¡Alto ahí!

Lo sé… La vida sigue; la vida continúa; la vida es así.

Y por cada berrinche, disgusto insuperable, fracaso miserable, pérdida lamentable, descontento, caída, dolor y todos los males que escapan a mi imaginación condensados y a gotas a través de los ojos —míos o de los que soy testigo; que más da si al final estamos todos hechos de lo mismo en distinta proporción (la clave de todo)— hay alguien manso que me rehidrata con esas palabras, de letras erosionadas a fuerza de andar de boca en boca, que quieren hablar del sentido de la vida pero sólo saben describir su continuidad.

Y, ¿no sería bonito, de alguna manera que todos parecen negarse a entender, seguramente porque hay gustos para todo, que un día la vida se detuviera? Así, sin más, con una muestra decente de luto honroso en lugar de la parodia habitual de esperanzas por tiempos mejores siempre por llegar y siempre atascados en el bolsillo de la suerte de otros, de muy pocos, que los hacen tintinear a su paso, los hacen cantar la vida continúa.

Pues la vida, a veces, debería hacer un alto en el camino para ver por qué esta tan torcido, para que el caminante pueda descansar un poco y hasta sacarse las piedras que rebotan en sus suelas y alcanzan a colarse dentro de sus zapatos. Para que veamos sobriedad en los actos y arrepentimiento. Para que todo tenga más significado que esa bandera a media asta que denota la tristeza deslucida de siempre, en la misma cantidad muerto uno que muertos quinientos, como si dijéramos “esta es toda la indignación de la que soy capaz”. Más significado que los silencios de dos minutos que la gente pasa contemplando el reloj, esperando la hora en que la vida sigue.

Y sigue. Es cierto, lo sé. Pero pienso que, a veces, debería interrumpirse un momento y darme tiempo para pensar y para sentir pesar si me apetece; pesar del de verdad, sin remedio. Y sin que me cuenten que la vida continúa porque así es como es la vida. Ni que fuera todo azar y capricho.

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Rutinas

Sandra vive una vida anónima. A ella le gusta así.

Por la mañana, su despertador suena a las seis y veinte y entonces ella, aunque está despierta, no apaga la alarma, sino que la retrasa otros diez minutos. Ese es el tiempo que ella necesita para recordar su propio nombre y la rutina de la vida que ella ha elegido.

Permanece así, bajo las sábanas en verano, bajo las mantas en invierno, mirando el techo, la mesilla, la lámpara si la ha encendido porque aún no hay luz en su parte del mundo. Mueve los dedos de los pies ligeramente al tiempo que observa cómo se agita la ropa de la cama allí abajo, cerciorándose de que ese cuerpo es el suyo. Cierra los ojos un momento más y se prepara para saltar hacia ese día que la noche anterior prometía muy lejano. El despertador realiza su segunda llamada. Sandra, convencida ya, lo apaga.

Lo primero que hace es correr al baño porque lleva ya un ratito aguantándose y siente la vejiga a punto de explotar. Después, sin dilación, se mete en la cocina, pero sólo prepara un café tibio que bebe con avidez. Aún insegura de su propia existencia y ya en la minúscula sala de estar, abarrotada por los muebles —una mesita de centro que sirve para todo, un sofá de dos asientos que siempre que no está vacío está ocupado sólo a medias y un televisor de última generación que sólo emite la previsión meteorológica porque es lo único que ella desea saber— se fuma el primer cigarrillo diciéndose a sí misma que el día será tolerable, que hoy podría ser incluso bonito. A veces, cuando el hombre del tiempo le cuenta que todo saldrá bien, vuelve a la cocina a por un segundo café, exactamente igual al anterior, y se fuma otro cigarro mientras mira el reloj en su muñeca y escucha el segundero que no emite un tic-tac sino un zumbido que ella siempre encontró reconfortante.

