La navidad de los niños buenos

Qué poca lucidez, ¿no? Me refiero a la de esas personas que parecen escoger tal o cual fecha para sentirse deprimidos. Y cuánta originalidad al deprimirse por Navidad, ¿no?

A mí me da igual la época del año. Lo que mal empieza mal termina y eso se puede aplicar al año entero, al lustro, a una década, a una vida. Bueno, eso si te da por ahí, por amargarte.

Yo no. Yo soy un optimista. Y, además he sido bueno. En fin, también depende de a quién se le pida opinión, ¿no? A ver, si le preguntamos a mi secretaría, que mejor que no, podría ocurrírsele decir que soy un cabrón de jefe, que intento echarle siempre un vistazo por el escote o por debajo de la falda, que entiende bien mis indirectas amenazas de despido… Un día la muy tontuela se armó de valor, sí, la muy hija de puta, y roja como un tomate me dijo que no era culpa de ella que yo llegase cabreado a la oficina, que no tenía por qué aguantar mis malos modales y mis inseguridades. ¡Será imbécil! Inseguridades yo. Yo sé bien lo que ella quería decir: que no era su culpa si yo no había follado la noche antes. Y no porque ella esté al corriente de mi actividad nocturna y sexual, sino porque eso es lo que todos pensamos cuando vemos a alguien mal encarado. Por eso le dije que sí, que era culpa de ella, que sólo de verle el careto repipi se me ponía mal cuerpo y que, bueno, soy un cabrón de jefe, ¿no? Pues entonces ya debería saber que los hombres como yo sólo sabemos reaccionar con ira. Oh, la ira mañanera.

En fin, pero tampoco es cierto. He sido bueno. Y no me quejo cuando las cosas salen torcidas. Y mi vida es retorcida.

También reconozco mi buena suerte: aquí, en Madrid, es donde uno puede entregarse a la vida llena de sin sabores y, aún así, portarse bien y merecerse lo mejor.

¿En qué otro sitio podría, un hombre como yo, un jefe cabrón iracundo y sexista —va, seguro que también me aplica ese calificativo— cenar un bocata de calamares en noche buena? Todos los bares deberían estar cerrados y, sin embargo, yo puedo disfrutar de un manjar sólo superado por unos huevos fritos o un buen corte de jamón serrano, con una caña bien fría. ¡Qué cojones! Estoy incluso bien acompañado: el camarero, un tipo interesante venido de no estoy seguro qué país del otro lado del charco, me da conversación y me cuenta como en su casa las cosas aún están peor. Y, ¿cómo no?, le pregunto, si aquí las cosas están de puta madre, mírame a mí si no.

Sospecho que posee conocimientos técnicos, intuyo que guarda debajo de la barra algún kit de herramientas sofisticadas heredadas de su padre —un maletín de médico con sutura y bisturí incluidos o quizás un equipo de soldura— esperando esa oportunidad de mostrarse como el auténtico profesional que es para borrar para siempre su suerte de camarero inmigrante. Casi estoy tentado de atragantarme y dejar que me socorra, que me salve la vida. Sería un detallazo por mi parte: es casi Navidad, después de todo.

El bar, algo lóbrego y, ahora que lo pienso, me pregunto si a propósito, si esperan cerrar pronto a costa de no atraer más invitados perdidos de otras fiestas, se llena de luz cuando aparece ella, vestida de un rojo ceñido, teñída de un rubio escandoloso, contoneando sus curvas crecidas de comida rápida y única, la de la merienda probablemente.

Tiene ese estar sola desvergonzado, poco visto en mujeres de su edad que se sientan a tu lado y te piden el nombre para cambiártelo por corazón.

Y eso hace: se sienta a mi lado y todo es corazón; corazón, ¿por qué estás sólo pudiendo estar con una mujer como yo?

Sé que en el momento en que se quite el vestido observaré la soltura desgastada de su piel, como si no hubiera de ser la verdadera funda de sus carnes, sus tetas colgarán llenas de estrías cuando se retire el sujetador y me harán pensar en lo exigente que deben ser los besos de sus amantes en sus pezones. Me olerá demasiado a jabón, como aquellas pilas de madera donde las abuelas frotaban la ropa y se enrojecían las manos. Y en ese momento también sé que, después de todo, yo tengo razón: he sido bueno y lo merezco.

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