Más sabe el diablo por viejo

La vejez tiene sus cosas, como el despiste y el olvido; por ejemplo, yo me olvidé de que el día 3 de este mes cumplía 4 años de entradas colgadas ahí, en la nube. Pero la vejez también aporta sapiencia y mañas, por eso esta entrada quedará fechada a 3 de agosto, como si mi desliz nunca hubiera tenido lugar —maravilloso WordPress.

Lo cierto es que también lo olvidé el año pasado. Debe de ser la pereza que provoca el paso del tiempo… Sigue leyendo

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Me jodió el final de Luces rojas [spoiler] y los gurús de cualquier clase me la traen floja

Hola. Me llamo Jaute y soy escéptica. De nacimiento. Lo que viene a significar que por mí no hay nada que se pueda hacer. De niña fingí creer en los Reyes Magos por miedo a una bofetada de mi padre, que no se tomaría a bien mi falta de fe tras haberse gastado los cuartos en mis juguetes y haber tenido que reptar con ellos por la ventana para que yo no le viera. El primer año de Reyes, cuando tenía menos de dos años pero ya sabía hablar, al ver todas las muñecas que más tarde decapitaría por aburrimiento y crueldad infantil, insinué a mi madre que creía que habían tomado algunas de las que ya rondaban la casa con anterioridad para exponerlas junto a las nuevas y hacer más bulto. Mi madre se ofendió y me llamó tonta: —pero, hija, tú estás tonta— me dijo —te las han traído los Reyes. Sigue leyendo

Llamamiento a la huela general

Queridos todos:

Habréis notado que soy poco propensa a mezclar la política con mis pobrezas de espíritu, pero es un buen momento para las excepciones ya que se dan circunstancias excepcionales: ingenua de mí, siempre estuve segura de que, disfrutando de un Estado democrático, disfrutaría siempre de mis derechos, de que no volveríamos a ver caciques como los villanos que habitaban las novelas de Delibes; que el Estado, en definitiva, velaría por mis intereses, algo más a la derecha, algo más a la izquierda de donde estos yacen. Pero, como digo, he sido ingenua.

Lo he sido también al pensar que era “de cajón” que todos iríamos a la huelga para protestar enérgicamente por esta desfachatez que no puede ser llamada si quiera medida ya que no mide nada más que la arrogancia, el egoísmo y la estupidez de aquéllos que nos representan, que piensan que podrán traicionar a sus votantes, a los ciudadanos de este Estado democrático sin consecuencia alguna. Pero no: ayer mismo descubrí que no es general esta intención de protesta. Y me pregunto por qué. Y para los que se preguntan por qué por qué, dejo aquí estas explicaciones fácilmente inteligibles y unos ejemplos prácticos que me ha enviado alguien que ya sabía que que no estaríamos todos diciendo que sí, hombre, y qué más a esos nuestros dirigentes que nos dirigen hacia atrás, bien financiados por la crisis —a partir de ya, la crisis será la culpable de todo lo que haga mal; siempre soñé con contar con una excusa así de buena y versátil—.

Los efectos prácticos de la reforma laboral

Un rollo en 20 minutos

El reportero intrépido y yo discutíamos ayer mi necesidad de promocionar mi blog. Escribe un correo a todos tus contactos, me dijo, diciendo en dos líneaslo suyo es la demarcación de contenidoque, aprovechando tu segundo aniversario, has realizado cambios en la estructura del blog para que resulte más atractivo.

A mí me da vergüenza el márqueting. Tardé seis meses en atreverme a enlazar mis propias entradas en Facebook aunque, debo reconocer que, una vez que lo probé y lo convertí en práctica habitual, me resultó muy fácil hacer lo mismo con Twitter. Luego WordPress lo incluyó de forma automática entre sus herramientas y vencí mi natural timidez para siempre.

Pero consideré el consejo de mi reportero, que a veces se parece más a un editor, tras añadir él que ni si quiera Punset estaría donde está sin algo de mailling, y me dispuse a escribir el infame correo que alentaría a todos mis lectores, pasados y presentes, que continuaran o regresaran a echar un vistazo. El auténtico problema: ¿cómo puedo decir que aprovechando el aniversario de Pobre de espíritu he cambiado la estructura sin que me crezca la nariz? Ninguna estructura sobrevive más de seis meses. A veces, nada más activar un tema de WordPress, me encuentro con que han sacado uno nuevo que, me parece, se ajusta mucho mejor a lo que yo necesito. Y se queda esa idea ahí flotando en mi cerebro: lo quieeeroooo, lo quieeerooo. Igual, igual que con los zapatos de un escaparate.