Sandra se ducha todos los días a las siete menos cuarto. El pelo se lo lava cada tres días, sin excepción. El día que lo lava lo lleva suelto, al día siguiente se hará una coleta y el tercero cualquier tipo de recogido de aspecto más severo. Sabe que tiene el pelo muy bonito; podría lavarlo con cualquier cosa, hasta con lavavajillas, y su pelo brillaría desde la profundidad de su color chocolate. Lleva un corte sencillo, nada de capas ni flequillos. Le llega justo hasta los hombros, cubriéndolos, y ella suele juguetear con los mechones que nacen en su cuello, enrollándolos en su dedo índice derecho, cuando está concentrada. No se acomoda jamás la parte delantera en ese gesto tan usual entre las demás féminas, ni gira la cabeza con violencia para que la melena vuelva a caer, posiblemente, más desordenada aún. A ella estos gestos, aunque jamás los ve mal en otras, le avergüenzan: a Sandra, la coquetería, le produce pudor.

Tras ducharse, aplicar a su cabello el régimen del día y cepillarse los dientes, vuelve a su cuarto y escoge la lencería. El primer cajón de la cómoda está lleno de conjuntos que ella elije y compra sola los sábados por la mañana. De distintos colores y texturas, aunque también algún modelo repetido si Sandra lo apreció de forma especial y temió el desgaste de la prenda. El resto de su ropa, que ella usa a menudo como armazón, consiste en diez camisas de distintos tonos y hechuras, cuatro pantalones (dos negros, uno gris y otro marrón), tres faldas de corte sobrio y dos chaquetas que sólo salen a la calle en los breves equinoccios porque no caben bajo su único abrigo cuando hace frío y le parecen excesivas en el verano. No usa jersey jamás. En un rincón del mismo armario, pero apartado como si se tratara de la ropa de otra, cuelgan un par de vaqueros reservados para los momentos de ocio y, justo debajo, una estantería sostiene varias camisetas perfectamente dobladas, unas encima de otras, con la misma finalidad. Una vez vestida, se calza unos zapatos negros, bajos, los únicos que posee aptos para su trabajo, y que combinan a la perfección con su único bolso negro pues ambos presentan el mismo brillo acharolado.

También se maquilla de forma ligera, aplicando sólo una capita de polvos que disimulará las pecas, excesivas a su parecer, y las ojeras. Sombra de ojos de cualquier color que vaya bien con la camisa que lleva puesta pero evitando siempre los marrones y rosados pues se llevan mal con sus ojos ámbar que a ella le parecen tan extraños, demasiado grandes y abiertos y, casi siempre, tristes. Se pinta los labios siempre con un color suave y nunca utiliza solamente brillo porque las pecas en sus labios adquieren un tono azul desagradable y de muerte.

Si, habiendo terminado de arreglarse, todavía no han dado las ocho, corre a su cuarto y estira la ropa de la cama hasta darle un aspecto ordenado. Luego vuelve a la cocina donde jabona y aclara el vaso en el que se ha tomado el café y la cucharilla y los deposita en el escurridor. Alcanza el abrigo o la chaqueta, colgados en el diminuto armario de la entrada, y a la vez el bolso, que esconde en el mismo lugar, y sale de su casa sin comprobar si lleva o no todo consigo porque sabe que no ha de necesitar nada que no guardase en su bolso ayer. Cierra la puerta, sin darle ninguna vuelta a la llave porque tampoco deja atrás nada que pudiera echar de menos y sale a las escaleras para bajar dos pisos del edificio donde ha vivido seis años sin que sus vecinos conozcan su nombre.

Miquel vacía las cazoletas de la máquina y vuelve a recargar de café una de ellas. Sabe que en breve ella entrará por la puerta como todas las mañanas. También sabe lo que le va a pedir: un café con leche, en vaso, con leche del tiempo, y una tostada con mantequilla, sin mermelada. Los sábados no viene. Los domingos sí, pero toma porras. Sin embargo, él nunca le ofrece nada; jamás le pregunta “¿lo de siempre?”. Él espera pacientemente a que ella se lo pida porque hace tiempo que aprendió que son las únicas palabras que le escuchará decir.

Ha intentado entablar conversación con la chica cientos de veces. Ha probado a hablar del tiempo, del tráfico, de su asiduidad a su café, al café que Miquel le prepara con anticipación cada mañana, pero ella siempre contestó con una sonrisa tímida y al final se resignó a verla seis días de cada siete, por unos veinte minutos y a no saber nada de ella más que lo que él mismo pudiese adivinar o inventarse. Miquel no ha podido averiguar ni su nombre.

