La blanda voluptuosidad que se ahogó en una infusión laxante

Mi jefa casi tuvo un accidente: —Con un todo-terreno, ¿sabes?— me lo explicaba mientras nos tomábamos el café de las ocho y media; aún habría otro a las diez y el siguiente, a las tres y media, después de comer —La cosa es que me encanta ese coche, ¿sabes? tan voluptuoso— dijo, apunto de escupir al pronunciar la P.

Me la imaginé, no pude remediarlo, yendo al concesionario con su marido, un hombre que parecía mucho mayor de lo que era, en parte, probablemente, a un infarto que le llevó a una jubilación temprana y ésta a envejecer más a prisa, a comprar el maldito todo-terreno de sus sueños, todo voluptuosidad, y pretendiendo probarlo al estilo colchonería en Nueve Semanas y Media, subida sobre el capó, restregando sus labios por el parabrisas y separando bien sus piernas de forma que los pies colgaran a los lados y la costura de sus vaqueros de los viernes —no existía política de vaqueros de los viernes en la empresa y sólo se exigía que nuestra presencia fuera impecable, pero qué demonios, los yankees gastan normas de esas y son los amos— tropezaran constantemente con el limpiaparabrisas. Como soy algo indecisa, me lo imaginé dos veces: en la primera su marido sufría un segundo y fatal infarto; en la segunda le gritaba, alzando su elegante bastón de gentleman inglés, algo así como “uf, nena, cómo me pones cuando vamos de compras y te muestras tan decidida en la primera tienda”, para volverse inmediatamente después al impresionado vendedor y decirle: —nos lo llevamos.

Pero no era la primera vez que oía algo así. Hace ya muchos años, una amiga mía dijo, de la forma más inocente, y no recuerdo a santo de qué, que la tripa de su padre era lo más voluptuoso que había visto en su vida. A su padre y a su tripa los conocía yo de mis frecuentes visitas a su casa y puedo decir que aquella barriga era lo más redondo y grande que yo había visto si descontamos globos aerostáticos y esos balones enormes para la práctica de Pilates. En verano su padre no gastaba camiseta y, para hacernos reír, o para hacerme dar gracias por mis conservadores aunque constreñidos progenitores, solía aprovechar la hendidura de al menos diez centímetros, con epicentro en su ombligo, que partía en dos aquella enorme esfera cuando estaba sentado, para sujetarla a modo de pellizco por los extremos y crear una especie de boca gigante en su gigante vientre. Con ella, usando una voz a medio camino entre la de Supercoco y el Lobo Feroz, nos decía lo de siempre, lo que cabe esperar: —Hola, niñas: ¿que habéis hecho hoy? ¿Habéis sido buenas? Qué ricas estáis.

También me imaginé a mi amiga amorrada a aquella boca-ombligo, agarrada, sin ser capaz de abarcarla, trayendo hacia sí tanta masa como fuera posible de la descomunal barriga del infantil y lascivo de su padre.

Pero cambié de opinión al conocer a Hedoné. Aunque la primera impresión que me causó estuvo dominada por mi recelo ante una mujer que escogía el rosa como color dominante de su vestimenta, al menos, dos de cada tres días, y que, sin embargo, se presentaba en sociedad con un bigotillo compuesto por negrísimos y gruesos vellos de unos 3 milímetros, un centímetro por encima de su rosada boca y su rosado acento de niña bien que a todos se dirigía como corazón, cielo, guapísima, reina, mi vida y cariño. Y hasta me pareció, en más de una ocasión, que su halitosis podría alcanzarme por encima de pantallas de portátiles y pilas enormes de informes, desde el otro lado de la amplia mesa de la sala de reuniones en la que solíamos echar esas dos horitas más en el mes de campaña para evitar el despido.

Aquel primer invierno nuestro lo pasé fascinada viendo a diario su enorme culo ceñido en mallas, expuesto por blusas y camisetas que, teniendo tanto que esconder a lo ancho, quedaban demasiado exhaustas para cubrir también a lo largo; no dejaba de preguntarme si tendría la moza algún espejo de cuerpo entero o si lo había sustituido por algún amante extraordinario que le insuflara confianza a costa de mil piropos por noche y un par de orgasmos.

Con la llegada de la primavera, tan corta que se convierte en verano en un par de semanas, comenzó a lucir esos escotes palabra de honor que me parecieron tan inadecuados pues dejaban al descubierto más de la mitad de su pecho. Era perfectamente perceptible que sus dos senos caían, resbalan, sin la magia del Wonderbra, sobre la primera curva de su tripa, y allí el top quedaba definitivamente apretado dejando para la imaginación apenas el tamaño y color de sus pezones.

Y en cada ocasión que nos rozábamos, en un intercambio de cafés recién extraídos de una máquina sin conocimiento ni amor por los aromas, o de tareas, o de consuelos por esos alaridos que a veces prodiga el jefe a una u otra secretaria, observé que su piel, la del brazo, la del hombro, estaba fresca y muy lisa y blanca, y pude compararla con aquellas otras mujeres que tomaban ensalada y agotaban sus descansos en el gimnasio del edificio contiguo al de nuestras oficinas, fibrosas, morenas, con venas bien definidas, sin apenas curvas, con bultitos a los que llamaban tetas, inflamados a costa de sujetadores milagrosos que estrangulan a la altura de la cuarta costilla, y comencé a soñar con sus pechos e imaginarme como sería meter mi mano ahí —no mi cara como haríais vosotros en un intento de auto-asfixia— con la palma sobre el punto más alto de su estómago, dejando que uno de sus senos cubriera el dorso, atrapada y acariciada por el frescor de su grasa carne. Quería introducir mi dedo índice en todos los hoyuelos que se formaban en las articulaciones de sus extremidades extendidas. Y quería, en definitiva, agarrar y pellizcar su piel y hasta morder como si pudiera tratarse sólo de un traje sin cremalleras de algún tejido grueso y elástico.

Un día me la encontré sola en la cantina, agarrada a un bol de ensalada, sin patatas fritas, sin tupper hasta los bordes de cualquier guiso con más ingredientes que letras en su nombre; me emocioné por la intimidad que podríamos tener si jugaba bien mis cartas ese día, hasta que descubrí que no había sido la primera en alimentarme de esa esperanza. Lo entendí al preguntarle el porqué de su menú:

—Es que estoy a dieta. Me ha comentado Mila que a mí, precisamente, por lo gordita que estoy, me costaría muy poco esfuerzo perder unos kilos, que es precisamente la gente que está sólo rellenita la que lo encuentra más difícil.

—¿Mila?…

—Sí. Es que antes de entrar aquí ella era nutricionista, ¿no lo sabías? Y hemos compuesto también una tabla de ejercicios. Vamos, corazón, que en dos días voy a estar hecha una sílfide, guapísima, ya verás.

Me quedé, como suele decirse en estos casos, aunque en realidad el caso no sea uno de ésos, compuesta y sin novio. Y preguntándome por qué MIla no le habría comentado lo de su bigotillo, o lo de su frecuente mal aliento, o recomendado un buen desodorante u otro color para los dos de cada tres días.

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