En lugar de algo tan deshonesto, me decidí por la verdad: que me comprometía a actualizar con mucha mayor frecuencia, de verdad, que mi sequía se había debido a mi nuevo domicilio, a mi nuevo trabajo, una especie de nueva rutina que parecía incapaz de albergar sentada tras sentada frente al monitor como antaño, ¿os acordáis?

Al reportero le pareció que esto no era márqueting sino ruegos. A mí me pareció que de todas formas no me apetecía escribir el jodido correo. Por eso no recibisteis nada (seguro que alguno se preguntaba ya si había perdido su dirección).

En cuanto a 20 minutos y su concurso de blogs de La Blogoteca, había pasado dos veces de largo. La primera, obviamente, porque es prácticamente imposible decidirse a comenzar un blog, escribir las primeras entradas, darle un diseño atractivo e inscribirlo, todo en el mismo día. Además, yo no tenía planeado nada de esto. El segundo año me pudo la vergüenza: ¿cómo iba Pobre de espíritu a optar al premio de 20Blogs? Mi inscripción me resultaba demasiado arrogante. Un amigo, si embargo, se lanzó a ello y, cual fue mi sorpresa cuando queriendo votarle me encontré con que no podía. Chocante que alguien piense que un lector no sea capaz de votar cuando es quien lee, de verdad, y por lo tanto experto en la materia. También leí muchas críticas acerca de los intercambios de votos que, al parecer, y seguro que debido a que todos lo votantes tengan un blog inscrito, se dieron.

A pesar de todo y a modo terapéutico, estuve ya entonces decidida a que este año no se me escapara la oportunidad de participar. Inscribí mi blog en La Blogoteca y después esperé pacientemente a que comenzara el período de inscripción para el concurso. Votos, para ser del todo honesta, no esperaba porque, me siento muy orgullosa, mis lectores disfrutan leyendo y sus lectores, la gran mayoría son blogueros, también. Y son, en definitiva, como yo misma debería ser, iguales a esos actores que no acuden a la ceremonia de los Óscar. Y qué elegancia prestan estas pequeñas rebeldías… Pero este año yo no me podía permitir el lujo de la rebeldía ya que ya me había permitido el lujo de la sequía.

La sorpresa, como suele ocurrir en estos casos y como es necesario para que pueda sorprender, no se ha dado al no recibir ni un miserable voto, por extraño que pueda resultar a alguno, sino en que llevo una semana recibiendo comentarios de “no asiduos”. Estos comentarios son de otros inscritos que me desean suerte a la par que se la desean a ellos mismos en el concurso. En otras palabras, se presentan, me dejan enlaces, me piden que eche un vistazo a su blog y luego, eso sí, según mi conciencia, vote.

Y yo, que ya no tengo conciencia, compruebo que mi número de votos sigue siendo cero y borro los comentarios.

De dos en dos

El año pasado ni lo mencioné, lo sé. Y a lo mejor se debe una explicación: ¿cómo se puede celebrar un segundo aniversario habiéndose olvidado el primero por completo? No sé, estaría de vacaciones.

También es cierto que a todo el mundo, pero especialmente a las mujeres, parecen educarnos el gusto por los pares: dos son compañía, tres multitud; no hay dos sin tres (siendo aquí el dos el mal menor y preferible); y anoche me encontraba yo estupefacta admitiendo, pues era ya la segunda vez que lo comprobaba, que, en efecto, las salchichas tipo longaniza, esas que se hacen en salsa de vino blanco, vienen empaquetadas de nueve en nueve, que la primera vez que tuve dificultades para repartir la cena entre dos no se debió a un error de los preparadores de bandejas de salchichas tipo longaniza asalariados por el proveedor de las mismas a mercadona, sino algo hecho a propósito, intuyo ahora, por pura originalidad.

Cuánta importancia se da en nuestros días a la originalidad… Y cuán poca disfrutamos.

