De flor en flor

No me voy a excusar con la historia de siempre. Aunque sea cierto que, sí, mi planeta perecía y nosotros teníamos que encontrar otro hogar y que, claro, nuestra forma de vida, esa que a vosotros os parecería parasitaria —os equivocáis de cabo a rabo, por cierto— no podía convivir con la vuestra y la vuestra no podía competir con la nuestra, etcétera. Todo esto, pese a ser verdad, no es más que la razón de que estemos aquí: yo del todo; yo siempre. Tú a medias, por poco tiempo.

No. Es más bien un acto de contrición, una expiación,… Llámalo equis.

Siempre me sentí distinto, ¿sabes? Y los míos me sienten así también, diferente; como el enganchón en el jersey nuevo de puntos uniformes, sin pelusas, que se supone una tara de fabricación.

Me pareció tan excitante llegar aquí. Era por fuerza una nueva oportunidad, la ocasión de encontrar otra forma de encajar con los míos, de ser parte del equipo… Bueno, a estas alturas ya sabes cuán importante es para nosotros sentirnos como una unidad, ¿no? O, a lo mejor, te creías que íbamos por ahí, por la calle señalando gente, humanos quiero decir, y berreando sólo por divertirnos y daros dolor de cabeza… Pues no. Nosotros los parásitos también tenemos razón de ser.

En fin, que me envían aquí —de avanzadilla, además— y la primera humana con la que doy, pues eso, que, en cuanto se duerme, ¡zas!, la hago mía y la convierto en mi huésped. Hasta aquí todo bien. Pero resulta que mi huésped tiene una pareja, un gordito encantador, de mofletes sonrosados y labios carnosos que está obsesionado con hacerle cosas a la mujer en sus genitales con su lengua y a mí me gusta lo que hace. Mucho.

Cuando estáis ya prácticamente invadidos, uno de mis compañeros se hace con mi gordito, al que apodo “lametones” desde hace unas semanas. Se acabó lo bueno, así que intento explicarle a mi compañero que me parece a mí que, para la supervivencia de los cuerpos que ocupamos, para su correcto funcionamiento biológico, tras mucho estudio y análisis, es imprescindible que, al menos dos veces por semana, haga cosas con su lengua en un punto preciso que hay a la entrada de mi vagina. Él lo intenta; dice que le da un poco de asco; insisto en que es fundamental y que debemos asegurarnos de que esta práctica se difunde entre los nuestros o nuestra especie estará también en peligro. Finalmente, el muy torpe usa los dientes incapaz de hacerlo bien con la lengua y… Supongo que se comprende mi reacción; fue instintiva. Cuando le maté no pensaba en matarle sino en defenderme.

Desde este punto en adelante, lo admito, fui en declive. Pensé que mis genitales habían quedado inutilizados para ese ritual que tan satisfactorio me resulta —me trae la paz, ¿sabes? Creo que si todos lo practicáramos seríamos de verdad una especie avanzada y unida—. Estudio, entre la población que queda libre, alguna hembra.

Cuando veo a la mujer gorda se me enciende la bombilla; pienso: “si mi gordito me lamía los genitales con tanta entrega, ¿no será una hembra obesa también más proclive al placer?”. Para mí tenía mucha lógica y aún ahora pienso que no me equivocaba; pero vosotros, humanos, habéis formado una sociedad de tan complejo orden. Es imposible averiguar cual fue mi error. Es incomprensible: la hembra gordita no tenía una pareja, un gordito de labios carnosos y mofletes sonrosados; y tampoco logró adquirirla en mi nombre a lo largo de toda una semana.

Fue entonces cuando vi a aquellas humanas delgadas arrimándose a la ventanilla de varios coches en un arcén. Te vi a ti. Me acerqué para preguntarte si conocías la forma de encontrar un hombre como el que yo necesitaba. Entonces pude percibir un olor en los coches que paraban por vosotras tan familiar. Era el olor de mi gordito cuando hacía eso…

Sólo quería explicártelo un poco, antes de ponerte a dormir.

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