Que el Gran Genoma nos bendiga a todos

Cena-navideñaA la nenita, Violeta, de unos seis o siete años, se la habría confundido fácilmente con aquélla del abriguito rojo que salía en una película muy, muy antigua, que algunos se empeñaron en catalogar como clásico, pero que la mayoría de vosotros no habréis visto. Y sólo por el color de su abrigo. En cuanto a su madre, que tiraba de ella entre los maravillados viandantes, las orquídeas, los cristales Swarovski, espumillón y guirnaldas y un sinfín de precoces decoraciones de Beldad—pues habían asomado sus naricitas respingonas toda clase de tallas a principios de noviembre— ésta habría podido confundirse con cualquiera de nuestras bellas, cívicas, ejemplares ciudadanas.

—Mamá, ¿qué es un podre?

—¿Un podre?… Hum… No sé, hija. ¿Qué es un podre? Sigue leyendo

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Como un perra

Mujer anzueloLos perros no tienen conciencia del mañana ni del ayer. Si tienes un perro y un trabajo, cuando sales de casa para ir a trabajar, tu perro se siente abandonado, dejado de la mano de dios —o de la tuya— y unos minutos después comienza vivir el resto de su vida, de la forma más inconsciente, sin ti.

Quizás recuerde que hay vidas más alegres; es entonces cuando acude a la cocina, al jardín, a la terraza o a donde quiera que le dejes el cuenco decorado con un hueso, lleno hasta arriba de pienso, justo al lado de la palangana que tu madre te compró para que puedas fregar los platos igual que ella: con 5 litros de agua calentita y una sola gota de Fairy —hay que ahorrar— también llena de agua, sin Fairy, pero con otros elementos más o menos abundantes dependiendo de las molestias que te tomes a la hora de limpiar para tu mascota. Sigue leyendo

Charla motivacional navideña a los empleados de Muchinacional, S.A.

Hendrix—Buenas tardes a todos. Me llamo Jesús, como ya sabéis todos los que hayáis leído la convocatoria y el cartelito de la entrada…— se oyen risitas entre los asistentes. —Ante todo, me gustaría agradeceros vuestra presencia; me parece admirable que vosotros, después de toda la jornada de trabajo, que estaréis deseando llegar a vuestras casas o que, casi con toda probabilidad, tenéis planes más atractivos para la tarde de un viernes, como, por ejemplo, ir a ver El Hobbit… qué genio el Jackson, ¿eh?… —murmullos de Sigue leyendo

De limón, limonada

Supongo que no es lo habitual ir confesando estas cosas, estos errores fatales —demencias de algún dios con complejo de inferioridad, diría yo— cuando se trata de contar hazañas, de las leyendas de ligoteos de un infiel resabido y sin causa —¡ja!, eso mismo lo habría llamado mi ex-mujer— pero es la verdad, y ya que estamos haciendo un ejercicio de honestidad, allá va: me encontré en esa cita a oscuras, que no era totalmente a ciegas, con un ramo de flores y una pequeña erección de esas que suele provocar una gran expectativa, frente a mi madre.

Vale, ahora pensáis que se trata de una de esas comedias que cuentan los chistosos entre copa y copazo. Y no; no es eso. Sigue leyendo

A estas alturas, la historia de siempre

Por lo que no hay demasiado que contar.

Él cantaba a menudo, en una especie de broma, aquello de por eso no es extraño que tú estés loca por mí mientras se afeitaba su barba rala frente al espejo, sucio de salpicaduras de agua de “mojamos un poco el peine, lo pasamos por el pelo y listo”, de gotitas de pasta de dientes diluida en saliva, del contenido de alguna que otra espinilla y, sobre todo, de no limpiarlo porque, si echamos bien las cuentas, llevaba separado tres meses y, desde que ella se marchó, nadie había limpiado —cómo iba a ser de otra forma si después de marcharse ella sólo había quedado él. Sigue leyendo

La blanda voluptuosidad que se ahogó en una infusión laxante

Mi jefa casi tuvo un accidente: —Con un todo-terreno, ¿sabes?— me lo explicaba mientras nos tomábamos el café de las ocho y media; aún habría otro a las diez y el siguiente, a las tres y media, después de comer —La cosa es que me encanta ese coche, ¿sabes? tan voluptuoso— dijo, apunto de escupir al pronunciar la P. Sigue leyendo

El hombre orquesta lo inició todo

El hombre orquesta paseaba con su guitarra más pequeña y portátil repartiendo buen rollo. Estaba cubierta de sellos de sus viajes alrededor del mundo porque la había llevado a todas partes. Además, no era sólo una guitarra: del clavijero colgaba un sonajero y, en la caja, por debajo del puente, interrumpiendo el arco que dibuja la mano después de rascar la cuerda buscando el reposo, había pegado un timbre de bicicleta. El hombre orquesta también llevaba una armónica sujeta al cuello, frente a sus labios, lista para ser besada, pero a una distancia prudente, por si necesitaba espacio para las palabras. Sigue leyendo

Más sabe el diablo por viejo

La vejez tiene sus cosas, como el despiste y el olvido; por ejemplo, yo me olvidé de que el día 3 de este mes cumplía 4 años de entradas colgadas ahí, en la nube. Pero la vejez también aporta sapiencia y mañas, por eso esta entrada quedará fechada a 3 de agosto, como si mi desliz nunca hubiera tenido lugar —maravilloso WordPress.