Presiona el interruptor de la cafetera al ver el reflejo de Sandra en las vitrinas. Está satisfecho de su disimulada actuación. Ella jamás se imaginaría que él ha estado sirviendo a los clientes en los últimos diez minutos colocando sus desayunos de forma estratégica en la barra, dejando libre para ella ese metro de espacio que parece preferir para reclamar su atención con su vocecilla que sólo el ansia de Miquel convierte en audible:

—Buenos días— decía Sandra cada mañana.

—Buenos días. ¿Qué le sirvo a la señorita?— era la invariable respuesta de Miquel.

—Sí…— empezaba siempre la respuesta de Sandra, —Un café con leche, en vaso… Con la leche del tiempo. Y una tostada con mantequilla, sin mermelada. Por favor.— y siempre terminaba con ese “por favor” alejado del resto de su frase y que a Miquel le sabía tan bien que un día en que otro cliente le llamaba a gritos y se perdió la coletilla tan esperada de cada mañana, fingió no haber podido oírla en absoluto, obligando a Sandra a repetir la orden entera.

Entonces Miquel la invitaba a sentarse en esa mesa que a ella tanto le gustaba y fingía prepararlo todo para ella aun cuando ya llevaba unos segundos listo. La observaba de reojo y disfrutaba de la forma en que ella se escondía tras el libro de turno. Él sabía bien que no leía y que sólo se limitaba a evitar las miradas de otros clientes. Y esto le contentaba porque a él sí que le miraba a los ojos, aunque sólo le pidiese café.

A Miquel no le había dado por preguntar a los otros camareros qué ocurría con la chica cuando él no estaba. Una pena: le habrían contado que, en su ausencia, Sandra, nada más comprobar que él no está, comienza a mirarse el reloj y a poner cara de preocupación saliendo a toda prisa, fingiendo llegar tarde a algún lugar. Sabría entonces que Sandra no viene por el café y que no ver a Miquel le quita el hambre.

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Lo que no pienso en Navidad lo pienso en Semana Santa

Supongo que porque me quedo sola; y no me disgusta mi situación, al contrario, la he escogido yo. Porque llevo tiempo intentando encontrar un momento para mantener una conversación seria conmigo misma. Algunas personas, tal vez las mismas que se lamentan de su soledad, encuentran muy fácil la tarea de hacer tiempo para ellos mismos. Yo, a pesar de estar sola con frecuencia, no me siento así. No es lo mismo estar sola que estar sola, solita, solísima, desprendida, suspendida, pendiente del hilo del que se cuelga, el hilo tenso que no acierta a enredarse con otros, que sólo parece capaz de hacernos girar sin desplazamientos laterales, sin incremento de arco, sin chocar con otro trozo de humanidad.

Choco a menudo. La violencia del golpe me desintegra y termino recogiendo partículas del suelo sin estar muy segura de cuántas partes tengo, a partir de ese momento, de ese otro ser tenaz que me ha embestido o no ha sentido miedo de que yo le embistiera. Qué desastre, me oigo decir, mira cómo lo hemos puesto todo, míranos tan desordenados…

¿Qué se sentirá siendo puro, sin mezclas, sin derramarse en otros, sin vertidos ajenos dentro del recipiente propio? Apuesto que es doloroso. Sí, estoy convencida de que la única forma que muchos encontrarían de mostrarme su soledad sería la bofetada que me obligara a girar la cabeza para observar las distancias y medirlas mejor.

Ni siquiera la noche trae esta clase de soledad a mi cama, sino más bien sólo la solicitud de mantas más gruesas hechas de ese tejido que sólo se puede hilar con caricias, de ese que no se puede lavar a máquina, sino con besos. Es, al fin y al cabo, sólo el deseo.

Y, sin embargo, mi deseo más reciente es el de estar sola un momento. Para encararme. Quizás para toda la vida si supiese vivir sin esas compañías que me frecuentan, esas que visto a diario porque parecen un perfume que mi piel haya aprendido a expeler, como si mi sudor pudiera guardar la memoria molecular del de otros. Y esas otras que han tocado más adentro, armas blancas cuya extracción me expondría a la hemorragia definitiva, cambiando el leve escozor de la taciturnidad por el helor sin remedio.