Por ejemplo, este blog pretendía ser original. Nació hace dos años, a la sombra de un pino, en Blogger y en Rota, durante otras vacaciones. Debo de ser muy voluble y por ello me disculpo avergonzada: lo de Rota no duró más de una semana, lo de Blogger se acabó tan pronto como tecleé “blog gratis” en Google y di con WordPress, lo de la sombra del pino duró ocho meses. Es que pretendía ser original pero no pude, me cansé de mis esfuerzos y banalidad.

Además, lo confieso, no soy ecologista. Me gusta el campo pero mi entomofobia apenas me permite disfrutarlo. De la ecología me gusta la ropa suelta, las sandalias, que no haga falta peinarse. En el fondo no soy más que una persona muy dejada…

También escribo con menor frecuencia que cuando empecé. Pero por aquí camino todavía, arrastrando esta pobreza de espíritu que tantas alegrías me ha proporcionado al permitirme revolcarme en la dulce melancolía que tanto han señalado en mí y que, tras entender que nunca sentí, tuve que aceptar que provocaba en los demás.

Mi más sincera gratitud a mis incautos acompañantes.

La ciencia en España no necesita tijeras y, además, papá, quiero ser astronauta

Andrea nació con los ojos abiertos de par en par. Su padre, que fue quien la vio salir en actitud tan despierta, dijo:

—Por Aguirre, juraría que oigo ruido de rotación en sus ojos cuando fija la vista.

Efectivamente, ella fue la primera niña que nació con lentes telescópicas en lugar de córneas. Sí, ya sé que esto, hoy por hoy, no puede impresionar a nadie, pero creedme cuando os digo que, tiempo atrás, podía representar un estigma.

Andrea creció alimentada por las páginas de su Atlas, del National Geographic y de cualquier tomo de enciclopedia que encontrara por casa después de que sus padres se encapricharan con el equipo hi-fi que regalaba el vendedor ambulante antes de morir apedreado tras cruzar la plaza del pueblo y ser descubierto por su mercancia. Contaba planetas hasta que le entrara sueño para soñar después con nebulosas, con supernovas, enanas blancas y cometas de elipses infinitas; tomaba el pelo a sus supersticiosos amiguitos presagiando el próximo eclipse. Y a veces, cuando estaba segura de que nadie la observaba, cuando se quedaba sola, se daba auténticas bacanales con unos vídeos que encontró en un contenedor llenos de anuncios de Teletienda y que, afortunadamente, estaban tan mal grabados y eran tan viejos que, en las pausas entre producto y producto en venta, consiguió encontrar trozos de documentales acerca de todo lo que hay en la Tierra. Viéndolos se preguntaba quién y cómo los habría rodado porque Andrea nació antes de que recuperásemos la memoria de Jacques Cousteau y David Attenborough —ya os he dicho que las cosas eran antes distintas—.

Asistía a clase en un centro de educación especial. El programa, que había convencido a los padres de Andrea hasta el punto de apretarse el cinturón para costear los gastos, algo elevados, que suponía el digno porvenir de su hija, incluía cuatro horas semanales de estudio de la teoría Creacionista —no ya por convicción sino por economía y porque resulta más fácil de explicar a los niños, según les indicó el jefe de estudios del centro— y dos dedicadas a cada una de las asignaturas de “Nuevas tendencias”, “Expresión moderna” y “Popularidad”. A pesar de lo muy inteligente que parecía, sus profesores no dejaron de enviar cartas a sus padres comentando el desinterés constante de Andrea por cualquier materia y el extraño lenguaje, a la par que ofensivo, lleno de latinajos, que se gastaba la criatura. Los padres de Andrea le rogaban al principio que se esforzara más, pero acabaron por aceptar que era el de ella un espíritu indomable y, tan pronto como aceptaron la realidad, agradecieron el poder volver a disfrutar de su dinero y, con éste, de sus suscripción al canal Gran Hermano 24H, que alcanzaba ya su 528ª temporada y estaba, según comentaba la vecindad, mejor que nunca y batiendo todos los records de audiencia.

Andrea, a los cinco años, soltó la bomba en casa:

—Papá, lo he pensado bien y he decidido que quiero ser astronauta.

astronauta

Su madre, que ponía la mesa en aquel mismo momento, dejó caer la vajilla de plástico al suelo, donde no se hizo añicos, para poder llevarse ambas manos a la cara y así enmarcar su grito.

