigantescos centros comerciales que cubren, como una enmarañada red, los edificios de Hong Kong. Transeúntes de Eurasia que se convirtieron en conmutadores también de la vida y la muerte. Lo demás vino sólo, por inercia.

Allí está la zapatería. Abierta de par en par. Aun así me entretengo echando un vistazo al escaparate para observar las sandalias que me muero por tener. El viejo terror a no encontrar ya mi número me sobrecoge al entender que están rebajadas por lo que decido fijarme en algún otro par y evitar así un duro golpe.

Por fin entro y espero, más por educación que por necesidad, a que me atiendan. Aún no me he acostumbrado a estas prácticas de autoservicio en vigor desde hace sólo unas semanas. Al cabo de unos segundos comprendo que he de entrar en acción y, por primera vez desde que le comuniqué a Quique mis intenciones de salir de compras, me asalta la duda: ¿sabré servirme? ¿Seré capaz de encontrar lo que busco en la trastienda? Entonces oigo un sonido angustioso a la izquierda, tras la estantería más próxima a la pared. Parece una arcada pero me cuesta creer que un ser, humano o de cualquier otra especie, pueda alcanzar tal estridencia en su nausea.

Una chica de unos diecinueve años está tendida, mitad sobre la moqueta, mitad sobre su propio vómito y, estoy segura, lleva también sucios los pantalones.

—Ayuda— le suplico mientras me acerco a ella.

—Todo lo que yo quería era sacarme algo de dinero para la carrera… Hacer bien mi trabajo y ganar algo de dinero… Yo no quiero morir así…

Desiste de su desesperación al leer la mía en mi rostro. Una nueva nausea le sobreviene. Cuando se recupera, susurra:

—En la etiqueta interior… El número…. El ordenador aún funciona e indicará la estantería en el almacén. Coge lo que buscas y márchate… Sálvate….

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