No sé bien por qué —sí lo sé pero no deseo compartirlo— he recordado hoy el verano pasado y cómo Salva me hablaba de aquella chica que se encontró, sucedió de tal forma que podemos culpar al azar, que le fascinaba sin motivo aparente e incluso en contra de su criterio. Él decía que no estaba enamorado y yo jamás lo puse en duda. Parecía haber entre ellos alguna clase de afecto a medio camino entre la amistad reciente y otras cosas que cada uno bautiza a su gusto, dejándonos sin nombre para referirlo aquí, y sexo. Pero el sexo tampoco era satisfactorio para Salva. Sin embargo, Salva se pasaba el día describiendo la forma en que ella caminaba y se retiraba el pelo de la cara, la comodidad con la que podían hablar de todo, el consuelo que ambos encontraban en el otro cuando las cosas se torcían.

Un día la chica, Ceci, le dijo que deberían vivir juntos y Salva debió estar de acuerdo porque se puso de inmediato a buscar un piso con sitio suficiente para tener alguna invitada algún fin de semana; yo, sin ir más lejos.

Y un día en que Salva y yo estábamos explorando algún parque de la zona, sin ella, por motivos de salud, mientras buscábamos el banco en que nos sentaríamos para comer nuestros bocatas de tortilla, ellos dos tuvieron, mediante sus respectivos móviles, la última conversación. Jamás llegaron a discutir. No hubo enfado ni vejación. Ceci, simplemente, no volvió a llamar a Salva ni descolgó el teléfono cuando éste le llamó. Me pregunté durante unas semanas si Salva se sentía solo entonces, si a Ceci le había dado miedo desprenderse de su soledad o si había averiguado, mientras él y yo paseábamos por el parque, que ni con Salva podría sentirse acompañada. ¿Hay soledad peor que la que nos conforma?

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Recuento

No va de hombres ni de sexo, lo siento. Va de años.

Mañana cae uno más y lo celebraré esta noche. Sí, lo celebraré como si llegar a los 35 tuviese algo que ver con el placer… Bueno, los 35 no, pero cumpliendo, cumpliendo… Alguno ha caído; no, no hablo de años.

Es extraño contemplarse en el espejo, sin vanidad pero con toda la curiosidad. Me pregunto dónde está aquella jovencita que a los 20 creía que podría vivir la vida, el resto de su vida, condicionada sólo por su edad, por esos 20 y ni uno más. Supongo que alguno de mis conocidos se atrevería a decir que esa jovencita sigue estando presente y que sólo parece ahora algo más taimada. Es posible y, entonces, si es más cauta, ya no es ella.

No estoy triste, ni si quiera me molesta un poquito hacerme mayor. Me molesta que se me note, eso sí. Pero tampoco se me nota tanto, ¿verdad?

Planeando la fiestecita de esta noche me di cuenta de que la última edad que celebré bien (más allá de una cena con suegros que juzgaban mi rico acento, lleno de todas las consonantes y con vocales que parecen sonrisas, como una barrera que me aislaba de su sociedad inglesa, y un novio alcohólico cuyo consumo debía ser vigilado y cotejado con el de los demás presentes) fueron mis 25.

Hace 10 años que aprender la vida y pasar el examen final de cada curso no merece mi atención.

Mis fiestas de cumpleaños eran famosas por el estado lamentable en el que yo terminaba y lo bien que se lo pasaban mis amigos con mi desinhibición.

Los 18: me vino la regla y los dolores me mataban así que mi amiga Inma me procuró un par de analgésicos que yo tragué, la verdad es que sin darme cuenta, no a propósito, con el Martini que tenía en la mano en aquel momento. Parece ser que aquella noche me declaré a unos cuantos. Era un pueblo pequeño, así que…

Los 20: alguien propuso que yo dejase de ser tequila-virgen. Compraron todo el material necesario para mi ceremonia de iniciación, pero hicimos corto de limones y hubo que terminar con mandarinas. Todavía era yo algo impaciente por aquel entonces y, después de dos tequilas seguidos, no encontrándome ebria, seguí con otros tres. No llegué al pastel.

