De limón, limonada

Supongo que no es lo habitual ir confesando estas cosas, estos errores fatales —demencias de algún dios con complejo de inferioridad, diría yo— cuando se trata de contar hazañas, de las leyendas de ligoteos de un infiel resabido y sin causa —¡ja!, eso mismo lo habría llamado mi ex-mujer— pero es la verdad, y ya que estamos haciendo un ejercicio de honestidad, allá va: me encontré en esa cita a oscuras, que no era totalmente a ciegas, con un ramo de flores y una pequeña erección de esas que suele provocar una gran expectativa, frente a mi madre.

Vale, ahora pensáis que se trata de una de esas comedias que cuentan los chistosos entre copa y copazo. Y no; no es eso.

Aquella mujer era mi madre porque, al igual que ella, llevaba una de esas faldas de tubo de pata de gallo que, con el tacón adecuado y bien ceñidas a un buen culo —ni muy alto ni muy bajo, ni excesivamente respingón ni modelo sartenazo— y unas pantorrillas bonitas, resultarían, al menos en mi opinión, algo de lo más sexy; una imagen… Pues yo qué se, como de especuladora agresiva que te va a poner las acciones por los aires para luego dejarte en bancarrota. Pero la cosa es que la falda de esta mujer que se parecía a mi madre —aunque nunca me hubiera percatado de ello antes, y eso que no le quitaba los ojos de encima en el Messenger mientras duró el cortejo, o sea, mientras duró el turno de noche de mi ex-mujer— no era ajustada y su culo, que examiné tan pronto ella me lo permitió dándose la vuelta un momento, fingiendo no estar segura de que era yo, Yo, ése con el que se debía encontrar ese día, a esa hora y en ese sitio, como buscando a alguien más, quizás para, dándome la espalda, poder reprimir una sonrisa demasiado ansiosa, resultó ser una masa informe, sin ningún tipo de definición, perdida allí, bajo la elegante y sempiterna franela.

Su boca, además, estaba llena de esos dientes demasiado blancos, demasiado iguales, demasiados grandes —para que no se le hundan a usted los labios, ¿ve?, así disfruta usted del mismo resultado en el dentista que con una inyección de colágeno en los labios y un estiramiento en comisuras y barbilla— que me hicieron canturrear por lo bajo piano, piano.

Y, sin embargo, mi mentalidad práctica, el saber que mi mujer, que aún lo era, a esas alturas, ya habría leído mi carta —algo acerca de que el amor nos hace valientes para reconocernos a nosotros mismos, que siempre habría un lugar para ella en mi corazón pero no en mi boca o alrededor de mis genitales y otras cosas que suelen decirse cuando uno se va a follarse a la tía que le ha estado poniendo los huevos duros durante seis meses— ya habría embalado mis cosas y que, por lo menos, tendrían que pasar unas semanas antes de intentar que me perdonase y, una vez más, me permitiera volver, me obligaron a decir aquello de qué cojones, a nadie le amarga un dulce. Y no me digan que no los caballeros entre la audiencia; a ver, que levante la mano quien piense que un polvo en un coño distinto —después de unos cuantos años de matrimonio, después de que tu mujer te haya echado en cara ya mil veces que hoy no te has duchado, que no te quitas los calcetines para meterte en la cama, que tu sueldo no llega a final de mes, que la vecina va a hacer reformas en la cocina y hay que ver, que en tu casa eso nunca podrá pasar, que comes demasiado, que no le gusta cómo te quedas mirando a la jovencita de la panadería, que nunca la llevas de compras, que te podrías ocupar un poco de los niños, para variar, que tu madre es una lianta, tu hermano un sinvergüenza y un gorra y su mujer, o sea, tu cuñada, una golfa de mucho cuidado porque, si no, no se explica que lleve una falda que otras, por decencia, sólo usarían como cinturón y que espera que se lave bien el chocho porque no hay ahí, no puede haber, bragas que se interpongan entre los flujos y las narices de sus sobrinos, que ya el otro día, por precaución, le tuvo que pedir al nene que no se le subiera encima de las rodillas porque vio claramente que al final el niño, que todavía no alcanza bien, terminaría por meterle la manita en el conejo y habría que desinfectársela con lejía porque a saber con quién habría estado la buena mujer, que mi hermano lleva una cara de cornudo que es un poema— no resulta la cosa más dulce y deliciosa.

Y tenía bigote. Aunque eso lo descubrí varias semanas después, viviendo con ella —lo de que mi mujer me iba a dar una patada en el culo era previsible, más en una mujer tan convencional— y yo, que soy de los que se hacen limonada…

Tampoco me gusta mucho esa manía suya de recordar un trauma a santo de cada cosa que oye, cada canción que ponen en la radio, cada ciudad que visitamos, cada persona que me presenta. Y me cuenta su drama del momento con los ojillos, bastante hundidos, la verdad, llenos de lágrimas, como esperando un “no temas, mi vida, ya pasó”. La verdad, no sé dónde está aquélla que prometía conversaciones interesantes durante mil horas de madrugada, sexo sano, divertido —me folla de forma desesperada, trabajosa, ansiosa, indigna— amor e independencia en lugar de esta agobiante necesidad.

Te necesito, me dice, y me lo creo. Sé que es verdad; ella no es como yo, resuelto, sociable, amistoso, simpático y atractivo. Ella se sujeta a mí como un náufrago a un madero a la deriva. Te necesito, me dice, y, como me lo creo, me quedo un poco más. Rompo las cartas de penitente que escribo a mi ex-mujer, con la esperanza de que solicite mi regreso inmediato. Hago limonada: me quedo y comparto con ella mis cuchillas de afeitar.

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