Lo cierto es que también lo olvidé el año pasado. Debe de ser la pereza que provoca el paso del tiempo… Sigue leyendo

Me jodió el final de Luces rojas [spoiler] y los gurús de cualquier clase me la traen floja

Hola. Me llamo Jaute y soy escéptica. De nacimiento. Lo que viene a significar que por mí no hay nada que se pueda hacer. De niña fingí creer en los Reyes Magos por miedo a una bofetada de mi padre, que no se tomaría a bien mi falta de fe tras haberse gastado los cuartos en mis juguetes y haber tenido que reptar con ellos por la ventana para que yo no le viera. El primer año de Reyes, cuando tenía menos de dos años pero ya sabía hablar, al ver todas las muñecas que más tarde decapitaría por aburrimiento y crueldad infantil, insinué a mi madre que creía que habían tomado algunas de las que ya rondaban la casa con anterioridad para exponerlas junto a las nuevas y hacer más bulto. Mi madre se ofendió y me llamó tonta: —pero, hija, tú estás tonta— me dijo —te las han traído los Reyes. Sigue leyendo

El infravalorado poder de la succión I

Los monstruos no siempre son la creación de elevadas ambiciones y morales deprimidas, sino que a veces nacen así estas pobres criaturas; pobres de espíritu como son, todo necesidad.

Y éste fue, precisamente, el caso de Loli, a la que su madre bautizó como María Dolores, nombre que ella borró de casi cualquier documento, excepto por el identificativo, para ser Loli a secas, sin virginidades que, pensó, no iban con ella. Sus compañeras del cole sí pensaban que le hacía honor pues les resultaba, como ocurre con muchas pelirrojas de facciones grandes, llanamente fea y la creían entonces; y también después, al alcanzar la madurez, cuando se confirmó que el resto de su esqueleto no alcanzaría a proporcionar nunca el enorme tamaño de su cráneo y que por ser chica de huesos grandes no habría carnes que lo cubrieran debidamente más allá de dos bultitos en el tórax y otro par en el punto exacto en que cabría esperar un buen culo que hiciera de sus rodillas, por comparación, algo más femenino.

Loli, sin embargo, quizás por tener dos hermanos, mayores que ella, feos de verdad, con verrugas, calvas precoces y halitosis crónica, paseaba por su adolescencia y siguió paseando por el resto de la vida como si de una beldad se tratase, confundiendo a sus amigas y aún más a los hombres que osaban su cama seguros de que la pobre andaría desesperada ya que, muy al contrario, necesitada de admiración como se sentía, desaparecía satisfecha con el apremio de sus conquistas sin haber pagado el precio, sin haber apaciguado ardores ni relajado durezas, sonriendo satisfecha incluso cuando alguno se atrevía a llamarla calientapollas. No está echa la miel para boca del asno, contestaba ella.

Poseía pues el convencimiento de su superioridad y creía, como muchas antes que ella, que, por su cara bonita, lo conseguiría todo. Incluso un empleo justamente remunerado pese a su currículo lleno de habilidosos parches y aptitudes que, según ella, le hacían merecedora de posiciones como mando intermedio. De esta forma convirtió empleos de dependiente en responsable de suministros y cursos de escaparatismo en los de una auténtica cool-hunter. Y gracias a estos pequeños retoques que ella, en su fuero interno, declaraba reales como la vida misma y por tanto debían serlo consiguió, un día, llamar la atención de un señor importante al hacerle ver que ella, al contrario que otras, sabía vender su producto.

El Sr. Importante no se lo pensó dos veces e invitó a Loli a unirse a su equipo seguro de su éxito y, para convencer a todos, dejó que Loli misma se presentara ante una sala llena de hombres demasiado convencidos de su superioridad y poco dados a reconocer lo que Importante había pensado en los últimos meses: necesitaban sangre fresca.

Como en las altas esferas de cualquier empresa, la atmósfera se cargaba a menudo con el humo de la paranoia y la conspiración hasta el punto de que es fácil encontrar a cualquier jefe de ventas sospechando su envenenamiento como si del propio Claudio se tratara y ofreciendo a beber de su copa a sus subalternos antes de arrimarsela a los labios propios. Los subalternos caían en Importancia S.A. como moscas; cualquier excusa era buena: participar en una huelga, discrepar de los métodos de un encargado que es a la vez cuñado de un directivo, pedir un aumento de sueldo, etc.

Loli sabía que no sería aceptada con facilidad y cuanto más lo pensaba más rabia le daba que, teniendo el beneplácito del Sr. Importante, tuviera que convencer a aquel atajo de arrogantes sexistas por lo que, después de meditarlo unos segundos, decidió dos cosas:

  1. El Sr. Importante debía confiar mucho en el criterio de aquellos chuletas sin más mérito que el de haber llegado primero, y esto apuntaba a cierta inseguridad por su parte.
  2. Si no puedes unirte a ellos, debes ir contra ellos.

Continuará…