Los 22 y 23: vuelta a los Martini (jamás he vuelto a tomar tequila) en el karaoke. Con vídeos que demuestran que no sé cantar pero canto igualmente y, además, me contoneo al ritmo de la música. Al final de una de esas dos fiestas tras yacer en el suelo, mientras Dani saltaba sobre mí (también iba fino), y después de que Juanma (constante invariable) me ayudase a levantarme con la ayuda de Albert, logré convencer al propietario del karaoke, que acababa de barrernos fuera del local, de que yo era merecedora, por cumpleañera, de que me acercase a mí y a mis amigos a casa. Me gustó mucho la idea de ser tan persuasiva incluso en semejante estado. Lo cierto es que, según me hicieron saber al día siguiente, el transporte fue garantizado por la solemne promesa que Albert y Juanma le hicieron al conductor: “Sí, prometemos que, a la más leve señal de vomitona, abrimos las puertas y la tiramos del coche”.

Para el resto, dos celebraciones más, yo ya había aprendido a controlar mi intolerancia al alcohol mediante la sabia técnica de no beber más de una cerveza por hora, lo que demuestra que, con algunas piedras, sí que dejo de tropezar.

Con otras no. Supongo que es en esos momentos cuando todos, yo incluida, reconocemos a la jovencita. Había pensado deshacerme esta noche de ella. Había planeado su final: convencerla de que sufre una enfermedad degenerativa y que ha de retirarse a morir con dignidad; pedirle a alguien que me ayude a estrangularla en un abrazo; condenarla al ostracismo y animarla al suicidio. Pero he cambiado de opinión. Siento compasión por ella; o ella por mí.

regalo-de-joscuroJoscuro volvió a regalarme memoria

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Hablar por no callar

El otro día, durante mi viaje de regreso en metro de la oficina hasta mi casa, un poquito más apretados que de costumbre, y teniendo que viajar de pie, como casi siempre —parece que los sectores de la población en estado de buena esperanza y en estado de no esperar ya más que les alcance la pensión hasta final de mes sienten preferencia por exhibir su dolor de piernas, espalda y cansancio en general a mi alrededor y no alrededor de otros— reparé en que mi compañero de viaje más próximo me miraba con un interés fuera de lo común y, sin embargo, nada halagüeño. La duda terrible, la DUDA con mayúsculas, me sobrecogió: ¿había estado hablando sola? No se me ocurrió pensar que quizás llevaba el pelo demasiado revuelto, que tal vez le recordara yo a alguien, que el hombre tuviese esa expresión de reproche en su cara día y noche y que sólo me miraba por tenerme inevitablemente enfrente. Sólo pude pensar que, casi con seguridad, había dejado que el entretenido diálogo que mantenía conmigo misma, con mi egojefe, con mis egoamigos, con mis egofamiliares —no llegué a saber de quién se disfrazaba mi alter ego en aquella representación porque no pude volver a ella después de la interrupción— traspasara mi tejido cerebral y llegase, en impulsos eléctricos, hasta mi lengua y labios. Había dejado escapar la tenaz argumentista que soy dentro de mi imaginación y había dejado que irrumpiera en mi vida real.

No, no había hecho semejante cosa. Una mirada al resto de los viajeros confirmó que sólo ese hombre de mirar mezquino sentía interés por mi persona y, tras unos segundos de observación recíproca, decidió cambiarme por la chica de pelo color rosa y cara llena de piercings que tenía también enfrente aunque algo más a la derecha y a un paso largo de distancia. Pero hay gente que habla sola. Y no me refiero sólo a los alcohólicos que han desarrollado esa paranoia que divierte a niños de barrios o pueblos pequeños, donde parece fundamental la existencia del “tonto” para entretener las tardes sin travesuras en la agenda. Hay gente perfectamente “normal” que va hablando por la calle, tal es la intensidad de sus pensamientos. ¿Quién necesita la telepatía?

Pero sí que hablo con mi perra. Lo cierto es que llevo tanto tiempo hablando con ella que lo hago ya sin importarme la presencia de testigos y sus risas o comentarios mordaces —¿Qué te ha contestado? Es que no puedo oírla desde aquí—. No me importan estas bromas; mi sentido del humor sabe aceptarlas.