—Pero, hija, por el amor de Bush, ¿es que no vas a dejar de darnos disgustos? ¿No puedes ser peluquera o diseñadora, economista incluso? No, la señorita tiene que ser astronauta y dejarnos a todos en ridículo… Pues no puede ser, mira, así que te vas a tener que fastidiar.

—Pero, ¿por qué no?

—Porque para ser astronauta, listilla, hace falta un cohete y se extinguieron en el Jurásico.

—¿Ya no los hacen?

—No. No se fabrica nada parecido desde la crisis del 2009, gracias a San Banquero. Deberías prestar más atención en clase de Cuentos.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

—Ay, hija, pues lo que tenía que pasar: estaba todo el mundo trabajando muy duro para poder pagar los impuestos que luego se iban en tonterías como programas de investigación. Afortunadamente, ese año, estaba la cosa muy mal y se decidió recortar en lo superfluo. También fue el año en que la tele pública pasó a ser privada… ¿No te han enseñado todo esto? Vaya mierda de colegio.

—¿Y la gente dejó de salir al espacio?

—A ver, Andrea, la gente no llegó a salir al espacio nunca: todo lo de la Luna, según me contaba tu abuelo, fue un montaje.

—¿Sí? Entonces, ¿nunca se han construido cohetes?

—Qué pesada que eres, hija. Ni cohetes, ni vacunas ni nada. Todos esos científicos no eran más que funcionarios estudiando para poder trabajar después en Hollywood haciendo películas sobre como los americanos salvan al planeta entero de pandemias e invasiones extraterrestres.

—Ahí va…— dijo Andrea por fin, llena de asombro.

Dos años después, mientras celebraban su séptimo cumpleaños en el Hotel McDonalds, a pensión completa, Andrea dio otro disgusto a sus padres:

—Papá, Mamá: lo tengo decidido. Voy a ser cineasta.

La curiosidad se abre camino. Qué pena que no lo asfalten en España.

Tijeras NOIniciativa La ciencia en España no necesita tijeras en La aldea irreductible.

Una pobre justificación o Prólogo de nada, pero nada, nada

No podrá usted hacerse una idea aproximada de la cantidad de veces que he intentado escribir algo publicable. Es tal mi ilusión por conseguirlo, y tal mi falta de talento, que abrí uno de esos blogs, tan abundantes hoy en día, y cada vez que escribo algo —no es un problema de cantidad sino de calidad— expreso la acción de la siguiente forma: “he publicado un nuevo relato”.

El relato, seguramente, no relata más que lo aburrido de mi miserable vida, carente de originalidad hasta en mi deseo por propagarla a los cuatro vientos suponiendo —mire usted qué necedad— que puede haber por ahí alguien virgen a quien yo pueda sorprender con lo atroz del carácter de mi jefe, la crueldad de mis amantes y la dulce melancolía que intento convertir en detestables arranques de un romanticismo al que, si soy honesta, nunca doy ocasión de desarrollarse de forma natural porque, diga yo lo que diga, y acabará hasta las narices de leerlo por aquí, al final, me tiro en plancha por conseguir sexo; y, después de esto, ¿quién me escribirá versos que describan el dolor físico que causa la necesidad de poseer mi alma, mi pobre espíritu?

Voy por mal camino y no me refiero a lo que escribo —aunque, posiblemente, también sea cierto— sino a que acabo de empezar lo que se supone que es mi ópera prima —no, esto no es verdad: mi ópera prima fue la historia que escribí a los seis años sobre mi perra Lady que murió a causa de la mordedura de una víbora en Galicia, mientras pastoreaba, y que, aunque llegó a imprenta, no apareció en el ejemplar del periódico escolar que mi madre compró con la ilusión de que, edición a edición, para cuando yo hubiera cumplido los 17, el Ministerio de Educación considerara eximirla del pago de mi viaje de fin de curso, ya que sentía angustia ante la perspectiva de tener que comprarme cinco o seis talonarios de participaciones de lotería cuyos números jamás lograría contrastar con los resultados del sorteo del gordo antes de que el premio expirase. Qué hacía Lady en Galicia pastoreando mientras yo estaba en la esquina opuesta de la península, cómo pudo sufrir tres días de agonía cuando ha sido científicamente demostrado que el veneno de la víbora o bien te mata en tres minutos o no lo hace, cuántos animalitos inocentes han sido expuestos al vil veneno para adquirir semejante estadística y si está mi padre loco por contarme estas cosas a tan tierna edad y convertirme en un ser casi tan paranoico, lleno de manías persecutorias, como él mismo, son cosas que podrá leer entre líneas si consigue aguantar semejante tostón— y ya me he ido a hacer un descanso para fumarme un cigarrito, despanzurrada en la cama, que es como mejor sabe y como más nocivo resulta según me han informado a lo largo de mi vida de fumadora —cómo algo que se supone mortal de necesidad, antes o después, si se sobrevive a accidentes de carretera, de ferrocarril, aéreos, marítimos, laborales, domésticos o la simple erosión que causa la vida (la mía me tiene ya abrasada), puede ser más o menos fatal es algo que desconozco y cuya respuesta no se halla entre las entradas de este blog, por lo que ruego me disculpe.

