Occupy Frankfurt

Nunca me han hecho tilín las guías o blogs de viaje; a menudo me producen estupor y, casi siempre, el más sencillo aburrimiento. Me pasa exactamente igual con los deportes televisados: no sudo, no marco, no me emociono, aunque encuentro divertido, durante esos partidos que luego pasan a llamarse clásicos, de fútbol por lo tanto, ver la tensión en las piernas de mi madre, tan forofa como yo, dando patadas en el aire frente a la caja tonta igual que sonríe cuando el protagonista de una película sonríe o frunce el ceño cuando la suerte no le acompaña.

Pero es cierto que, cuando me encuentro por ahí, por esos mundos humanos —para los agrestes basta con una brújula y un par de piernas fuertes—, me sorprendo deseando haber leído algo que me sacara del apuro o que me ayude a comprender lo que ven mis ojos.

Por eso me he decidido a escribir unas notas acerca de las experiencias que tuve durante el último viaje a Fráncfort.

  • A Fráncfort, como a todos los sitios a los que va uno, es imprescindible llevar buena compañía: si no dispones de compañía de calidad es mejor que vayas solo/a o bien, si esto supone un problema, que vayas al bar de la esquina, donde conoces a todos, y, esta vez, te pidas un bocata de salchichas y una pinta de sidra. Yo he visitado varias veces la ciudad mal acompañada y, en esta última ocasión, me di cuenta de que no conocía el lugar en absoluto porque hasta la fecha había ido por motivos laborales acompañada de una mujer insensata que quería coger taxis todo el tiempo y que prefería cenar en el hotel y tomarse las copas en el hotel y hacer compras en un centro comercial donde uno coge lo que quiere y pasa por caja pagando lo que pone en el monitor o visor con una tarjeta de crédito y evitando así interacciones tipo “¿tienes algo en mi color?”, “¿cuánto cuesta?”, “¡Huy, no, que va… No llevo nada de cambio encima, lo siento.”
  • Con el inglés no se va a todas partes: no es cierto eso de que de Los Pirineos para arriba los niños aprendan otros idiomas (el suyo propio sí) desde los 3 años. Eso sí: con las manos y todos sus dedos, los codos, los hombros, las cejas y un mapa lograrás que te sirvan sidra —apuntando a otro que veas que la bebe—, codillo asado —agarrándote el codo. Para solicitar Sauerkraut como guarnición son necesarios movimientos más elaborados e imaginativos, así que te comes las patatas fritas de serie que también están muy buenas—, o un pretzel —dibujando un lazo con los dedos; si no te sale bien prueba a hacer un 8 tumbado, también conocido como el símbolo de infinito—, o bien adquirir un ticket para el tranvía —agarrando del brazo a cualquiera que pase por la parada y señalando la máquina expendedora de tickets y sus veinticinco botones, a continuación señalas el punto en el mapa al que quieres llegar para terminar encogiéndote de hombros a la par que alzas las cejas (sin movimiento de cejas parece que digas “me la suda cómo se llega aquí”). Si la persona te ha entendido correctamente apretará el botón por ti, sin dirigirte la palabra. De todos modos, como yo ya he pasado por ahí, me he hecho una chuleta: si quieres un ticket para ir de A a B, aprieta el botón que dice “Kurzstrecke” que debe ser algo así como el pase metropolitano en Alicante o el sencillo de toda la vida en Madrid; si lo que quieres es pasarte el día para arriba y para abajo, entonces es mejor que compres un Tageskarte; el primero cuesta 1,60€ y el segundo 6€ y pico. También tienes la opción de subirte sin ticket; si eliges esta opción y te pilla el señor revisor, alza tus hombros a la vez, o no, que tus cejas, según desees expresar desconocimiento o indolencia.
  • Ir al baño (si eres hombre te puedes saltar este punto, creo): en Fráncfort los baños están limpios porque las alemanas son de naturaleza confiada, vamos que se sientan. Al sentarse se evitan las salpicaduras cuya visión genera desconfianza y  los tan habituales escanciados de orina, ¿lo ves? Siéntate sobre el asiento seco y aséptico, como una dama, haz pipí sin dolores musculares, disfruta, quédate a gusto, sécate con el abundante papel higiénico que encontrarás a tu disposición, tira de la cadena y, por supuesto, lávate las manos. Nada de retocarse el maquillaje o atusarte el cabello sin haberte lavado las manos.
  • En Fráncfort no atan a los perros con loganiza, precisamente: es habitual que cualquier transeunte te pida algo, un pitillo, unas monedas, etc.; no te dejes convencer y di que no, con la cabeza para que te entiendan, tantas veces como sea necesario. Verás que no se lo toman a mal. Piensa que a la juventud alemana le va mucho eso de emborracharse y, en estos tiempos que corren, con lo de los minijobs y tal, a penas les llega para una juerga decente.
  • También tienen perro-flautas: aunque es posible que los llamen Spanischen debido a la proliferación de nuestros compatriotas en el asentamiento Occupy Frankfurt que protagoniza la ilustración de esta entrada. Por cierto, el que sale en la foto de espaldas ya está pillado.

Ahora en serio: me gusta Fráncfort como me gustan todas las ciudades modernas con calles peatonales de adoquines, con casas que muestran su esqueleto de madera pintada, donde se come y bebe bien, donde la gente sabe recibir al turista como si fuera tan digno de estudio como sus anfitriones. Me gustan sus tardes de fin de semana llenas de eventos culturales a la orilla del Meno; me gustan incluso sus lluvias leves que sólo padecen los incautos que se fían del pronóstico de cielos despejados que aparece en la pantalla principal de sus smartphones.

Recomiendo:

  • Para cenar lo típico, o sea, el codillo asado con o sin Sauerkraut: Wagner, una sidrería típica en la que te sentarán a una mesa larga con otros comensales desconocidos. Al ser sidrería no cuentes con tomarte una cerveza. Tienen menús en inglés. La cena, para dos, de plato único y sin postre ni café, saldrá en torno a los 30€.
  • Para merendar: el McCafé de Hauptbahnhof (sí, en serio) donde podrás tomarte un café especial, con un chorrito de esencia (o quizás licor) de Amaretto o Baileys acompañado de la más exquisita, a la par que nada pretenciosa, tarta de queso o Käsekuchen.
  • Hotel: los hoteles en Fráncfurt me han parecido siempre iguales, sin que el precio altere demasiado los servicios, pero en esta ocasión he encontado gratas sorpresas: desayuno incluido en un precio más que razonable, minibar gratuito y, sí, señoras y señores, lo nunca visto: WiFi gratuita. Todo esto en el Excelsior, que para colmo está justo enfrente de Hauptbahnhof y desde donde podrás tomar tranvías y trenes a cualquier punto de tu interés. Si, además, por aquello de ahorrarte unos euros en el vuelo, has volado hasta el aeropuerto de Hahn sin saber que dista una hora y media de Fráncfort, estarás de enhorabuena ya que el servicio de autocar desde Hahn hasta la capital para a pocos metros del Excelsior.

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