Lo cierto es que muchas noches, cuando llego a casa, no hay nadie más que ella que, a su vez, está loca de contento de tener a alguien contra quien restregarse y a quien llenar de pelos. Y no le hablo, porque la respeto demasiado, en ese lenguaje imbécil desarrollado por nuestra prepotencia para comunicarnos con seres que cosideramos de menor inteligencia. No, yo le hablo como hablaría a cualquiera que supiese que está dispuesto a escuchar. Le hablo de todo, casi como si me lo contase a mí misma. Y ella escucha con expresión inteligente y sé que capta, si no el significado de cada palabra, el estado emocional en el que me hallo y esto es mucho más de lo que puede hacer la mayoría de las personas con las que me comunico a diario, por placer u obligación. No he conseguido, sin embargo, que entienda las diferencias más básicas entre la tierra de un descampado y el parquet del salón; aunque no me cabe duda de que sí es sensible a mi cabreo.

Pero dejemos a mi perra a un lado, puesto que me gustaría proteger su privacidad, y centrémonos en esa necesidad de comunicación, más acuciante en unos que otros, desde luego, pero intrínseca al ser humano. Tanto es así que nuestros pensamientos se forman con palabras. Me inquieta que todas mis ideas estén, desde su formación en mi cerebro, listas para su retransmisión. Y, ¿no es esto mismo lo que me obliga a filtrar para poder mantener secretos? Y, ¿qué hay de aquéllos que no los saben guardar? Mejor, dejémoslo y veamos si soy capaz de dejar la comunicación por hoy.

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Sentir por los demás

Puedo sentir por otros.

He llorado antes por sus duelos y he conocido su desconsuelo por perder para siempre. He tragado con ellos el bocado amargo de la frustración y lo he saboreado sin prisas, consciente del matiz que impregnaría para siempre algunos besos. He sentido su soledad, esa que convierte el aire en ladrillos de cristal y nos encierra en atmósferas que terminan vistiéndonos del frío de nuestra propia exhalación.

He disfrutado del calor de una mano que tomaba otra y no la mía, y la felicidad de los felices que saben caminar a la par. La esperanza de otros yo la he soñado. La paz que no era mía, la he dormido. He sonreído por muchos.

Pero por otros, y por mí misma, me niego a odiar.

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El temporal

Es el tiempo que se va, arroyándome con él. El tiempo que huye entre mis dedos. Quién tuviera urnas por manos para recoger la arena y hacerla girar en lo alto, en una danza sin lamento por el tiempo que se escapa.

No puedo elegir mi tiempo; no soy dueña sino esclava de su poca duración. El peor amante, siempre queriendo con prisas, sin dilación su marcha; deja recuerdos de horas perdidas. Las ganadas son tan pocas que caben todas en la esfera de mi reloj.

Mi tiempo acariciando a otros arrasa mi vida, me deja desnuda y tiritando, se larga dando portazos y me regala sólo la curiosidad constante por saber dónde se ha ido.

Huye de mí el cobarde, disoluto; siempre fue pretencioso mi tiempo, prometiendo más de lo que puede permitirse, sólo por hallarme esperando a su regreso fiel y bien dispuesta, para poder arrepentirse y desaparacer de nuevo, tan pronto como cruza mi puerta.web tracker

Inexorable Facebook

Delphine me mandó una invitación en agosto de 2007. Lo recuerdo porque estuve de baja por seis semanas y ese era el motivo por el que ella se decidió — Hola, Jaute. Métete aquí y así te entretienes mientras estás de baja… Tienes muchas fotos que subir : b

Ya había recibido y aceptado alguna invitación para Hi5, que nunca terminó de gustarme… Yo era, por aquel entonces, muy tradicional: estaba conectada con el mundo exterior pero no tangible mediante Messenger; me daba vergüenza “compartir un mensaje rápido” (Jaute está hasta los…) y el simple hecho de permitir que se mostrara qué música escuchaba en el Windows Media Player me parecía tanto un atentado contra mi intimidad como una imposición informativa contra mis contactos. Y mis contactos, dicho sea de paso, eran los amigos que dejé en España y familiares. En otras palabras: yo usaba el Messenger, y sólo el Messenger, para preguntarle a la familia qué deseaban recibir por Navidad o por sus cumpleaños.