Carta de Jaute a SS.MM. los Reyes Magos y/o Su Señoría Secretario General Navideño D. Papá Noel

Queridos Reyes Magos y Papá Noel:

No voy a perder el tiempo insultando vuestra inteligencia. No he sido especialmente buena este año; tampoco he sido mala. Me he limitado a coger mi sayo y hacer de él una capa.

Aun así, arriesgándome a quedarme con tres palmos de narices la mañana del 6 de enero, cuando descubra que, como todos los años en esa misma fecha, no me habéis hecho ni puto caso, me tomo la licencia de enviaros una relación de nimiedades, alguna de las cuales os resultará familiar por haber sido mis necesidades ignoradas en años previos, cuya facilitación por vuestra generosa parte vendría de perlas. La lista no sigue ningún orden concreto de importancia, ni alfabético tampoco (aclaro esto por si, como vengo sospechando últimamente, tenéis problemas de lectura causados por dislexia o analfabetismo puro y duro):

  • Una Noche Buena (ya sé que el plazo para solicitudes de favores relacionados con la Navidad acabó el 14 de noviembre, pero yo estaba trabajando y no pude entregar la mía a tiempo) sin imágenes en la tele de niños “barriguitas” muriéndose de hambre mientras me atraganto con el pavo o cordero que mi madre insiste en cocinar pese a mi preferencia declarada por los huevos fritos y mi odio públicamente reconocido por cualquiera de los dos bichos mencionados; y, aprovechando la ocasión: que se acabe el hambre o que los hambrientos se mueran por inanición en cualquier otro momento del año, ya que tiene que ser tan duro para ellos el quedarse en los huesos de golpe y porrazo como para nosotros “los felices” engordar cinco kilos de golpe para conmemorar que ha nacido Dios.
  • Que se acabe el paro. He ofrecido soluciones en cartas anteriores que, obviamente, os habéis pasado por el forro, como aquélla de que todos los jefes canallas y contables de multinacional con sobresueldo sean despedidos para crear vacantes. Como esto no solucionaría el problema del paro sino que constituiría, más bien, un programa de intercambio que podríamos llamar “J.C.” —muy cristiano y acorde con esta época del año— (Justicia Ciega), ruego reconsideréis el segundo punto de mi plan, donde solicito que a los previamente mencionados jefes canallas y secuaces, se les envíe a África, donde podrán perecer por inanición e incluso salir en la tele en fechas señaladas siempre y cuando no sean devorados por los niños “barriguitas” que, ya que sale el tema a relucir tan casual y convenientemente,  deberían ser aleccionados sobre el alto valor nutritivo de la carne blanca.
  • No voy  pedir la paz mundial porque desequilibraría en gran medida los buenos resultados obtenidos por mis peticiones anteriores y, reconozcámoslo, la guerra crea riqueza, de lo contrario nadie la practicaría. Pero a ver si este año conseguimos que las víctimas sean las mismas que los beneficiados para que podamos pasar a mi plan de “sorteo masivo de riquezas acumuladas por jefes canallas y víctimas previamente beneficiadas por la guerra” en todo el territorio Africano una vez los niños “barriguitas” se hayan comido a los blancos; esta última condición es imprescindible si se quiere evitar el clásico círculo vicioso.

