De limón, limonada

Supongo que no es lo habitual ir confesando estas cosas, estos errores fatales —demencias de algún dios con complejo de inferioridad, diría yo— cuando se trata de contar hazañas, de las leyendas de ligoteos de un infiel resabido y sin causa —¡ja!, eso mismo lo habría llamado mi ex-mujer— pero es la verdad, y ya que estamos haciendo un ejercicio de honestidad, allá va: me encontré en esa cita a oscuras, que no era totalmente a ciegas, con un ramo de flores y una pequeña erección de esas que suele provocar una gran expectativa, frente a mi madre.

Vale, ahora pensáis que se trata de una de esas comedias que cuentan los chistosos entre copa y copazo. Y no; no es eso. Sigue leyendo

A estas alturas, la historia de siempre

Por lo que no hay demasiado que contar.

Él cantaba a menudo, en una especie de broma, aquello de por eso no es extraño que tú estés loca por mí mientras se afeitaba su barba rala frente al espejo, sucio de salpicaduras de agua de “mojamos un poco el peine, lo pasamos por el pelo y listo”, de gotitas de pasta de dientes diluida en saliva, del contenido de alguna que otra espinilla y, sobre todo, de no limpiarlo porque, si echamos bien las cuentas, llevaba separado tres meses y, desde que ella se marchó, nadie había limpiado —cómo iba a ser de otra forma si después de marcharse ella sólo había quedado él. Sigue leyendo