La invitación de Delphine la acepté porque venía de ella. Me sorprendió ver que allí estaban metidos la mayoría de mis amigos y compañeros de trabajo; estaba incluso aquel chaval que tanto me gustaba y que tan reservado me había parecido siempre. Obviamente su reserva sólo tenía lugar conmigo, posiblemente era su forma de defenderse de mi acoso pasivo… En cualquier caso, hice a todos saber que yo también me había anexionado y pronto comencé a tener conversaciones con ellos mucho más personales que en la vida real mediante el intercambio de sutilísimos mensajes en muros y status.

Era muy entretenida la elaboración del perfil que permitiese que todos los contactos viesen lo muy especial que es una y me quedé de piedra el día que encontré en un despacho de prensa del aeropuerto de Heathrow una revista llamada Facebook. En su titular podía leerse “Cómo construir un perfil de primera”; y, en letra más pequeña (por supuesto que me acerqué a leerlo, ya he dicho que me impactó semejante descubrimiento): “Te desvelamos todos los trucos para que tu perfil sea único”. Supongo que tras leer esto me di cuenta…

Me di cuenta de que nadie busca la comunicación en sí, sino demostrar que no somos como el resto, que somos mejores, más originales, especiales, auténticos. Facebook es un “pero es que yo…” que alcanza masas y no sólo a los amigos que, de todos modos, ya deben saber lo muy guay que es uno.

A mí, personalmente, me fascinan las fotos de hombres y mujeres con cuerpos perfectos en paños menores que encuentro cuando cometo la locura de participar en alguna actividad social (aplicación) que me arrastra fuera del círculo de amigos inmediatos. Me pregunto el motivo de semejante exhibición. ¿Será por aquello de que “lo que han de comerse los gusanos que lo vean antes los humanos”?

Pero lo que me intriga de verdad son los clubes de fans: me parece razonable que alguien se declare fan de actores, directores, músicos, escritores, incluso fan de Joscuro, La hiji, La Paca y hasta de Dormir 5 minutos más. Pero cómo se puede ser fan de Yo también odio que me llamen cuando estoy durmiendo y me despierten. ¿No es una contradicción? Y, ¿conocemos a alguien a quien le encante que le hagan semejante faena?

De vez en cuando, alguno de mis contactos me dice que se va a dar de baja porque se quiere dedicar a otra cosa. No me soprende: jamás se me ocurriría dedicarme a Facebook. Sí, ya sé que no me lo tomo lo suficientemente en serio. Soy algo dejada…

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No sé cómo llamar esto

No lo sé. Y no lo sé porque no tengo ni idea de lo que va a salir.

Envidio a la inmensa mayoría de los bloggers (creo que fue el aviador quien me llamó esto mismo una vez y se equivocó). Me los imagino ahí, sentaditos delante de sus monitores; se remangan ligeramente, alzan las manos y, de pronto, las dejan caer sobre el teclado igual que haría un pianista conocedor tanto de la impaciencia como de las expectativas de su público. Con seguridad, sin miedo al fracaso. Sus dedos ágiles alcanzan todas las letras y no dudan ni por un instante cuál será la próxima pulsación. Ya saben qué van a escribir. Lo han pensado y quizás hayan hecho hasta borradores. Y ningún carácter, ningún signo de puntuación es al final en vano. Porque sabían qué iban a decir. Esta es la bendición del propósito.

Yo carezco de semejante intención. Me limito a desahogarme, para el perjuicio de los incautos que caen por aquí buscando otras cosas: carne, carne humana, carne al vacío, carne cruda, carne humana especial (esa es la mía, sí señor) y la verdad sobre la carne; por qué me olvidas, buscas mis besos, por qué los hombres sólo buscan sexo (seguro que no todos e, igualmente, eso: ¿por qué? Y, también, ¿por qué nosotras no?); variedades de tinte rubio y tintes de mercadona; cómo escapar de desiertos; qué regalar por San Valentín (creo que quedó claro hace ya bastantes entradas que la fecha era un truco de joyería y he de añadir que, puesto que hemos acordado previamente que los hombres sólo buscan sexo, sólo una mujer podría indagar en internet acerca del regalo perfecto); unos pocos llegan aquí preguntando por Ozonox, lo que no me sorprende, y por la Paca (te dije que te lanzaría a la fama).

