La muerte de los malkarmáticos

Alejandro, un lector/comentarista/crítico/paciente activo de ésos que todo bloguero desea —y qué suerte la mía pudiendo contar con tres o cuatro— ha inspirado con su comentario una nueva categoría, la del título, que, ahora que caigo, ha estado siempre aquí como consuelo para los pobres de espíritu. Se trata de castigar a los malkarmáticos porque, amigos míos, pese a lo que os cuenten en manuales de autoayuda, a lo que extrapoléis de vuestras lecturas de The Briget Jones’ Diary, lo que dice el párroco —si creéis y si creéis en la suficiente medida como para asistir a misa—, eso de perdonar a nuestros deudores, que ya les ajustará Dios las cuentas, o que Buda les va a asegurar una próxima vida como perro abandonado en vacaciones, cerdo cebado o gusano, pese al optimismo, a la esperanza de que así sea, no existe la justicia divina. No es cierto que el tiempo nos ponga a todos en nuestro sitio, sólo nos envejece y, a veces, a los buenos peor que a los malos.

Por esto quiero ofreceros justicia poética. Y comenzaré rescatando un relato que ya deberíais haber leído en el que me atreví, por primera vez, a impartir justicia en este mundo cruel aliviando a siete individuos de la vileza que padecían. Se trata de Sacrificios.

Y ahora os invito a reclamar la muerte de esos malkarmáticos que os ha tocado padecer personalmente. Rellena el formulario y deja que les de el final atroz que tanto merecen:

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