A estas alturas, la historia de siempre

Por lo que no hay demasiado que contar.

Él cantaba a menudo, en una especie de broma, aquello de por eso no es extraño que tú estés loca por mí mientras se afeitaba su barba rala frente al espejo, sucio de salpicaduras de agua de “mojamos un poco el peine, lo pasamos por el pelo y listo”, de gotitas de pasta de dientes diluida en saliva, del contenido de alguna que otra espinilla y, sobre todo, de no limpiarlo porque, si echamos bien las cuentas, llevaba separado tres meses y, desde que ella se marchó, nadie había limpiado —cómo iba a ser de otra forma si después de marcharse ella sólo había quedado él.

Y, joder, echando mejor las cuentas, había logrado deshacerse de aquella vaca amargada en la que se había convertido su mujer —quién iba a creerse ahora que antaño se refería a ella como mi gatita traviesa—, perder dos kilos que no eran mucho pero eran un comienzo, y ligarse a la tía más guapa, más buena y cachonda que había conocido en su vida. Y todo en tres meses que, normalmente, no le habrían dado ni para convencer a su mujer —perdón, ex-mujer— de echar el segundo polvo del año, mucho menos para convencerla de que pasaran de lo de siempre y se animara a subirse arriba, ponerse a cuatro patas o, ya que estamos, correrse; de una chupadita mejor ni hablamos.

Desde luego, eufórico como se sentía mientras se afeitaba para ella, la nueva ella, en ningún momento se preguntó lo que me habría preguntado yo: ¿es posible que, no comiéndome un rosco en el bar de la esquina, en el night club del centro, no siendo capaz de ligarme a ninguna de mis compañeras de vidas aburridas como la mía propia, sedientas de romance laboral, pueda haberme ligado a semejante mujerón por internet? Claro que a mí me llaman pesimista, pájaro de mal agüero, mientras que de él dicen que es la alegría de la huerta. Eso sí, ninguno de los dos folla y de esto se deduce que no se trata de una cuestión de carácter, ¿no? No, definitvamente es algo físico.

Pero él, que sí es verdad que es un optimista, que hasta caga ilusiones, se sentaba desde hacía una semana en el sofá, frente al portátil con webcam integrada, recién afeitadito, peinado hacia atrás, con el pelo canoso húmedo aún, y el resto al natural, como insistía ella: desnudo por completo, hasta los pies.

Lo del chantaje posterior le afectó mucho, pobre. Yo, sin embargo, lo veía venir: le miraba y pensaba: ¿cómo puedes haberte ligado a semejante preciosidad si ni la más necesitada te aguanta? Pero era mi amigo y no quise que él me llamara también pájaro de mal agüero.

Naturalmente perdió a la mayor parte de sus realciones que, estando todos conectados en las redes, no tardaron en recibir los explícitos vídeos y fotos después de que él se negara a pagar.

En la oficina se hacían bromas a su costa, de esas tontas tipo “lo más alegre de la huerta es el nabo” y otros juegos de palabras que él aceptaba sin enfados y que incluso llegó a reír hasta que se hicieron demasiado repetitivos. “Parece mentira qué poca imaginación tiene la gente”, me decía cuando estábamos solos.

Y no hay en esta historia ninguna venganza que ponga a la chantajista en su sitio, ya veis, porque esto es una historia real y lo único que ha consolado a mi amigo es la masturbación en grupo que organizamos los viernes por la noche frente a los vídeos guarros que él también grabó de ella:

—sólo grabé por si un día me daba el calentón y ella no se podía conectar, no te creas— se justifica semanalmente ante los cinco o seis que acudimos a la proyección de forma regular.

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