Vale, ya van dos párrafos y, llegados a esta altura, resultará imposible engañar a nadie. La confesión parece la única salida: no tengo absolutamente nada que decir. Pero, “¿por qué escribes entonces?” podría preguntarme el próximo incauto que —a ver si adivino— buscaba partituras para tocar en piano con teclas de pino. Pues escribo porque es sábado y, para más indicaciones, es un sábado, como alguien ha calificado hoy ya, mísero. En realidad, la calificación ha sufrido una actualización (acabo de comprobarlo en su status) y ha pasado a ser ya una gran puta mierda de todo. Parece ser que hay quien se encuentra peor que yo.

Y no es que me encuentre mal. Sencillamente tengo uno de esos días tontos. Yo tendría que estar hoy con alguno de esos hombres apuestos y galantes (no hablo de Juanma, Laura, y el plural es correcto: conozco a varios ejemplares) que puede que busquen, o no, sólo sexo pero me voy a quedar sin dar respuesta a la pregunta del millón porque tenía que quedarme en casa, trabajando bajo amenaza de quedarme sin mis merecidas vacaciones —mi jefe ha amenazado con cancelar la Semana Santa (o sea, que este año igual comemos carne en viernes santo) si esos inútiles informes no decoran la aún más inútil presentación con la que ha decidido limpiar el culo a su jefe, mi jefazo, el martes por la mañana— y, la verdad, le creo muy capaz de intentarlo y, lo que es peor, me considero a mí misma capaz de decirle que se meta mi puesto de trabajo allí donde amargan los pepinos. Pero hay crisis económica, al parecer, y no es un buen momento para reivindicar mi condición de currante de la CE, o sea, con derechos humanos preservados por los desinteresados representantes sindicales.

Y he trabajado, pero en algún momento he decidido que era hora de hacer una pausa (creo que ha sido después de comer) y me he dicho: “pues voy a aprovechar para ver Camino“. Soy de lágrima fácil y la peli me ha compungido bastante y he comenzado a sentirme muy melancólica. “Vale, pues ahora veré Los girasoles ciegos cuyo contenido político y denuncia acerca de las atrocidades que trae la guerra me enfurecerá, en todo caso, y acabaré como he empezado esta mañana. Deberías recordar cómo te pasaste llorando dos horas antes de ayer viendo El niño del pijama a rayas. Ya, pero es que el jueves sí que fue un mal día. Vale, si tú lo dices…” Menuda llantina con los girasoles. Hasta vergüenza me ha dado bajar a por café sabiendo que me preguntarían si había estado llorando y por qué. “Vale. Rematemos la faena con La conjura del Escorial que con ésta no hay peligro. No puede haberlo”. Pero resulta que también pagan justos por pecadores…

Así que me he ido al blog de Iván Rojo. Tenía una entrada nueva: ha malherido a su hermano pequeño. Esta vez sin secuelas. Podría ser peor: podría haberle matado. Y, a pesar de todo, o precisamente por ello, qué bien lo cuenta.

Estoy de un humor insuperable por lo lamentable, claro, y divagando acerca de todo lo que no tiene importancia alguna y así es cómo me salen estas parrafadas sin peso que tampoco ofrecen, hay que decirlo, más desahogo que la risa que pueda causarme mañana descubrir qué buscaban en realidad los que se han encontrado aquí, conmigo.

En fin, me voy a ver otra peli. Posiblemente una comedia.

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Al doblar esquinas romas

esquina 2 CosquinEs la sensación de caminar en círculos, incluso rodeando las murallas que se planificaron sobre el papel cuadriculado de mi vida.

Doblar la esquina para encontrarse con la misma calle. Tropezar con otros viandantes y envidiar su sorpresa: nunca me han visto antes doblar la esquina, roma ya por mi afán en sujetarme a ella; consumida por mi paso y el de otros.

Se hunde la acera en el recodo para ser lecho de charcos en días grises; para marcar diferencias en el camino de los días soleados. Para advertir, si fuera necesario, que este camino ya ha sido recorrido, que ya he dado otra vuelta; que a la vuelta de esta esquina está mi calle.

Podría tropezar sin caer y, por costumbre, sentir la caída del otro, la de ese que viene de frente, la del foráneo, la del distraído, la del que no sabe agarrarse, la del indeciso que escogió mirar a mis pies, para adivinarme, en lugar de mirarme a los ojos.

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