Sólo resta ya rogaros que atendáis mis peticiones para mi propia persona (lo anterior ha sido sólo muestra de mi generosidad y sentimiento profundo de solidaridad con mis congéneres) y me traigáis lo poquito que necesito: sexo (del bueno; el malo lo encuentro por mis propios medios), el aumento de sueldo que me prometió uno de esos “jefes canallas apunto de ir al paro, viajar a África y ser devorado” en marzo y valor para intentar sacarme el carnet de conducir a la vez que la destreza necesaria para, no ya no morir en el intento, sino lograrlo sin matar a nadie.

Con total falta de fe en vuestra organización, diligencia y buen juicio,

se despide con un fuerte abrazo,

Jaute

P.D.: Me obligaréis a repetirme el año que viene, ¿verdad? Pues ya veréis cuando paséis por África; ni Baltasar se salva (le tomarán por un nutritivo blanco integral).

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De aquí al 2009

Desde mi primer post en Blogger, gracias Alter por la sugerencia, y aún más desde que me mudé a WordPress, por eso de que tenga distintas páginas y se pueda separar lo que no debe mezclarse, he querido escribir alguna clase de perfil. Lo encuentro muy difícil, se me hace cuesta arriba. Me parece totalmente intrascendente mi signo del horóscopo, mi edad contabilizada hasta el último día, la zona geográfica precisa en la que respiro, mi oficio o beneficio, mi estado civil,… Sencillamente no procede, no viene al caso.

Y una vez que se elimina toda la información obtenida de una fotocopia de mi carnet de identidad, ¿qué se puede escribir sobre mi persona? ¿Qué puedo contar sobre mí misma? Y es en este punto donde me atasco.

Al acercarse el 2009 y, con él, la oportunidad de leer en infinidad de blogs listas de propósitos, unos más nobles que otros, algunos fuera de la realidad de este planeta, y la interminable relación de pérdidas de peso, mayor aplicación en las tareas, menor egoísmo, más comprensión y, en general, las mismas actitudes que serán de nuevo promesas para el 2010 y que tendrán oportunidad de seguir aburriendo a los incautos que, como yo, van saltando de blog en blog, he pensado que quizás, sólo quizás, podría decir quién soy y quién debería ser, procurando no confundir a nadie y, menos aún, a mí misma.

Qué soy

 Mujer, obviamente, ni joven ya ni mayor aún. Contradictoria, discutidora, racional (sí, se puede ser todo esto a la vez porque se puede cambiar de opinión racionalmente y discutirlo). Senderista si se puede y, si no, caminante. Amante que quiere con una fórmula de su propia invención:

amor/seres queridos = pasión

 (mis pobres bien amados seres queridos, que son muy poquitos, sufren la presión tal que si mi amor por ellos pudiera ser medido en toneladas). Nerviosa, excitable y demasiado emocional aunque nunca hasta el punto de perder los papeles pues también soy disciplinada y practicante del autocontrol. Soy inocente porque me niego a perder cosas, tan esenciales como el aire para seguir viviendo, como son la fe en los demás, el optimismo, las ganas de que las cosas salgan bien.

Qué debería ser

(Quién sabe si lo conseguiré el año próximo, aunque aún no haya hecho firme propósito)

Más descarada, menos vergonzosa y más segura de mí misma. Menos activa de hipotálamo para arriba y más activa de hipotálamo para abajo. Menos responsable de los demás y más responsable de mí misma. Feliz durmiente. Conductora. Ex-fumadora. Más querida. Más yo.

Querido mío:

Sé bien que llego tarde pero al final me atrevo a decirte lo que nunca digo porque me parecen estas palabras las migas que quedan sobre la mesa y que nadie recoge porque volverán tras la cena.

Te recuerdo del pasillo oscuro e infinito, cuando tú eras muy joven y yo no sabía nada; los ojos de ambos velados por la ira que tú sentías. También de tardes de lluvia caída al son de la música de tu piano.

Y te conozco de haberte visto con otras caras y con otro atuendo más alegre y, a veces, de luto. Te reconocería en cualquier esquina de mi vida.

Y te necesito. Para que me corrijas aunque no me equivoque; para que puedas darme sombra en esta margen sin alameda; para que cuentes lo que a mí se me olvida; para que no me vuelva invisible ni ciega; para tener tres manos; para que me sujetes y me empujes; para que me abras la puerta; para que yo no la cierre; para que dejes un resquicio en tu piel donde puedan vivir todas estas cosas ya que yo no consigo alcanzarte ahora. Y para que te quedes.